domingo, 27 de junio de 2021

De la ataxia a la ataraxia.


Estoy viviendo los años más felices de mi vida”. ¡Y decirlo contando chistes!. Escuchar eso es 
bonito y es útil para animarse, ¿no? Pero cuando te das cuenta de que quien lo dice es una 
persona afectada de una de esas enfermedades incapacitantes neurodegenerativas que no 
tiene cura ni mejoría (ataxia, por ejemplo), y de la que sólo cabe esperar que los síntomas y 
los efectos vayan a peor cada día, algo no cuadra en nuestros esquemas. ¿Cómo es posible 
ese optimismo? ¿Hay algo que se escapa? ¿Tendrá algo que ver eso de las prioridades 
personales en la actitud? ¿O será que su concepto de felicidad es otro? Pues, pensémoslo.

 
Empecemos por el principio: la felicidad es una emoción que se produce en un ser consciente 
cuando llega a un momento de conformación, bienestar o ha conseguido ciertos objetivos que 
le han realizado como individuo, aunque cada persona, está claro, puede tener su propio 
significado sobre qué significa la felicidad para ella. Algunos psicólogos han llegado a definir la 
felicidad como una medida voluntaria de bienestar subjetivo (autopercibido) que influye en las 
actitudes y el comportamiento de los individuos. Las personas que tienen un alto grado de 
felicidad muestran generalmente un enfoque del medio positivo, al mismo tiempo que se 
sienten motivadas a conquistar nuevas metas. Al contrario que las personas que no sienten 
ningún grado de felicidad que muestran un enfoque del medio negativo, sintiéndose frustradas  
y engañadas con el desarrollo de sus vidas. En la filosofía oriental, la felicidad se concibe 
como una cualidad producto de un estado de armonía interna que se manifiesta como un 
sentimiento de bienestar que perdura en el tiempo y no como un estado de ánimo de origen 
pasajero, como generalmente se la define en occidente. Muchas veces confundida con la 
alegría de carácter emocional y efímero, la felicidad perdura en el tiempo y se identifica como 
una cualidad, y tal y como se es alto, fuerte o inteligente una persona es feliz. Mientras que la 
alegría se concibe como un estado de satisfacción, la felicidad se considera un estado de 
armonía interna. 

 

Ese estado de placer que nos embriaga en situaciones concretas es la felicidad. Si pudiésemos, 
los seres humanos intentaríamos estar felices todo el tiempo, pero esto no es más que una 
idealización sin fundamento ni base en la realidad. La felicidad no es un estado emocional 
concreto, es una forma de vida; hay personas que se han topado con numerosos baches a lo 
largo de su vida y son felices. Otras, por el contrario, han sido siempre unos privilegiados, lo 
han tenido casi todo y aun así, declaran no ser felices. Claramente, no es la situación, el 
contexto o lo que te toca vivir lo que determina el que te sientas más o menos feliz. La felicidad 
no nace de ningún logro; ser feliz pasa por tener un sistema de valores muy bien amueblado, 
enfocarnos en el momento presente, amarnos de forma incondicional y saber apreciar lo que 
poseemos. Así, si nos esforzamos por cambiar nuestra filosofía de vida (que, en buena parte, 
reconozcámoslo, es bastante quejica y acomodaticia), y adoptamos esta mirada alegre de la 
vida, nos percataremos de cómo podemos encontrar la felicidad exactamente donde queramos.
 

Por todo ello, el concepto psicológico y emocional de plenitud y felicidad nace desde dentro de 
la persona. Nos equivocamos si pensamos que teniendo eso que pensamos necesitar o 
volviendo a ser como un día fuimos, entonces seremos felices. Si no eres feliz con lo que 
tienes o con lo que eres hoy, difícilmente lo serás cuando consigas (si fuera posible) lo que 
piensas. Aquello que deseas es un extra que aportaría un pico de alegría que durará unas 
horas, unos días, quizá semanas… después volverás a tu estado normal.
 
