(Nota previa.- Está visto que la informática nos condiciona; por un problema de caída de línea de Internet, cuando ve la luz esta entrada ya no es 4 de julio, pero la dejamos tal cual estaba previsto en el resto de contenidos, atemporales) Hoy es 4 de julio, Día de la Independencia de Estados Unidos (aunque la separación jurídica de lo que fueron las Trece Colonias de Gran Bretaña ocurrió el 2 de julio, de 1776 para ser exactos, que no se commemora). Pero es un día más. Llevamos ya más de un año de duermevela con esta pandemia y sus efectos, en un monotema que hace pensar a más de uno que el mundo se ha detenido en todo, y que lo que hace poco tiempo nos llamaba poderosamente la atención, ahora (si no es algo vinculado de alguna forma con el Covid-19) ni siquiera es noticia, nos pasa desapercibido, pierde interés. Es lo que ha pasado, hace dos meses escasos, con una investigación hecha por científicos de la Universidad de Granada en la que se identifica las diferencias de genotipo entre el Homo sapiens, el hombre moderno, el Homo neanderthalensis, el neandertal, y los chimpancés que, al parecer, está en un conjunto de 267 genes a cargo de la creatividad y la autoconciencia que los investigadores han calificado como “determinante” a la hora de definir la supervivencia de los sapiens frente a los neandertales, desaparecidos hace aproximadamente 40.000 años, con lo que lo que los registros arqueológicos y fósiles no habían sido capaces de sacar a la luz, lo ha puesto en evidencia la inteligencia artificial y el análisis de datos genéticos mediante algoritmos. Es este un sistema que, por cierto, se aplica a la biología y la salud desde 2005, mucho antes de esta pandemia con algunos resultados interesantes antes de los de ahora. En 2014, por ejemplo, se descubrió que la esquizofrenia no era una única enfermedad, sino un grupo de ocho trastornos genéticamente diversos. Posteriormente se pudieron identificar los genes relacionados con el temperamento y el carácter que han surgido de forma escalonada en la evolución de los homínidos”; la primera red, “la más primitiva”, surgió hace 40 millones de años y se encarga de dar respuestas emocionales, regula los impulsos, el aprendizaje de hábitos, el apego social y la resolución de conflictos, compartida por chimpancés, neandertales y los humanos actuales. El linaje común del hombre moderno y los neandertales se remonta a 500.000 años atrás. Fue después, hace entre 200.000 y 300.000 años, cuando surgieron los neandertales y, después, el Homo sapiens, que ya tenían una morfología similar a la actual, frente a los primeros, mucho más robustos físicamente. Fue en un periodo posterior cuando los sapiens adoptaron el comportamiento humano moderno (sociabilidad, lenguaje, ...). Neandertales y sapiens compartieron un largo periodo sobre la Tierra y llegaron incluso a mezclarse, hace aproximadamente 100.000 años, hasta que 60.000 años después unos desaparecieron y los otros sobrevivieron1. Una de las razones para esa supervivencia de unos frente a otros es lo que los investigadores y la inteligencia artificial han descubierto: esa red de genes a cargo de la creatividad que, en consecuencia, dio a los humanos actuales (no a todos, como algunos se empeñan en demostrar y como es fácil comprobar, pero eso es otra cosa: estamos hablando de ciencia) la capacidad de tener pensamiento abstracto, el deseo de ser sociables y, en definitiva, mayor capacidad de resistencia a las adversidades, o sea que puede calificarse la creatividad, en el sentido de la citada investigación, como “el arma secreta del ser humano actual para sobrevivir a los homínidos cercanos con los que convivía hace tiempo”. Siguiendo con la investigación, la segunda red, que aparece hace dos millones de años, ya presenta diferencias, se encuentra a cargo del autocontrol y está relacionada con la cooperación para el beneficio mutuo. La tercera red, surgida hace unos 100.000 años, es exclusiva del Homo sapiens y son los mencionados 267 genes que dotaron de pensamiento abstracto a los sapiens, lo que, entre otras cosas, les da mayor capacidad de resistencia ante la incertidumbre: también esos genes lo hicieron más sociable, son reguladores, y se encuentran en regiones del cerebro reconocidas por su relación con la creatividad y la salud.
Los últimos descubrimientos reabren el debate sobre la posibilidad de que los neandertales no se extinguiesen, sino que fuesen integrados por los sapiens con lo que hace no tanto tiempo parecía imposible, se va haciendo realidad. Cuando se estrenó en 1981 la película En busca del fuego, la versión de Jean Jacques Annaud de la novela clásica de ciencia ficción del belga J.-H. Rosny Aîné (Joseph Henri Honoré Boex de nombre real) fue muy criticada porque mostraba una escena de sexo entre una mujer sapiens y un hombre neandertal. La paleogenética ha confirmado la realidad de los cruces entre neandertales y sapiens, pero también recalca algo que tiene una clara lectura contemporánea: el estudio de la prehistoria nos demuestra que es absurdo hablar de razas (salvo en política, que da votos), que la humanidad es el resultado de un cruce infinito. No está claro cuántas olas migratorias humanas llegaron desde África a Europa y Asia, ni cuándo se produjeron; tampoco qué ocurrió con los seres humanos —neandertales y denisovanos— que estaban allí cuando llegó nuestra especie pero es evidente que mantuvieron relaciones algo más que amistosas, como demuestran los resultados obtenidos gracias al análisis del ADN antiguo cuando se obtuvo el primer genoma completo de un neandertal. Nosotros, la humanidad moderna, somos una mezcla interminable, que se prolonga a lo largo de los siglos y de los milenios. Y hemos de tener en cuenta, además, de que sacar a colación, aunque sea en un debate científico, a nuestros antepasados remotos o a oscuras civilizaciones desaparecidas es como abrir la caja de los truenos acerca del consabido, y sin respuesta, de dónde venimos, que admite toda suerte de hipótesis.
