miércoles, 18 de mayo de 2016

Uso y abuso de la "historia" - (3) - ¿Existe la historia?



Se atribuye a Nicolás Avellaneda, abogado, periodista y político argentino, presidente de su país entre 1874 y 1880, la autoría de la conocida frase "Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla", pero no consta la identificación de a qué se refería cuando hablaba de historia.

Según el vigente diccionario de la Real Academia de la Lengua, el vocablo Historia admite diversas acepciones en su significado, a saber:

Historia (Del lat. historĭa, y este del gr. ἱστορία historia)
1. f. Narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados.
2. f. Disciplina que estudia y narra cronológicamente los acontecimientos pasados.
4. f. Conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación.
7. f. Narración inventada.
Fijémonos en la acepción número 7, con más repercusión de la que se pueda pensar, y pongámosla en relación con lo que afirmaba Napoleón (en idea asumida y actualizada por Winston Churchill) de que "La historia es escrita por los ganadores"[1]

Que la historia oficial levanta suspicacias ni es nuevo ni ceñido a determinadas culturas, como lo demuestra que, ya en el siglo XVII, el filósofo inglés John Locke, representante de la corriente de pensamiento denominada empirismo,  que enfatiza el papel de la experiencia, ligada a la percepción sensorial, en la formación del conocimiento, dejara escrito en su obra Some thoughts concerning Education (Algunos pensamientos sobre la Educación) que «Casi todo lo que habla la historia no es otra cosa sino peleas y matanzas, y el honor y el prestigio que se concede a los conquistadores (quien en su mayor parte no son sino grandes carniceros de la humanidad), engaña aún más a los jóvenes que están creciendo, que por este medio llegan a pensar que la masacre [es] el negocio laudable de la humanidad, y la más heroica de las virtudes. Mediante estos pasos, [una] crueldad no natural es sembrada en nosotros, y lo que la humanidad aborrece, la costumbre lo reconcilia y nos lo recomienda, posicionándola en forma de honor. Así, por medio de modelos y opinión, eso pasa a ser un placer, que por sí misma ni lo es, ni lo puede ser a cualquiera.»

Y bien mirado, esta atroz reflexión sobre la historia  cuadra con el hecho, apuntado por Napoleón y Churchill, de que ésta pertenezca/se identifique a/con los vencedores de las contiendas, cuya intención, aunque sólo sea por pura inercia, es mantener el status y prerrogativas del ganador. De acuerdo con esta premisa, y lejos de la asepsia de las definiciones que nos ofrece el Diccionario de la RAE, nos permitimos proponer la definición de historia como la narración (u ocultación) de tal manera de los hechos acaecidos que se justifique el presente, produciendo la perversa creación de una forma de patriotismo basada en una única visión que se presenta, además, como la verdadera e indiscutible y que conlleva la demonización (cuando no algo mucho más grave) del discrepante o de quien se atreve a cuestionar esa versión oficial. Este factor lleva a convertir la historia en una herramienta de manipulación y adoctrinamiento potentísima que, a lo largo de los tiempos ha sido usada por prácticamente todos los países, desde las burdas manipulaciones de fotografías a las que nos tenía acostumbrados el régimen soviético hasta insinuaciones y manejos sutiles que pasan a menudo desapercibidos[2].
¿Estaban o no Trotsky, Kamenev y Khalatov con Lenin?

Pero empezábamos esta entrada recordando a Avellaneda y su frase de que "Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla" y, a la vista de la evidencia del uso retorcido de la historia por las clases dirigentes a través de los siglos, concluir que se presenta difícil ese propósito de no repetirla, que requiere un mínimo de objetividad en la información “histórica” de que disponemos; eso cuando no llega al punto de descubrir su ocultación.