El primer paso que se necesita dar para sentir más felicidad es precisamente no buscarla; 
cuando nos exigimos a nosotros mismos que “debemos ser felices” y no conseguimos serlo, 
nos frustramos (en el mejor de los casos) y la frustración no es precisamente sinónimo de 
felicidad. No podremos ser nunca felices si nos exigimos y nos presionamos. La felicidad es un 
estado de fluidez mental, de aceptación, de vivir el momento..Además, obsesionarnos con ser 
felices nos llena de ansiedad y desesperación y acaba convirtiéndose en una lucha. La felicidad 
no hay que buscarla porque no existe en ningún lugar que implique búsqueda, es decir, no 
está ahí afuera como muchas veces nos hacen creer; de alguna forma, la sociedad en la que 
nos ha tocado vivir, nos ha desvirtuado la brújula que nos lleva a la felicidad, pero, en lugar de 
apuntar hacia afuera, como nos quieren hacer creer, la felicidad está dentro. La “felicidad 
externa” solo son momentos placenteros fugaces.¿Es eso lo que buscamos?

 
Para ser feliz, hay que dejar a un lado las necesidades absolutas. Bien mirado, necesitamos 
pocas cosas para estar sanamente bien: un poco de comida -no demasiada o el placer 
pasará a ser aversión o apego-, un poco de agua para hidratarnos, un techo para 
resguardarnos, actividad física para no enfermar, tener alguna meta que nos anime a 
levantarnos cada mañana -pero sin enfocarnos en el resultado-, dormir, respirar y poco más.
Si todo lo que pensamos que necesitamos se sale de esta lista apresurada provoca el que 
seamos más infelices, lo que no quiere decir que también encontremos placer en ello, pero 
sabiendo que son solo deseos, no necesidades. Para ser más feliz es preciso enfocarnos sólo 
en el presente. Nada existe ni nada es real sino lo que estamos experimentando justo ahora 
con nuestros cinco sentidos.

 

Pero, la enfermedad sigue ahí tozuda, con la presencia de la lucha constante por el equilibrio, 
temblores y descoordinación muscular, dificultad para realizar movimientos, para articular las 
palabras, con tropiezos o movimientos involuntarios en los ojos, disfagia,... , ¿qué hacer? Los 
pronósticos médicos no son los más alegres, pero hay que adaptarse y no deprimirse, se 
puede convivir con una enfermedad neurodegenerativa y ser feliz, no se acaba el mundo. Con 
el devenir de los días, en mayor o menor medida, nos vamos acostumbrado al sufrimiento. 
Sabemos, o al menos lo intentamos, convivir aceptablemente con la degeneración, con la 
frustración, con el dolor, e inocentemente creemos que estamos curados de espantos y que 
ya no hay nada que nos pueda afectar. No obstante parece que la vida siempre va un paso 
por delante con la terrible finalidad de desengañarnos y, de forma cruel, hacernos comprender 
que nunca podemos estar seguros de que ya conocemos lo peor y que ya nada peor nos 
puede pasar. Cambiar la escala de valores si es emocionalmente conveniente, es una buena 
forma de comenzar a alcanzar la paz, pero que nadie que se decida a probarlo piense que es 
fácil, que no lo es; requiere mucho esfuerzo personal y callado (alguien tiene que decirlo) y es 
luchar contra las frustraciones y los cambios de humor permanentes, por esos autocontroles 
exigidos que cuesta conseguir, contra los malentendidos,… y todo ello sin dejar traslucir 
ningún sentimiento ni gesto que pudiera malinterpretarse y perjudicar el imprescindible buen 
clima necesario del entorno. Pero es un proceso reconfortante. La enfermedad, este tipo de 
enfermedad, siempre ganará, ya se sabe, luego esforcémonos en actuar al margen de ella, 
priorizando aquello en lo que sí podemos influir y así cobran importancia las experiencias 
vividas con los amigos, los momentos con tu familia (esa eterna desconocida cuyo auténtico 
valor está recién descubierto), el café de media tarde arrullado por el mar o el sonido de la 
respiración de tu perro echado a tu lado cuando estabas leyendo un buen libro a la sombra de 
un pino… pero sin añorarlo todo ello, huyendo de marcar un dañino (por lo irreversible) y 
desasosegante “antes sí” y “ahora no”.

