domingo, 21 de febrero de 2021

El Efecto Matilda en todo, vigente.


El pasado 20 de enero tuvo lugar, ante el edificio del Capitolio de Washington, como viene 
siendo tradición, la ceremonia de toma de posesión (bastante deslucida y desangelada por las 
medidas de protección a las que obliga la pandemia del Covid-19) de Joseph R. Biden como 
46º Presidente del Gobierno de los Estados Unidos y el desalojo, casi literal, de Donald J. 
Trump como inquilino de la Casa Blanca, que se resistía a abandonar (ojo, que nadie se 
equivoque, eso no es el fin del trumpismo, presente en muchas latitudes con otros nombres, 
pero eso es otra cosa, en la que no entraremos). Con ese motivo, en el subsiguiente 
despliegue de los medios de comunicación para desmenuzar el evento, ha sido habitual leer 
“noticias” del siguiente tenor: Kamala Harris se convirtió formalmente en la primera mujer 
vicepresidenta del país al jurar frente a Sonia Sotomayor, la primera latina en ocupar un 
puesto en el máximo tribunal del país, nominada por el presidente Barack Obama. La jueza, 
de padres puertorriqueños, fue elegida por la misma Kamala Harris, de padres de Jamaica e 
India, para la ceremonia, cuando, realmente, lo llamativo es que esto sea noticia y no llame la 
atención el serlo. 

 
Parece, pues, momento adecuado, a pocas fechas, además, del Día Internacional en el que la 
mujer reivindica cada año (indicativo de los resultados obtenidos) sus derechos, para 
reflexionar sobre un fenómeno que existe, quizá, desde siempre y que por mucho que parece 
que el mundo evoluciona, a día de hoy sigue pasando… Históricamente, las mujeres han sido 
apartadas a un lugar secundario en diversos ámbitos del desarrollo cultural. Si pensamos en 
que los libros y apuntes de historia, literatura, ciencia, arte, diseño, deporte, etc…tenían un 
déficit de nombres femeninos que retener en la memoria. Un evidente desequilibrio entre 
mujeres y hombres, que deja en la cultura general un mundo inventado por ellos. ¿Es que 
ninguna mujer inventó nada? ¿Es que ninguna escribió nada importante? ¿Acaso ninguna 
divagó, filosóficamente hablando, para cuestionarse muchas cosas? Sí, pero no interesaban 
las mujeres listas, las mujeres con poder o las mujeres que destacasen entre los hombres, 
para no romper ese equilibrio de supremacía masculino en el mundo. Cuando, sin ir más lejos, 
el logotipo de Nike lo diseñó una mujer (Carolyn Davidson), o la famosa silla de LeCorbusier 
en realidad la diseñó también una mujer (Charlotte Perriand), su esposa, o la primera 
programadora informática, que fue una chica (Ada Lovelace),…

 

Esto no es fortuito ni por casualidad, como no lo es que la desigualdad de leyes respecto a 
mujeres y hombres no las permitía registrar las patente a su nombre (¡hasta en el siglo XX!) 
sólo por ser mujeres, por lo que muchas tuvieron que hacerlo a través de sus maridos, 
quedando así invisibilizadas. Concretamente en la ciencia, la discriminación que han sufrido 
las mujeres1 ha sido conocida desde 1993 gracias a la historiadora Margaret W. Rossiter que 
acuñó el término conocido como el “Efecto Matilda2”, que hace entender el mundo de un 
plumazo: “El Efecto Matilda es un prejuicio en contra de reconocer los logros de las 
mujeres científicas cuyo trabajo a menudo se atribuye a sus colegas masculinos.

 
Mujeres luchadoras, guerreras, defensoras de los derechos propios y ajenos, inventoras, que 
fueron invisibilizadas por la historia oficial contada a través de los lentes del patriarcado. No 
salen en los libros, ni en los planes de educación. Innovadoras, creadoras,  pioneras, 
transformaron el mundo... y fueron olvidadas. A lo largo del tiempo (que no de la historia) ha 
habido muchísimas mujeres vanguardistas en todos los campos llenas de descubrimientos y 
aportaciones pese a que una sociedad aún hoy machista intentó borrar su legado como ha 
pasado, casualmente, estos días en que un formación ultraderechista de fanáticos (ellos se 
llaman a sí mismos políticos) y sus “socios de gobierno” han acordado en el  Ayuntamiento de 
Madrid borrar un mural feminista en el que figuran desde la pintora Frida Kahlo a la 
cosmonauta Valentina Tereshkova y el texto 'Las capacidades no dependen de tu género'. 