Un ejemplo de actualidad. Con motivo de la crisis de la llegada a Europa de los refugiados que huyen de la guerra de Siria (sin entrar en esta ocasión a opinar sobre la vergonzosa respuesta al problema por parte de las autoridades europeas), numerosas voces se han alzado comparando la situación con la que vivieron hace 75 años los españoles que huían de nuestra guerra (in)civil tras el triunfo de las tropas franquistas y, al efecto, se sacaron de los archivos viejas fotografías que reflejaban un sufrimiento parecido al de otras fotografías actuales de familias sirias condenadas a alojarse en campos de refugiados en su huida del horror. Pero, realmente, ¿se conoce el drama de los refugiados españoles de entonces? ¿O pertenece a aquel capítulo de la historia celosamente ocultado por el bando vencedor?

Quizá valga la pena recordarlos para poder evitar “repetir la historia”

La suerte desfavorable para las tropas de la República en nuestra guerra supuso un grave problema para las autoridades francesas que, en principio, por Decreto Ley del 12 de noviembre de 1938, mencionaba a los españoles que huían como "extranjeros indeseables" y proponía la expulsión de todos ellos. Pero con la caída de Cataluña en manos franquistas, hasta medio millón de personas se dirige a la frontera en busca de refugio y el 5 de febrero de 1939  se permite el paso de la masa de refugiados por la frontera que hasta entonces permanecía oficialmente cerrada, separándose a los hombres (identificados como combatientes) de las mujeres y se les confina en unos “establecimientos especiales temporales” que muy poco después se convirtieron en "reclusión administrativa" y en pocos meses se creaban diversos campos de internamiento, realmente campos de concentración, para encerrar a esos cerca de 550.000 españoles que huyeron de la represión franquista.

La mayoría de estos campos se construyeron a toda prisa cerca de la frontera, en forma de barracones o de zonas vigiladas a la intemperie, y no disponían de agua potable ni de las mínimas condiciones higiénicas. A los prisioneros apenas se les daba comida, y nunca se les ofreció agua potable ni ropa de abrigo o para refugiarse del viento. Muchos murieron de desnutrición, enfermedades diversas, durante torturas o asesinados.
Los campos más importantes, por su tamaño, fueron los de Argelès-sur-mer, Saint Cyprien plage (lo que son las cosas, actualmente es una celebrada playa nudista) y Rivesaltes[3].

A los seis meses del establecimiento de los campos estalló la Segunda Guerra Mundial y, cuando las tropas alemanas del III Reich invadieron Francia, en junio de 1940, muchos de los refugiados españoles se alistaron en el Ejército de Francia para luchar contra los nazis (miles de los cuales tuvieron la desgracia de caer prisioneros y volver a campos de concentración, sobre todo en el Campo de concentración de Mauthausen-Gusen, donde hubo 7.300) y también otros decidieron volver a España, ante la promesa de Franco de perdonar a quienes no hubiesen cometido delitos de sangre (que cumpliera o no su promesa, ya es otra historia).

En Argelès, en las proximidades de la Playa Norte, donde se ubicaba el campo, se halla un monolito con una placa en homenaje a los 100.000 españoles que pasaron por el campo, con la siguiente inscripción:

A la mémoire des 100.000 Républicains Espagnols, internés dans le camp d'Argelès, lors de la RETIRADA de Février 1939. Leur malheur: avoir lutté pour défendre la Démocratie et la République contre le fascisme en Espagne de 1936 à 1939. Homme libre, souviens toi. (A la memoria de los 100.000 republicanos españoles, internados en el campo de Argelès, tras la RETIRADA de febrero de 1939. Su desgracia: haber luchado para defender la Democracia y la República contra el fascismo en España de 1936 a 1939. Hombre libre, acuérdate.)

El monolito no fue erigido, por cierto, por ninguno de los diferentes gobiernos españoles que se han venido sucediendo. Ya se ve qué difícil es evitar que se repita la historia si nos ha sido escamoteada. Pero esta manía de ocultar hechos y sus porqués puede alcanzar dimensiones grotescas, como se deduce de lo que se narra a continuación, de la participación de republicanos españoles en la liberación de París de las tropas nazis.