 
Habrá que recordar en este punto lo que parece un juego de palabras, y es que la ataraxia 
puede ayudar en la ataxia, su enfoque y efectos. La ataraxia (etimológicamente del griego 
«ausencia de turbación») es la disposición del ánimo gracias a la que una persona, mediante 
la disminución de la intensidad de pasiones y deseos que puedan alterar el equilibrio mental y 
corporal, y la fortaleza frente a la adversidad, alcanza dicho equilibrio y finalmente la felicidad, 
que es el fin. La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación 
con el alma, la razón y los sentimientos. Aunque, no obstante, esto que suena tan bien, no 
deja de ser, por desgracia, algo utópico. No hay que olvidar, según nos recuerdan los del 
gremio de psicólogos de la “psique”, que la frustración en su cantidad justa (como todo) nos 
ayuda a mejorar cuando algo no nos gusta o no estamos satisfechos con ello. La falta de 
voluntad para enfadarnos o simplemente desilusionarnos, nos impide evolucionar como 
personas. A pesar de que la ataraxia podríamos relacionarla con una sensación permanente 
de tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma, la razón y los 
sentimientos, vemos que hay que pagar un alto precio por ello, ya que las personas no son 
conscientes de las consecuencias que pueden acarrear sus actos.

 

Que tu prioridad, en lugar de la queja constante por lo que “te ha tocado”, que no tiene 
solución, sea el amor: hacia ti mismo, hacia la vida y hacia los demás, especialmente hacia tu 
entorno cercano (“… en la salud y en la enfermedad… “). Si eres capaz de amar lo sencillo, lo 
humano y los pequeños detalles que parece que no cuentan, entonces conseguirás ser feliz 
pese a las adversidades. ¿Te animas a ponerlo en práctica?
 

 

domingo, 20 de junio de 2021

Quien esté limpio de culpa…


Lo que el viento se llevó
(Gone with the wind) es una película estadounidense de 1939, 
adaptación de la novela homónima de Margaret Mitchell, producida por David O. Selznick y 
dirigida por Victor Fleming, que aglutina los géneros épico, histórico y romántico. Está 
considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos; aparece entre las diez 
primeras de la lista del American Film Institute de las 100 mejores películas estadounidenses 
desde su creación en 1998; en 1989 la película fue considerada «cultural, histórica y 
estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada 
para su preservación en el National Film Registry.  La película fue inmensamente popular, y si 
se ajustan sus ingresos de acuerdo a la inflación, sigue siendo la película de mayor éxito en 
taquilla de la historia. Situada en el sur de Estados Unidos con el telón de fondo de la Guerra 
de Secesión y la reconstrucción, la película narra la historia de Scarlett O'Hara (Vivien Leigh), 
hija de los propietarios de una plantación de Georgia, desde su romántica persecución de 
Ashley Wilkes (Leslie Howard), prometido con su prima, Melanie Hamilton (Olivia de Havilland), 
hasta su matrimonio con Rhett Butler (Clark Gable). Recientemente ha sido retirada por la 
plataforma HBO que posee sus derechos de exhibición en un gesto como contribución al 
movimiento antirracista Black Lives Matter, HBO ha anunciado que la película regresará "con 
una exposición de su contexto histórico y una denuncia de esas representaciones, pero lo hará 
como fue creada originalmente, porque hacerlo de otro modo sería lo mismo que asegurar que 
esos prejuicios nunca existieron", una explicación que también ha causado ampollas, puesto 
que muchos consideran que el cine debería exponerse sin manual de instrucciones, aunque 
puede que el problema sea, precisamente, que quien vea la película necesite ese manual de 
instrucciones, pero aquí no entraremos. 