 
Las dificultades que tenían las mujeres para dedicarse a algo fuera del papel que tenían 
asignado, el miedo al menosprecio público o que se cuestionase su autoría empujó a muchas 
mujeres a dejar a un lado su identidad. En literatura, algunas optaron por firmar con 
seudónimos masculinos y otras dejaron ese campo en blanco. Como dijo Virginia Wolf: “Me 
aventuraría a decir que el “Anónimo" encierra, frecuentemente, la autoría femenina"  Por citar 
algunos casos hoy conocidos, Louise May Alcott (Mujercitas) y Mary Shelley (Frankenstein) 
publicaron sus obras desde el anonimato, y Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea (La 
gaviota), Caterina Albert Paradís (Solitud) y  Emily Brontë (Cumbres borrascosas), con 
seudónimos masculinos que no vienen al caso. Pero que los editores piensen que las novelas 
firmadas por mujeres atraen menos público no es cosa del pasado, si no, que se lo digan a la 
autora de Harry Potter, J.K. Rowling, a quien le sugirieron, según confesó ella misma en una 
entrevista en la BBC, que esconder su género era la mejor opción para asegurarse un mayor 
número de ventas. ¿Esto quiere decir que a día de hoy es imposible tener éxito siendo mujer? 
Por supuesto que no, pero desde luego sigue siendo mucho más difícil, por eso una forma de 
echar una mano a las reivindicaciones de las mujeres es mostrar interés por su trabajo y 
recordarlo, y hacer que el mundo lo conozca, tanto si es silenciado como si es usurpado por 
otros.

 
Siempre se ha dicho con tono de protección que hay oficios o profesiones “sólo para hombres”, 
con el propósito final de disuadir a la mujer que dice “Yo también puedo hacerlo” (aunque no 
diga “mejor”) y hacerla regresar a los “roles establecidos” para ella/s, pese a lo cual siempre 
también hay alguna dispuesta a afrontar todos los obstáculos y realizar su sueño. Hoy ya no 
nos asombra oír nombres femeninos (aunque aún sea una clara minoría) en la concesión de 
los Premios Nobel de especialidades científico-técnicas pero, no hace mucho tiempo, la 
ciencia, y no digamos la tecnología, eran conceptos que chirriaban unidos al vocablo “mujer”; 
por eso es bueno rescatar nombres como

- Henrietta Faber, suiza, que tuvo que disfrazarse de hombre para estudiar medicina y para 
ejercerla, que, entre otras muchas aventuras, acompañó a las tropas de Napoleón durante su 
descabellada invasión de Rusia y acabó sus días en América después de toda una vida de 
ocultación por el gran pecado de ser mujer y ejercer un «oficio de hombre».

- Ada Lovelace Chalon, pionera de la programación informática en una época en la que no 
existía ni en la más remota imaginación de nadie algo parecido a un ordenador. 

- Rosalind Franklin, que fue una de las grandes pioneras en el estudio de los rayos X y sus 
descubrimientos resultaron trascendentales  para descifrar la estructura de una molécula de 
ADN. Otros científicos se llevaron su mérito sólo por ser ella mujer.

- Hedy Lamarr (a quien recientemente recordamos en este mismo blog en el aniversario de 
su fallecimiento), actriz e inventora, ideó el Spread Spectrum, un sistema secreto de 
comunicaciones inalámbricas para guiar a los torpedos por radiofrecuencia y combatir a los 
navíos nazis en la Segunda Guerra Mundial, lo que dio paso al wifi, tal y como hoy conocemos.

Acabamos este breve baño de realidad con Mileva Maric, primera esposa de Albert Einstein y 
su principal apoyo, Einstein la definía como “desconcertantemente buena como matemática” y 
dio soporte a una de las teorías más importantes en el mundo de la Física, la Teoría de la 
Relatividad aunque ella no ha pasado a la historia ya que es la gran desconocida a la sombra 
de un hombre mundialmente reconocido y considerado un genio ¡pobre Maric, poco tenía que 
hacer al lado de dicho coloso! Maric dejó sus estudios para volcarse en el cuidado del segundo 
hijo de la pareja debido a la esquizofrenia que éste sufría. Su fuerte carácter siempre la marcó. 
Fue la primera estudiante mujer que ingresó en el Instituto Politécnico de Zurich. Ese mismo 
año la pareja se conoció y tuvieron una hija sin estar casados, la cual fue dada en adopción 
(no se sabe nada de su incierto destino). Cuando Einstein consiguió en 1921 el premio Nobel, 
dio todo el dinero a su ya ex mujer para el cuidado del pequeño Eduard como parte del acuerdo 
de divorcio.
 