Ya hemos apuntado que una salida ofrecida a los internados en los campos de concentración era alistarse en el ejército francés para luchar contra los nazis, y muchos lo hicieron. De esos combatientes han alcanzado notoriedad especial los que se integraron en una compañía de la División Leclerc. «La Nueve» fue el nombre asignado popularmente a la 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada de la Francia Libre, también conocida como División Leclerc. Se trató de una compañía bastante destacada al estar formada casi íntegramente por unos 150 republicanos españoles bajo mando francés, aunque en el resto de la División Leclerc también había  dispersos otros soldados de origen español en diversas compañías.

Para liberar París de la ocupación nazi, el mando estadounidense, dirigido por Eisenhower, prefería atacar masivamente a las tropas germanas que se concentraban al norte de París y retardar la conquista de dicha ciudad pero De Gaulle ordenó a sus tropas aprovechar la revuelta de la Resistencia Francesa y para ello fue elegida la División Leclerc. Precisamente en esta ocasión la 9.ª Compañía española, unidad de reconocimiento de la División Leclerc, es la primera unidad aliada en penetrar en la urbe y en la noche del 24 de agosto de 1944  irrumpió en el centro de París por la Porte d'Italie. Al entrar en la plaza del Ayuntamiento, el semioruga español "Ebro" efectuó los primeros disparos contra un nutrido conjunto de fusileros y ametralladoras alemanas. Después los civiles que salieron a la calle cantando La Marsellesa, para su sorpresa, constataban que los primeros soldados liberadores eran todos españoles.

Mientras se esperaba la capitulación final, los españoles tomaron al asalto la Cámara de los Diputados, el Hôtel Majestic y la Plaza de la Concordia, todo con una sola baja y la tarde del 25 de agosto, la guarnición alemana de París se rindió y fueron los soldados españoles quienes recibieron como prisionero al Gobernador Militar alemán Von Choltilz, mientras otras unidades francesas también entraban en la capital. Sólo entonces el general estadounidense Eisenhower remitió parte de sus tropas para colaborar con los franceses.

Al día siguiente, 26 de agosto, las tropas aliadas entraron triunfantes en París. Los españoles desfilaron frente a la Catedral de Notre Dame y posteriormente escoltaron al general Charles de Gaulle por los Campos Elíseos. Los soldados españoles de la División Leclerc desfilaron llevando en sus estandartes los colores de la Segunda República Española; las posteriores protestas del régimen franquista fueron ignoradas por el gobierno francés.

Los historiadores españoles sólo pudieron estudiar a la 9.ª Compañía ampliamente después de la caída del franquismo, cuando se reconoció a esta unidad por su destreza y valor, y hubo que esperar a agosto del 2004 para que la ciudad de París realizara un homenaje adecuado a los españoles de la División Leclerc que tanto habían contribuido a su liberación sesenta años antes, desvelándose una placa conmemorativa junto al río Sena en el Quai Henri IV.

Si unimos ese escamoteo de unos hechos reconocidos fuera de nuestras fronteras con los honores que, aún hoy día, se rinden a los combatientes de la División Azul[4], se confirma sin ningún género de dudas la validez de la hipótesis que proponíamos para definir la historia: narración (u ocultación) de tal manera de los hechos acaecidos que se justifique el presente.

La pregunta del millón es cómo es posible que el presente que se pretende justificar  como marco de convivencia sea el de los vencedores de la guerra (in)civil (¿o quizá de sus herederos que siguen el mismo ideario?).


[1] Napoleón es un pozo sin fondo en cuanto a la autoría de frases lapidarias. Suyas son también la de "¿Qué es la historia? Una sencilla fábula que todos hemos aceptado" y la de "La historia es una serie de mentiras acordadas" entre muchas otras sobre el tema..