Hace unas semanas, con el título de (No) estamos sólos, publicábamos en este mismo blog unas ligeras reflexiones sobre las teorías de que nuestros antepasados fueran extraterrestres. Volvamos con ellas, aprovechando que ya estábamos en Perú, cuna de misterios irresueltos, debidos alguno de ellos a la aniquilación de su cultura durante la conquista española del territorio, pero otros mucho más antiguos como las mencionadas anteriormente en el blog líneas de Nazca, la ciudadela/fortaleza de Machu-Pichu o los hallazgos de Paracas, a los que nos referiremos aquí. La desértica península de Paracas (del quechua “paracco”, lluvia de arena) se encuentra en la costa sur del Perú y es allí, en este árido paisaje donde, hace casi cien años, se hizo uno de los descubrimientos más misteriosos que cupiera imaginar, un cementerio complejo y sofisticado en el que aparecieron una serie de polémicos restos que cambiarían para siempre cómo miramos a nuestros antepasados y nuestros orígenes, ya que los cuerpos en las tumbas tenían algunos de los cráneos alargados más grandes jamás descubiertos en el planeta, llamados ahora los cráneos Paracas; un total de más de 300 cráneos misteriosos que se creen tenían al menos 3000 años de antigüedad. Y, como si la forma de los cráneos no fuera lo suficientemente misteriosa, un reciente análisis de ADN realizado sobre algunos de ellos presenta algunos de los más enigmáticos e increíbles resultados que desafían todo lo que sabemos sobre el origen y el árbol evolutivo humano.
Las características de los cráneos Paracas resultan ser interesantes pues son cualquier cosa menos ordinarios; son por lo menos 25% más grandes y hasta un 60% más pesados que los cráneos de los seres humanos regulares. Los investigadores creen firmemente que estas características podrían no haberse logrado con las técnicas utilizadas por las tribus2 como sugieren algunos científicos puesto que no sólo son diferentes en peso, también son estructuralmente diferentes y sólo tienen una placa parietal mientras que los seres humanos normales tienen dos. Estas características extrañas han acrecentado el misterio durante décadas, pues los investigadores aún no tienen idea de quiénes fueron alguna vez estos individuos con dichos cráneos alargados. Con este escenario, se enviaron a un laboratorio genético al que no se informó previamente del origen de las calaveras para evitar ‘influenciar los resultados’ cinco muestras de los cráneos Paracas para someterlas a pruebas genéticas, y los resultados fueron fascinantes. Las muestras que consistían en el pelo, dientes, piel y algunos fragmentos de huesos craneales dieron detalles increíbles que han alimentado el misterio que rodea a estos cráneos anómalos.
Curiosamente, el ADN mitocondrial, que se hereda de la madre, mostró mutaciones que eran desconocidas para cualquier hombre, primate o animal encontrado en el planeta Tierra y sugieren que los investigadores estaban tratando con un totalmente nuevo ‘ser humano’, muy diferente del Homo sapiens, Neandertal y Denisovans (otra clase de homínido). Según los informes, las personas de los cráneos de Paracas fueron tan biológicamente diferentes que hubiera sido imposible que los seres humanos se cruzasen con ellos. ¿Quiénes eran, entonces, estos seres misteriosos? ¿Evolucionaron por separado en la tierra? ¿Tienen alguna conexión con los enigmáticos faraones egipcios, también pintados con cráneos alargados? ¿Qué causó que tengan esas diferencias drásticas con los seres humanos ordinarios? ¿Y es posible que estos seres realmente no sean oriundos de la tierra? Lo único que sabemos hasta ahora es que hay muchas cosas que van más allá de la comprensión de los investigadores, historiadores y científicos. Es posible que después de todo, la pregunta de si estamos solos en el universo pueda ser contestada gracias a los cráneos de Paracas. Como hipótesis para buscar más información no está mal, ¿no? La discusión (apasionante, sin duda) está servida.
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1Los nuevos descubrimientos genéticos abren un debate todavía más desafiante: ¿y si, en realidad, los neandertales no se extinguieron? Impulsados por nuevos análisis de ADN fósil, algunos expertos apuntan que los neandertales siguen aquí porque somos nosotros, ya que se produjo una integración entre las dos especies. El debate sobre la capacidad cognitiva de los neandertales, la especie humana más cercana a la nuestra, se supone que desaparecida, parece cada vez más cerrado en la comunidad científica: eran tan inteligentes, hábiles, solidarios y creativos como nosotros, los Homo sapiens.
2Mientras que varias culturas de todo el mundo realizaron prácticas de deformación del cráneo (elongación), las técnicas utilizadas en cada una de ellas fueron distintas, lo que significa que los resultados tampoco eran los mismos. Hay ciertas tribus sudamericanas que ataban los cráneos de los bebés con el fin de cambiar su forma, resultando en una forma craneal drásticamente alargada. Aplicando una presión constante durante un largo período de tiempo con el uso de herramientas antiguas, las tribus lograron realizar deformaciones craneales que se encuentran también en culturas antiguas de África. Sin embargo, si bien este tipo de deformación craneal cambió la forma del cráneo, no alteró el tamaño, peso o volumen craneal, todos los cuales son rasgos característicos de los cráneos humanos regulares.


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