En el campo de la literatura, además de los casos citados – que no son los únicos – en los que 
la mujer ha de masculinizar u ocultar su nombre para dar a conocer su obra, es frecuente que 
ella sea “el negro” de la obra firmada por su marido, padre, amante, etc. Recordamos, en este 
sentido, a Zelda Fitzgerald, nacida como Zelda Sayre, que fue una conocida escritora 
estadounidense más recordada por ser la esposa y musa del escritor Francis Scott Fitzgerald 
(El gran Gatsby), mujer rebelde y moderna, que en los años veinte reivindicó la vida 
“desenfadada”. Se dice de ella que fue la inspiradora de muchas de las obras de Fitzgerald. 
Zelda reivindicó por todo el mundo el club de los desenfadados, la forma de vida de los años 
veinte. Su vida transcurrió como la de Fitzgerald entre humo, jazz, peleas, infidelidades y 
ginebra. Fue acusada por Hemingway de haber destrozado la vida de su marido. Sin embargo, 
tal y como reconoció Fitzgerald, antes de morir de un ataque al corazón, fue la mujer que lo 
ayudaba para escribir sus más que conocidas novelas. Zelda murió en 1948, tras incendiarse 
el psiquiátrico donde estaba internada por su “esquizofrenia”, enfermedad que marcó toda su 
vida y, como decía Hemingway, también la de Fitzgerald.

 
Otro caso, más cercano a nosotros, es, por otros motivos, el de María Moliner. ¿Quién no tuvo 
el diccionario, este sí, con su nombre, en la estantería de casa? Fue la primera mujer en 
infiltrarse en la Real Academia de la Lengua, de la cual no pudo formar parte por ser mujer. 
Cuestionó sus conceptos anticuados y escribió dos tomos de diccionario para no quedarse de 
brazos cruzados con esta institución que no la valoró por su condición femenina. Por eso y por 
muchas más cosas es importante que dediquemos un rato a recordar algunos nombres, a 
cambiar el discurso o a enseñar lo que el mundo quiere ocultar, las mujeres que no salen en los 
libros. 

 
Pero este fenómeno, el de infravalorar a la mujer, se da en prácticamente todos los campos y, 
en alguno, es particularmente hiriente. La historia y su narración es cosa de hombres, lo que 
conduce a olvidos sangrantes como el de Irena Sendler, «El ángel de Varsovia», increíble 
heroína que, a riesgo de su vida, con una inmensa capacidad de amor y entrega, salvó a más 
de 2500 niños del gueto de Varsovia. Irena Sendler era una enfermera polaca que, dolorida por 
las extremas condiciones de vida en el gueto de Varsovia, organizó un sistema para sacar del 
recinto al máximo número posible de niños de acuerdo con sus padres. La Gestapo la torturó 
en octubre de 1943, pero ella no reveló quiénes eran sus cómplices ni dónde se hallaban los 
niños. Logró huir el día de su ejecución gracias al soborno de algunos guardias. Desde 
entonces pasó a una activa clandestinidad hasta el fin de la guerra. Pero nadie reconoció la 
grandeza de su acción hasta su ancianidad. Todo el mundo conoce (vale, gracias al cine) al 
industrial alemán Oskar Schindler y, a su estela, al diplomático español Ángel Sanz Briz, al 
jugador de fútbol suizo Paul Grüninger y otros, que se jugaron algo más que su vida 
para enfrentarse al demonio del nazismo pero, sin quitarles ni cuestionarles méritos, ¿por qué 
no a la Sendler ni a muchas otras? ¿por ser mujeres? Pensémoslo.

 
Maruja Mallo - Estampa cinemática.

Si hay, con todo, una disciplina (quizá por aquello de la sensibilidad necesaria para desarrollarla) 
en la que la mujer se ha volcado y se la ha ninguneado, es el arte, en cualquiera de sus 
manifestaciones. Dicen que “detrás de todo gran hombre existe una gran mujer”; y el tiempo (y 
el esfuerzo de los que trabajan para recuperar a las mujeres artistas) está demostrando que 
algunos han llegado a ser grandes y conocidos apropiándose del trabajo de ellas. Si cerramos 
por un momento los ojos y echamos la vista atrás en el tiempo, nos resultará fácil hacernos a la 
idea de lo complicado que tuvo que ser que las mujeres pudiesen dedicarse al arte. Pero 
complicado no quiere decir que fuese imposible: han existido mujeres artistas, hoy olvidadas, 
que han vivido de su trabajo. Por otro lado, el hecho de que las mujeres hayan sido las grandes 
olvidadas de la historia del arte no quiere decir que todas sean desconocidas, Artemisia 
Gentileschi, Sofonisba Anguissola o Maruja Mallo son ejemplos de ello; pero no hay que 
olvidar que la visibilización de la mujer artista es bastante reciente.