[2] Con el único propósito de alentar la reflexión, es lícito preguntarse si los EEUU, que en el Título 22 de su Código, sección 2656f(d) definen “terrorismo” como Violencia premeditada y con motivos políticos perpetrada contra objetivos civiles, generalmente con la intención de influenciar a un público determinado, tienen otra acepción que no incluya precisamente esos actos, cometidos por ellos con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

-          [3] Igual que sucede con los actuales refugiados sirios, el éxodo abarcó todas las clases sociales, pobres y ricos, políticos, profesionales, intelectuales,…. de forma que en Saint Cyprien estuvo confinado, por ejemplo, antes de su definitivo exilio en México, el escritor Manuel Andújar, conocido, sobre todo por su trilogía de novela social Vísperas, llevada con éxito a la TV en una serie homónima, y en el campo de Argelès estuvo Vicente Ferrer, conocido misionero laico con una gran actividad en favor del Tercer Mundo, sobre todo en la India, donde logró el reconocimiento de Indira Gandhi. Fue premiado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998 por su intensa actividad humanitaria, reflejada en la Fundación Vicente Ferrer.

[4] La División Azul, en puridad la 250.ª División de Infantería (oficialmente en España División Española de Voluntarios, y en Alemania 250 Infanterie-Division), fue una unidad de voluntarios españoles que formó una división de infantería dentro del Heer, el ejército de la Alemania nazi. Se creó para luchar contra la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Entre 1941 y 1943, cerca de 50.000 soldados españoles participaron en diversas batallas, fundamentalmente relacionadas con el sitio de Leningrado (hoy San Petersburgo) en donde se les recuerda especialmente por su activa participación en el saqueo y destrucción del rico patrimonio artístico-cultural de lo que se conoce como el Anillo de Oro de la ciudad.

viernes, 13 de mayo de 2016

Uso y abuso de la "historia" - (2) - "La historia es incuestionable"

Hace algunos meses, una alta autoridad de la Real Academia de la Historia (institución con sede en Madrid y encargada del estudio de la historia de España, según afirma, la «antigua y moderna, política, civil, eclesiástica, militar, de las ciencias, letras y artes, o sea, de los diversos ramos de la vida, civilización y cultura de los pueblos españoles») declaró sin reparos que la Historia es algo incuestionable. Y, ante el pasmo de propios y extraños, se quedó tan ancha.

Hay que decir que esas declaraciones cabe ubicarlas dentro de la campaña de "españolización" recentralizadora (intento de uniformización de pensamiento sería más correcto) liderada por el gobierno del Partido Popular, representada por la llamada Ley Orgánica para la Mejora (?) de la Calidad Educativa (LOMCE) en la que se demoniza cualquier disensión de la doctrina oficial, y obedecen las declaraciones a negar la eventual validez de ciertos matices de interpretación de hechos históricos por parte de algunas Comunidades Autónomas en libros de texto cuyos contenidos, eso sí, están consensuados con el gobierno central.

Técnicamente, lo que en realidad sorprende es que tales afirmaciones, y con tal contundencia, provengan de una persona que, se supone, algo de los vericuetos de la historia debe conocer. ¿Es incuestionable la historia? Pasemos por alto que la historia no es una ciencia exacta y admitamos que en ella caben interpretaciones, y para ayudarnos en la argumentación, veamos un sólo ejemplo, de los cientos a los que nos podríamos referir.

¿Quién recuerda a Beltrán Duguesclin (castellanización del nombre francés auténtico Bertrand Du Guesclin)? Sí, hombre, aquel de "Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", que ocupa un lugar en la historia del Reino de Castilla. El tal Duguesclin fue un militar y mercenario bretón que aúna el ser una celebridad en Francia por el papel que tuvo en la guerra de los Cien Años contra Inglaterra, el ser considerado un traidor despreciable en su país, Bretaña, acusado de haber atacado al ducado de Bretaña, entonces independiente, con las tropas del rey de Francia, y el ser considerado de manera ambigua y confusa en los textos de la historia de Castilla, y es que debe ser difícil armonizar la glorificación del "Roma no paga traidores" cuando se habla de la traición a Viriato con el tratamiento a la felonía de Duguesclin, quien, al servicio del aspirante al trono Enrique de Trastamara en tanto que aliado del rey de Francia Carlos V, tendió una trampa al legítimo rey de Castilla, Pedro, hermano de Enrique, facilitando su muerte a manos de quien subió al trono como Enrique II (el Fratricida, casualmente).