 
En otro orden de cosas, París, la capital de Francia, la Ville Lumière (Ciudad de la Luz), así 
llamada por su destacado papel en ese movimiento cultural e intelectual conocido como la 
Ilustración (llamada así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la ignorancia de la 
humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón), es famosa por sus bulevares 
flanqueados de monumentos, museos repletos de tesoros, bistrós clásicos y casas de alta 
costura, a lo que se une una ola de galerías multimedia, tiendas de diseño y start-ups 
tecnológicas, que reafirman su posición como ciudad visionaria e internacional. En definitiva, 
que atrae, enamora y no decepciona. ¿Y qué tienen en común la película “Lo que el viento se 
llevó” y la ciudad de París? Pues eso, que enamoran y no decepcionan para una gran mayoría 
de personas, con lo que la disensión sobre ellas es, prácticamente, imposible o, lo que es lo 
mismo, se divulga una idea preconcebida de ellas que facilita los prejuicios, en uno u otro 
sentido, a favor o en contra. Pues hablemos de prejuicios.

 

Técnicamente, un prejuicio es una predisposición axiomática para aceptar o rechazar a algo o 
alguien por sus características, bien sean reales o imaginarias. Desde la psicología, es una 
condición humana que inclina a responder de cierta manera frente a un estímulo de acuerdo a 
un precepto o canon anterior. Usualmente, cuando se habla de personas, el prejuicio tiene una 
connotación negativa hacia un grupo, lo que implica sentimientos o creencias de 
desvalorización hacia el mismo, expresando un desacuerdo explícito, que muchas veces 
conlleva al desprecio hacia condiciones o características del grupo. De acuerdo a las teorías 
modernas, el prejuicio es una actitud aprendida, en base a las experiencias que la persona ha 
tenido a lo largo de su vida y especialmente, durante su infancia. Los niños pequeños aprenden 
en primer lugar, lo que la familia o la sociedad piensan del mundo, antes de conocer dichos 
eventos por sí mismos. Por ello, un prejuicio puede tener consecuencias negativas, pues se 
parte de un juicio de valor negativo ante un grupo, basado en información insuficiente o 
incompleta.

 
Al final, un prejuicio es una forma distorsionada de interpretar la realidad, puesto a que tiene 
una base real, pero a su vez, contiene información errónea, exagerada o generalizaciones 
accidentales ocasionadas por una experiencia previa o ajena. Por esta razón es resistente al 
cambio y hay mucha dificultad para eliminarlo, ya que las personas lo creen con veracidad, 
incluso cuando se le muestren pruebas contrarias en la realidad. Nuestro ya conocido William 
James decía que “un gran número de personas piensan que están pensando cuando no hacen 
más que reordenar sus prejuicios”. El prejuicio puede surgir (¿por qué no?) a raíz de una 
conveniencia. En los casos más graves, prejuzgar tiene como finalidad la sumisión de un grupo 
concreto. Comúnmente se originan a partir de actitudes negativas hacia un grupo del que se 
tiene poco conocimiento real; también puede ser el resultado de una generalización en base a 
una experiencia negativa pasada. Es decir, la persona que posee una visión estereotipada 
sobre, por ejemplo, los rumanos, puede defenderla por el hecho de haber sido atracada en el 
pasado por otra persona de esta nacionalidad. Los factores culturales adquieren un gran peso 
en la generación de prejuicios. Es habitual que en la familia o en una cultura concreta se 
promuevan comentarios y creencias equivocadas sobre ciertas personas, las cuales pueden 
ser vistas como ‘correctas’ o que se podrían englobar dentro de la expresión del ‘piensa mal y 
acertarás’. Además, casi por inercia, se fomenta el criticar a los demás antes que tomar una 
visión empática y tratar de ponerse en el lugar del otro.