 
Juana Pacheco - Adoración de los Reyes Magos.

Luego están los casos en los que era la misma sociedad la que dejaba a las mujeres artistas a 
la sombra de sus maridos asignándoles la etiqueta de “mujer de...” o “amante de… ”; pero de 
su trabajo nadie hablaba. Las pintoras Gabriele Münter y Francoise Gilot fueron eclipsadas 
por Kandinsky y Picasso respectivamente. Atribuir obras de arte, ciertamente, no es una 
ciencia exacta y a día de hoy se siguen descubriendo estas equivocaciones; un ejemplo de ello 
es el cuadro El coloso, de Goya que, como comunicaba el Museo del Prado en 2011, en 
realidad lo pintó Asensio Juliá. Lo mismo ocurrió con la mencionada Sofonisba Anguissola de 
la que, algunas de sus pinturas, fueron atribuidas a El Greco o Tiziano, algunas de Lavinia 
Fontana a Annibale Carracci o un retrato de Mary Beale atribuido a Michael Sweerts. Pero no 
siempre ha sido por error. Los comerciantes de arte borraron la firma de Judith Leyster en sus 
pinturas porque las obras firmadas por una mujer tienen menos valor que las de los hombres.

 
Y después de aclarar brevemente, para olvidadizos e incrédulos, la situación de la mujer artista 
en la historia, pasemos a hacer el ejercicio de demostrar que eso es así con unos casos c
onocidos: 
- Juana Pacheco, esposa de uno de los grandes exponentes de la pintura barroca española, 
Diego Velázquez, e hija del maestro de éste, Francisco Pacheco. Aprendió el oficio en el taller 
de su padre y se sabe que trabajaba en el de su marido; pero de su obra (con su nombre) no 
se conserva nada. ¿Puede que se atribuyese a alguno de estos dos grandes hombres?

- Elisabetta Sirani fue una de las últimas representantes del barroco de la escuela boloñesa 
italiana. Al ser mujer no pudo formarse en la academia, pero lo hizo en el taller de su padre 
(Giovanni Andrea Sirani, conocido hoy sobre todo por ser el padre de Elisabetta) y a los 19 
años ya era una artista profesional con proyección internacional. Producía obras de calidad 
rápidamente, de hecho antes de su prematura muerte, a los 27 años había creado más de 
200 obras. Se cuestionó que las obras pudiesen no ser suyas, se dudaba que una mujer 
pudiese pintar tan bien, pero ella no tuvo ningún problema de hacer demostraciones en 
público. Hoy sus obras se pueden encontrar en el National Museum of Women in the Arts en 
Washington, en la Galleria d’Arte Antica en Roma o en la Pinacoteca Nacional de Bolonia.

- Frida Kahlo es seguramente la pintora más controvertida de todas las mujeres artistas. De 
estilo propio marcado por su vida y sus raíces mexicanas, rota físicamente por dentro a causa 
de un grave accidente de autobús que sufrió, compartió sus ideales comunistas y declaró que 
su estilo no se parecía en nada al de los surrealistas de su tiempo. Sin embargo, Kahlo estuvo 
siempre a la sombra de su marido, el gigante (en obra y en físico) Diego Rivera. Se dice que 
su obra estaba influenciada por la de su marido con un gusto exquisito por el arte popular 
mexicano de raíces indígenas. A pesar que Diego era el primer gran admirador de Kahlo, ella 
fue la mayor crítica del pintor. No fue hasta poco después de la muerte de la pintora que su 
obra sobresale y es reconocida mundialmente al mismo nivel que la de Diego. Sin embargo, 
Kahlo no pudo verlo en vida ya que como a otros artistas se le reconocieron los méritos una 
vez ya fallecida.