 Fijémonos que si las andanzas de un solo personaje merecen en su valoración e interpretación calificativos tan opuestos, es difícil mantener la incuestionabilidad de la historia, que admite matizaciones por dos grandes factores: técnicos y políticos, cuyo resultado, en suma, nos recuerda a Campoamor y su "todo es según el color del cristal con que se mira".

Dejamos para más adelante el componente político de la historia, y analizamos someramente ahora las razones técnicas que influyen en las interpretaciones históricas.

En primer lugar, cuando los hechos históricos son anteriores a la escritura o no están recogidos en los anales que se han podido conservar, todo son conjeturas, suposiciones, hipótesis o teorías que, a pesar de que sean aceptadas, son interpretables, y basta el hallazgo casual de un determinado utensilio o hueso o vete a saber qué para cuestionar lo que hasta entonces era válido y se estudie que la invasión no fue de A sobre B sino al revés, pongamos por caso.
¿Incuestionable?


En  segundo lugar, no por el hecho de que haya documentos escritos se ha de prestar total verosimilitud a los mismos. La Biblia es un buen ejemplo (desde el punto de vista estrictamente histórico nos referimos, naturalmente) pero hay a montones. Y particularmente cuando esos registros escritos corresponden a un sólo bando. La batalla de las Navas de Tolosa, de 1212, sin ir más lejos, se ha considerado siempre un hito en el periodo llamado de la Reconquista, siempre siguiendo la crónica que había escrito el arzobispo Rodrigo Ximenez de Rada, sin cuestionarse la autenticidad de los datos registrados en ella por el autor, partícipe en la batalla a las órdenes de Alfonso VIII (¿podía dar acaso otra versión que no fuera la de adular a su rey, vencedor de la contienda?) a pesar de que algunos episodios ya se sabía que eran dudosos: la acción de las cadenas atribuída a Sancho de Navarra, el personaje del pastor-guía de las tropas cristianas, Martín Halaja, a quien se puso nombre tres siglos después y se identificó con San Isidro, etc. La aparición y estudio de las crónicas musulmanas sobre la batalla de Al-Uqab o Al-'Iqāb, nombre con el que ellos la conocen, permitió saber que la contienda (de nulos efectos militares o estratégicos posteriores inmediatos sobre el contencioso con el reino almohade) era la simple revancha del rey Alfonso de Castilla por la derrota sufrida unos años antes en Alarcos a manos del emir almohade Muhammad an-Nasir (Miramamolín para los cristianos). Para llevar a cabo la revancha rompió la tregua que mantenía hasta entonces con él y solicitó del papa Inocencio III (muy sensibilizado por esas fechas por el problema de la cruzada contra la herejía cátara. Hay quien incluso encuentra justificación en la decisión papal por la similitud fonética entre Tolosa y Toulouse) que el enfrentamiento tuviera la consideración de cruzada para recabar caballeros de toda Europa además de la colaboración de todos los reinos cristianos de la península ibérica.
¿Incuestionable?

Y en tercer lugar, no porque los documentos en que se basa la historia sean verídicos no se puede cuestionar el resultado. Un ejemplo actual. Es sabido que el gobierno de Mariano Rajoy, soportado por la mayoría absoluta del Partido Popular, promulgó un decreto por el que el importe de las pensiones se revalorizará cada año en un porcentaje de aumento ajeno a la evolución del índice del coste de la vida, y tal que nunca alcanzará a éste, con lo que se puede afirmar que el poder adquisitivo de los pensionistas merma cada año pese al aumento nominal anunciado. Según esta premisa, y pensando en este único asunto, ¿cómo pasará a la historia Mariano Rajoy? ¿cómo benefactor del colectivo de pensionistas, a quienes ha asegurado revisión anual al alza de sus pensiones (lo cual es verdad)? ¿como el gobernante sin sensibilidad que legisla a sabiendas, y sin declararlo así, una merma de las condiciones económico-sociales del colectivo de pensionistas?
¿Incuestionable?.

En la pròxima entrada analizaremos la vertiente politica de la incuestionabilidad de la historia.

domingo, 8 de mayo de 2016

Uso y abuso de la "historia" - (1).- La "historia común"

En este sainete en el que parece haberse convertido la política española, y no sólo por la demostrada incapacidad de llegar a acuerdos de gobierno tras el resultado atomizado de las últimas elecciones y en donde se ha puesto de manifiesto clamorosamente que el interés de los negociadores (de las formaciones que han negociado, que no han sido todas) de uno y otro color estaba en conseguir arrimar el ascua a la sardina de su partido, sin que hayan quedado evidencias de que se haya hablado de necesidades ciudadanas; es más, alguno de esos clamores populares se han convertido en línea roja, no ya para la negociación sino para el simple diálogo, en un alarde de exhibición de ignorancia supina de lo que es democracia.

Pues en este sainete, decíamos, del que estas líneas no pretenden analizar si la incapacidad citada se debe más a ineptitud, inmovilismo, mala elección de compañeros de viaje, celos personales, vetos impuestos o autoimpuestos, o un poco de todo ello y de alguna cosa más, resulta curioso observar que, para dar la impresión de que han aprendido la lección y de que en las segundas elecciones que se avecinan serán capaces de negociar si ello es necesario, empiezan a oírse algunos lugares comunes manidos que se resumen en que se ha de trabajar en lo que nos une, y no en lo que nos separa, idea que ha usado recientemente incluso Felipe VI (el 16-04 en un discurso en La Zarzuela con motivo de los actos en memoria de Cervantes a los 400 años de su muerte). Lo que ocurre es que, si a alguien no avisado se le pasa por la cabeza preguntar qué es lo que nos une, se suele instalar un largo silencio espeso e incómodo que, la mayoría de veces concluye con el balbuceante pero contundente tópico de la historia común.

Craso error para empezar. La historia NUNCA es común, pese a los esfuerzos de manipulación, algunos exitosos, todo hay que decirlo, que el término concita. Ejemplos de ello hay a montones, y alguno reciente y cercano que nos concierne a todos nosotros, pero para que no se diga que se aprovechan estas líneas para reabrir heridas (una herida bien cicatrizada no se reabre; sólo lo hace si realmente no está cerrada), reflexionaremos sobre una situación ajena, aunque de su solución tengamos que ser parte.


De todos es conocido el conflicto armado en Siria, con su reguero de muertos civiles por ataques de unos y otros, la destrucción de sus casas, la diáspora de aquellos que han podido huir de la guerra (corramos un piadoso e indignado velo sobre la respuesta que están obteniendo de los países civilizados en su angustiosa demanda de refugio), la actuación de unas elites poderosas apoyadas directa o indirectamente por terceros países, etc. Es de desear que el conflicto acabe pronto y es de desear que acabe de la mejor manera posible para el futuro de la gente que está siendo azotada por el mismo. Lo que parece fuera de toda duda es que, si  dentro de un tiempo se gestionan de alguna forma acciones para ese futuro se argumenten con el señuelo de "historia común". ¿Existe la historia común? ¿De verdad alguien puede pensar que es la misma historia la de la gente que ha tenido que irse de Siria para simplemente vivir lejos del que era su país, la de la gente que después haya podido volver, la de quien no ha podido huir y ha tenido que soportar el horror de la guerra, la de las familias que han sido masacradas y diezmadas,... o la de quien, desde dentro, se ha lucrado con el conflicto?

No, hablar de historia común es una falacia y queda demostrado que el futuro de las personas no puede (no debe) cimentarse en la historia de los Estados, historia siempre de vencedores y vencidos, de opresores y oprimidos, salvo que se pretenda perpetuar estos roles. Y algo de eso hay cuando se observa que quien apela a esa inexistente historia común como motor de futuro se identifica siempre con el rol del vencedor, nunca con el del vencido, y manipula a éste para hacerle creer que la visión del vencedor es la sensata y la única positiva.