 
Probablemente el nombre de la escultora impresionista de finales del siglo XIX y principios del 
XX Camille Claudel no “suene”, pues es otra de tantas mujeres que sufrieron en vida el estar 
a la sombra de un gran coloso. En su caso ese coloso era Auguste Rodin, su maestro y su 
amante del que tuvo un hijo que abortó. A pesar de que la familia de Claudel estuvo en contra 
de su inclinación artística, excepto su padre, ella se dedicó a lo que más le gustaba, la 
escultura. Sentimentalmente unida a Rodin y considerada por el propio escultor como su musa, 
le sirve a él de fuente de inspiración para obras como La Danaïde o Fugit Amor. Colaboró con 
él en la realización de las figuras de la monumental La puerta del Infierno. Sin embargo, la 
obra de la autora, a pesar de ser muy cercana a la de su maestro, tiene su toque personal y 
femenino, sin ser nunca considerada una copia. Claudel quien sufría constantes crisis 
nerviosas fue internada en un manicomio en 1913 de dónde nunca más volvió a salir hasta su 
muerte en 1943.

 
Camille Claudel - La edad de la maduración.

No se pueden acabar estas reflexiones sin dar un vistazo, a caballo entre el análisis de la 
valía de la mujer para el arte y la constatación de la existencia de diferentes varas de medir, 
según el/la protagonista de los hechos sea un hombre o una mujer, a través de la peripecia 
vital de la pintora mencionada más arriba, Artemisia Gentileschi. Nacida en Roma en 1593, 
Artemisia, de nombre completo Artemisia Lomi, era la mayor y la única mujer (amén de la 
más dotada artísticamente) de los cuatro hijos de un pintor de origen toscano llamado Orazio 
Gentileschi, aprendió a pintar en el taller del padre, bebiendo a borbollonees del naturalismo 
típico de Caravaggio (dicen que ambos artistas llegaron incluso a conocerse en persona) e 
impregnándose de su dramatismo y de sus fuertes contrastes cromáticos.

 
Roma era en aquellos tiempos un lugar vibrante, en pleno proceso de cambio, donde se 
llevaban a cabo por doquier obras, reestructuraciones, proyectos de mejora, lo que atraía a la 
ciudad a numerosos artistas en busca de trabajo. Fue el caso de Agustino Tasis, un pintor 
especializado en paisajes y perspectivas y con fama de pendenciero, un depredador sexual 
que ya había sido juzgado por incesto y que años más tarde intentaría disparar a una 
cortesana embarazada que era su amante que, junto a Orazio, el padre de Artemisia, fue 
contratado para realizar los frescos del Casino de las Musas, en el Palacio Palavecino 
Epiglosis. Se hicieron amigos, hasta el punto de que Orazio le abrió las puertas de su casa 
Tassi aprovechó esa confianza para violar a Artemisia, que en el momento de la agresión 
tenía 18 años y tardó un año en reunir las fuerzas suficientes para denunciarlo y llevarlo a 
juicio. Del proceso se conserva documentación exhaustiva, que impresiona por la crudeza del 
relato de Artemisia y por los métodos inquisitoriales del tribunal. La opinión pública de la 
época (posiblemente como la de nuestros días) miró con sospecha esa tardanza, concluyendo 
muchos que en realidad no había habido violación y se había tratado de una relación 
consentida por la propia joven, comprando “testigos” y haciendo pasar como mentirosa a la 
víctima (¿os suena?). Sin embargo, el 27 de Noviembre de 1612, Agostino Tassi fue declarado 
culpable en una sentencia en la que tuvo más peso la posible sustracción de unos cuadros de 
Orazio que la violación; la pena que le cayó fue bastante blanda: el juez le dio a elegir entre 
cumplir cinco años de trabajos forzados o el exilio de Roma. Tassi, obviamente, eligió el exilio, 
con un detalle: Tassi ofreció un “matrimonio reparador” a Artemisia pero resultó imposible… 
porque ya estaba casado. Y la justicia (?), como quien oye llover. 

 
Artemisia Gentileschi - Susana y los viejos.

Artemisia no sólo fue violada, no sólo tuvo que aguantar ver como su agresor no cumplía ni un 
solo día de cárcel y su testimonio sobre la agresión era puesto abiertamente en duda. También 
padeció la indiferencia y el rechazo del mundo artístico de su época por el hecho de ser mujer, 
pasó por la humillación de que muchos de sus cuadros fueran atribuidos a su padre o a otros 
artistas varones y durante siglos aguantó el ser considerada como una mera curiosidad, como 
una rareza tan exótica como menor dentro de la historia del arte. Después de la sentencia y 
de todo el escándalo suscitado con el proceso, Orazio Gentileschi organizó un matrimonio 
para Artemisia que le permitiese recuperar a ojos de la sociedad la dignidad perdida y la joven 
se casó con el pintor florentino Pierantonio Stiattesi, trasladándose a Florencia donde fue la 
primera mujer en conseguir entrar en la Academia de Bellas Artes de Florencia, la misma 
institución por la que pasó Miguel Ángel.