Cosas de la historia, sobre la que seguiremos reflexionando.

domingo, 1 de mayo de 2016

La “unión” que crea desunión



Durante unos días de retiro obligado, alejado del mundanal ruido (que diría Fray Luis de León sobre la vieja idea expuesta por Virgilio), he tenido la oportunidad de coincidir con un apasionado del correcto uso del lenguaje (de los lenguajes, matizaba yo en nuestras conversaciones) que se lamentaba, con razón, del deterioro perceptible que se observa, en gran parte debido a los cambios de modos de vida y a la vorágine relacional y social actual, a la absoluta supremacía del inglés en todos los ámbitos, a la caída del hábito de lectura (y no digamos de escritura), a la aparición de tecnologías de comunicación que promueven y alientan el uso de mensajes cortos en una jerga de dudosa asimilación al idioma en que se basan, etc.

El hecho de que los referentes para esa persona de la concisión y pulcritud en el uso del lenguaje fueran los académicos Mario Vargas Llosa y Félix de Azúa no debería tomarse sino como un mero detalle anecdótico si no fuera porque, en base a él, las conversaciones se desviaron hacia el terreno pantanoso de que los lenguajes unen, con el matiz de que en estos tiempos convulsos que vivimos, esa característica es sólo aplicable al castellano, como idioma oficial. O sea, utilización política del verbo unir, lo que da pie a las siguientes reflexiones.

Desde el punto de vista meramente lingüístico, ya investigó Noam Chomsky[1] acerca de la común raíz evolutiva de las lenguas, desarrollando el concepto de gramática universal, teoría lingüística que afirma que subyacen determinados principios comunes a todas las lenguas naturales y que estos principios son innatos dentro de la condición humana y van más allá de la gramática nocional. No es que todas las lenguas tengan la misma gramática, claro, sino que hay una serie de reglas que ayudan a los niños que, eso sí, crecen y se desarrollan en condiciones normales (es decir, no en condiciones extremas de ningún tipo), a adquirir su lengua materna. Así, los hablantes que dominan una determinada lengua saben perfectamente qué expresiones son aceptables en esa lengua y qué expresiones no lo son.  

Si se admiten las teorías de Chomsky (universalmente aceptadas por cierto, todo hay que decirlo), hay que admitir que, en tanto el lenguaje es algo que pertenece a la condición humana de cada persona y que por su génesis no hay lenguas superiores a otras (otra cosa es la supremacía actual del inglés, espejo de los avances técnicos, científicos, etc.), puede existir sin  problemas espíritu de unión o de pertenencia entre los miembros de una comunidad con independencia del idioma que utilicen o, dicho de otra forma, los lenguajes nunca son causa de desunión (salvo que se ataque, penalice o impida su uso), y resulta perverso utilizar políticamente aspectos que corresponden únicamente a la condición humana.

Y ya que hemos llegado a la manipulación política, no ya de los idiomas, sino del concepto Unión, todo indica que aquellos que usan la expresión para sus fines suelen exhibir un grado de desconocimiento palmario y preocupante, entre otras cosas en la identificación del público objetivo al que se dirige esa unión e incluso en el propio objetivo final de la misma.



Veamos: según el Diccionario de la Real Academia, UNIÓN se define como
1. f. Acción y efecto de unir o unirse.
2. f. Correspondencia y conformidad de una cosa con otra, en el sitio o composición.
3. f. Conformidad y concordia de los ánimos, voluntades o dictámenes.
… y 11 acepciones más que no vienen al caso. Parece lógico que, políticamente, descuelle la acepción número 3 sobre las demás. Pero también parece haber una cierta confusión en el uso de la palabreja. 

Un solo ejemplo, y no precisamente del ámbito lingüístico.

Hace pocos días, la Asociación para salvar el Archivo  de Salamanca[2] llevó a cabo una serie de acciones bajo el lema El archivo nos une, y cabe preguntarse legítimamente ¿a quién une?, y, lo que resulta más importante: el archivo ¿une o desune?

Si pensamos que lo de Salamanca es realmente un conjunto de documentos confiscados por medio de la violencia armada y del expolio y usados para la represión y que no fue sino hasta el año 1999, concretamente mediante el Real Decreto 426/1999, de 12 de marzo, que no se convierte en Archivo, a nadie debe extrañar que, con la democracia ya consolidada, y pudiendo hablar con más claridad de ciertas cosas, se genere un movimiento para reclamar la devolución de esos documentos, muchos de ellos sin más valor que el sentimental, y se haga oficial la reclamación de devolución.

¡Ahí fue Troya! Como muestra de un exacerbado nacionalismo castellano (que dicen que no existe), se sucedieron pseudo-argumentos contrarios a la devolución de documentos robados con violencia, basados generalmente en el servicio de algún proyecto archivístico on line o en criterios científicos, pero coronados al fin por lo que dijo en 1995 (recordemos, cuando aún ni se había creado el Archivo) el escritor Gonzalo Torrente Ballester con una franqueza de agradecer, que los documentos deben permanecer en Salamanca por ser “botín de guerra, justo derecho de conquista”. Hay qiien afirma que Torrente Ballester, octogenario, fue instrumentalizado ya que a nadie se oculta la irresponsabilidad de argumentar la victoria de un bando en un ignominioso enfrentamiento armado para llegar a un consenso sobre un conflicto puramante administrativo nacido, precisamente, por ese enfrentamiento.

Sin alimentar la controversia en este caso concreto, que aún colea y que requerirá para su solución final grandes dosis de sentido común y no de radicalidad, la reflexión sobre el uso espurio e interesado, aunque (está demostrado) rodeado de ignorancia, por los políticos del concepto Unión parece de total vigencia y alejado del que define el DRAE. ¿Llegarán a trabajar por la consecución de lo que significa el término correcto?


[1] Avram Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) es un lingüista, filósofo y activista estadounidense, una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, gracias a sus trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva. Es también conocido su activismo político, caracterizado por una fuerte crítica del capitalismo contemporáneo. Ha sido señalado por el New York Times como «el más importante de los pensadores contemporáneos».
Propuso la gramática generativa, con la sintaxis en el centro de la investigación lingüística, lo que cambió la perspectiva, los programas y métodos de investigación en el estudio del lenguaje. Su lingüística es una teoría de la adquisición individual del lenguaje e intenta ser una explicación de las estructuras y principios más profundos del lenguaje. Se opuso con dureza al empirismo filosófico y científico en favor del racionalismo cartesiano. Todas estas ideas chocaban frontalmente con las sostenidas tradicionalmente por las ciencias humanas, lo que concitó múltiples adhesiones, críticas y polémicas que le han acabado convirtiendo en uno de los autores más valorados, respetados y citados.

[2] El Archivo General de la Guerra Civil Española está situado en la ciudad de Salamanca y es continuación de la Sección de la Guerra Civil del Archivo Histórico Nacional, creado durante la guerra por el franquismo para almacenar toda la documentación incautada durante la contienda y que no fue transportada o destruida por los vencidos en su huida al finalizar la guerra. El saqueo afectó a todos los territorios, si bien su principal fondo documental lo constituye los llamados “papeles de Salamanca” cuyo origen es que, cuando se produjo la caída de Cataluña en manos del bando sublevado, a finales de enero de 1939, las autoridades militares franquistas se incautaron de toda la documentación que pudieron encontrar en las sedes de las instituciones, los partidos políticos, las organizaciones sindicales, las asociaciones culturales, y los domicilios de particulares, para que eventualmente sirvieran de pruebas con las que perseguir y juzgar a los que habían apoyado al bando republicano en la guerra. Toda esa enorme masa documental —junto con carteles, revistas, periódicos, folletos y libros— se envió a Salamanca, no por la tradición cultural de la ciudad, sino por ser donde se encontraba el Cuartel General del bando del general Franco y se calcula que con toda la documentación incautada por el bando sublevado a lo largo de la Guerra Civil Española, se elaboraron unos tres millones y medio de fichas de españoles.
La prueba de que el Archivo nunca fue tal es que durante la dictadura se cubrió su existencia con un silencio ominoso y los historiadores no pudieron acceder a esta documentación y sólo a partir de la llamada transición democrática, los investigadores lo pudieron hacer.