 
Destruida psicológicamente, a pesar de su victoria judicial, canalizó en el arte todo el dolor 
que sentía. Creó obras maestras –en algunos casos, atribuidas a otros– y recreó en sus 
lienzos escenas del Antiguo Testamento donde las mujeres impartían en ellas la justicia que 
no encontraba en el mundo real. Ya en Florencia, pintó la escena bíblica: "Judith decapitando 
a Holofernes" que es sin duda su obra más famosa. Plasma el momento en el que la viuda 
Judith, ayudada por su fiel doncella, decapita a Holofernes, el general asirio enemigo que se 
había encaprichado con ella, aprovechando que está borracho y se ha quedado dormido. El 
episodio ya había sido llevado al lienzo por numerosos pintores desde el Renacimiento y se 
consideraba una alegoría del triunfo de las mujeres sobre los hombres pero en manos de 
Artemisia adquiere nuevos matices, hasta el punto de que varios estudiosos han descifrado 
en clave psicológica la violencia con que pinta la famosa escena, interpretándola como un 
deseo de venganza tras la agresión sexual que sufrió. Para entonces Artemisia ya había 
comenzado a plasmar en sus lienzos a mujeres fuertes y sufridas, heroínas, víctimas, suicidas, 
guerreras, a personajes femeninos procedentes tanto de la Biblia como de la mitología, 
adoptando una perspectiva nueva: la de una mujer, porque no le faltaba razón el filósofo 
francés Roland Barthes cuando sentenciaba que la fuerza de Artemisia Gentileschi radica en 
su capacidad de dar la vuelta a los papeles tradicionales, alentando "una nueva ideología que 
nosotros, modernos, leemos claramente: la reivindicación femenina".

 
Artemisia Gentileschi - Judith y Holofernes.

Si habláramos de la biografía
profesional de la artista, único tema de que se hablaría si fuera 
hombre, deberíamos detenernos en que, en sus telas, los rasgos faciales de las hermosas y 
enérgicas heroínas que allí aparecen tienen un parecido al rostro que se ve en sus retratos o 
autorretratos: a menudo el que le encargaba cuadros debía desear tener una imagen que le 
recordase visualmente a la autora, cuya fama iba creciendo. Su éxito y la fascinación que 
emanaba de su figura, alimentaron, a lo largo de toda su existencia, rumores sobre su vida 
privada. En el campo artístico, parejo a su trayectoria vital, habría que señalar sus evolutivos  
estilos pictóricos en sus etapas florentina, romana (de nuevo), veneciana, napolitana y 
¡londinense!. Tras su muerte en Nápoles, Artemisia Gentileschi artista cayó en un largo y 
profundo olvido que ha durado siglos. Sólo en la segunda mitad del siglo XX su arte comenzó 
a ser de nuevo apreciado por algunos críticos y su nombre, desenterrado, pero, sobre todo, 
fue a raíz de que en los años 70 el movimiento feminista convirtiera a esta artista en uno de 
los símbolos de la lucha de género que Artemisia finalmente resucitó.  
 
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1Las investigaciones de científicas, particularmente jóvenes, aunque fuesen mejores que las de sus compañeros, sobre todo de los ya consagrados, recibían menos premios y menciones. Olvidadas o relegadas a un segundo plano, ocultas por la sombra del más famoso. Realmente, ¿cómo afecta ser hombre o mujer para que se nos tome en serio? El neurobiólogo estadounidense de la Universidad de Standford Ben Barres, nacido como Barbara Barres, lo explicó muy bien; hizo una transición de sexo de mujer a hombre y reconoció que sus descubrimientos científicos tenían menos aceptación cuando los firmaba como mujer. Pero esto no solo sucede en el campo de la ciencia; han existido muchas mujeres, especialmente artistas, olvidadas a la sombra de los hombres: de sus maridos, de sus padres o incluso de sus ayudantes.

2El nombre se debe a que este fenómeno fue descrito por primera vez por la sufragista y abolicionista estadounidense Matilda Electa Joslyn Gage (1826-1898) en su ensayo de 1870 «La mujer como inventora».

 

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