 

No hay que confundir, sin embargo, el prejuicio (individual) con su primo hermano, el 
estereotipo (colectivo), imagen mental muy simplificada, con pocos detalles, acerca de un 
grupo de gente que comparte ciertas cualidades características y que puede ser tanto positivo 
como negativo, aunque normalmente es negativo. Suele ser un conjunto de creencias 
compartidas y magnificadas socialmente sobre las características de una persona que suelen 
exagerar un determinado rasgo que se cree o se quiere hacer creer que tiene un determinado 
grupo. Los estereotipos son ideas semejantes a los prejuicios; estereotipar consiste en 
simplificar, en asociar un conjunto simple de ideas sencillas, generalmente adquiridas de otro. 
Asumir como propios prejuicios y estereotipos es síntoma de ignorancia y gandulería, pues 
supone dejarse llevar “por lo primero que se escucha” y considerarlo verdadero sin 
contrastarlo o buscar más información. Los prejuicios, basados en estereotipos, no son más 
que generalizaciones sobre algo de lo que no se tiene demasiado conocimiento; de esta 
manera, se simplifica el mundo, aunque se haga de una forma que pueda estar muy 
equivocada y generar daño a los demás.

 
Los prejuicios y los estereotipos pueden influir de manera negativa en las relaciones entre 
grupos sociales y dificultar su convivencia, son la base de actitudes discriminatorias y pueden 
tener graves consecuencias en la convivencia hasta convertirse en un absurdo móvil para 
emplear la violencia y la agresión hacia otros seres humanos. El estereotipo y el prejuicio, 
como una predisposición personal, se traducen en comportamientos negativos hacia una 
persona o grupo de personas que (reales y observables), son llamados discriminación, que 
supone maltratar o limitar posibilidades a personas por tener características especiales que 
definen su pertenencia a un grupo. La discriminación refuerza el prejuicio y éste a su vez 
suele crear y sustentar la discriminación.

 
Las actitudes negativas hacia otros grupos sociales, tienen múltiples consecuencias en la vida 
de las personas, tanto de las víctimas como de los victimarios siendo una de ellas la 
discriminación anteriormente mencionada. Para las personas discriminadas, actitudes de este 
tipo generan exclusión y aumentan las brechas sociales de los grupos humanos. Las personas 
discriminadas por ejemplo suelen tener menos acceso a servicios sociales, oportunidades 
educativas o de promoción profesional. Esta ha sido la situación, por ejemplo, de muchas 
mujeres, y continúa siendo un problema en culturas tradicionales. Desde el punto de vista 
moral son una injusticia hacia las personas y grupos víctimas del prejuicio pues se basan, 
como hemos visto, en conocimientos insuficientes. En cuanto a los sujetos que tienen los 
prejuicios, influyen en la manera de percibir la realidad, en la forma de aprender, en el tipo de
información que se retiene, etc.; todo ello tiene como consecuencia una limitación en las 
relaciones sociales, crean una cerrazón hacia determinados conocimientos de las 
características del grupo discriminados, generan actitudes de rechazo hacia las personas que 
integran los grupos discriminados; los prejuicios pueden incluso llegar a generar violencia 
hacia a las personas pertenecientes a un grupo, y a su vez encuentros violentos entre grupos.

 

Las personas con menos prejuicios tienen más facilidad para relacionarse con personas 
distintas y tener vínculos “más sanos” con otros/as, ya que esto permite tener buenas 
relaciones independientemente de las características de los demás, favoreciendo un disfrute 
mayor de las diferencias en términos de creencias y valores, incluso en relación a temas 
difíciles como la religión o la política. Además de la discriminación de otros grupos y personas, 
los estereotipos y los prejuicios pueden tener otras consecuencias más o menos graves en 
nuestra vida cotidiana: 
 	- La evitación; evitar al grupo o a la persona, no hablarle, no querer verlo/a. 
 	- El abuso verbal o insulto: hablar negativamente del grupo y al grupo o la persona 
que identificamos con el grupo. 
 	- El empleo de la violencia. 
 	- El acoso: anular la personalidad de una persona mediante el insulto y la violencia 
de grupo. 
 	- El asesinato o el genocidio: la destrucción física de una persona o grupo humano. 
 
 « ¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio».
Albert Einstein (1879 – 1955)

 
Sin embargo, no hay nada como el conocimiento de la realidad para combatir los prejuicios; 
en el ejemplo que poníamos al inicio, de las ideas preconcebidas sobre París, basta con bajar 
paseando de la colina del Sacre Coeur a través de la Plaza Tertre y Montmartre (después, 
seguramente, de haber visitado la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, Notre Dame, el Louvre,… ) 
para echar de menos la música de Aznavour y su vida bohemia a medida que nos vamos 
acercando sin prisas al centro y darnos cuenta de lo que nos limitaban los prejuicios para no 
verla/vivirla. En este caso, inocentes. 
 
 

 

domingo, 13 de junio de 2021

Los hábitos hacen el monje.


Dice el conocido refrán que “El hábito no hace el monje”, entendiendo aquí por hábito la 
apariencia física, el traje, usualmente talar, que visten los miembros de una orden religiosa, 
pero si hábito lo entendemos como dicen las ciencias del comportamiento (la psicología), esto 
es, cualquier conducta repetida regularmente, la cosa cambia, y los hábitos, seguramente, SÍ 
hacen el monje. Hace pocas fechas reflexionábamos sobre las rutinas y su importancia al hilo 
de esta pandemia, y hoy damos un paso más y lo hacemos (con la misma “excusa”, la de la 
pandemia) sobre lo que llamamos hábitos de vida y su relevancia para nuestra cotidianidad y 
para nuestro futuro saludable.

 
Desde el punto de vista psicológico, podemos afirmar que el ser humano es capaz de 
acostumbrarse a una acción, al punto de necesitarla para estar bien consigo mismo. Cuando 
una persona cambia, por ejemplo, algún objeto al cual está habituado, sentirá automáticamente 
incomodidad con lo nuevo, ya que esta cosa que reemplazó, se adaptaba a sus necesidades 
y gustos; a todos nos ha pasado que si cambiamos el colchón de nuestras camas, la rigidez 
del nuevo nos hace extrañar el viejo cuya forma se amolda al cuerpo. Cuando el ser humano 
se siente cómodo, no tendrá reparo en seguir disfrutando de esa comodidad, los hábitos 
afectivos por ejemplo, si una persona se siente cómoda con otra, nacerán sentimientos al 
punto que compartirá con estos el tiempo que se disponga, será un hábito vivir con esa 
persona, lo mismo pasa con los hábitos morales, la conducta del ser humano se basa en 
principios fundamentados en la sociedad, hacer el bien o hacer el mal, se puede sin problema 
alguno llegar a ser habitual entre ellos.

 

Nos referimos, pues, a un hábito cuando hablamos de un acto que tomamos por costumbre, 
una acción que alguien realiza tantas veces que «Se vuelve un habito para ella«, Los hábitos, 
por lo general, son movimientos sencillos de las personas para complementar su vida de 
momentos y funciones, muchas veces un hábito puede ser una distracción para quien lo 
realiza, son costumbres, propias del ser humanas que se adaptan al entorno que los rodea. 
Los hábitos pueden ser los corresponsales de una manía, la cual llega a convertirse en 
obsesión en ciertos casos.

 
Las rutinas tienen una mala fama que es en parte merecida: aburren y ahogan, además de ser 
responsables de que nos dé la impresión de que el tiempo pasa cada vez más deprisa. Al fin 
y al cabo, si no hacemos nada memorable, ¿por qué íbamos a distinguir el jueves del 
miércoles? ¿O nunca ha pasado eso de perder la cuenta de qué día de la semana es? El 
hábito, a diferencia de las rutinas, es cualquier comportamiento aprendido (no es innato, no 
nacemos con ningún hábito) y asumido mediante la repetición consciente, que se realiza al 
final de forma habitual y automática sin apenas pensar en ello. Es un elemento básico del 
aprendizaje humano. Según los científicos los hábitos, sean positivos o nocivos, se crean 
porque el cerebro siempre busca la forma de ahorrar esfuerzo, intenta modificar cualquier 
rutina en un hábito para ahorrar tiempo y energía. Esto tiene el beneficio de que un cerebro 
eficiente no necesita tanto espacio, y, además, al automatizar ciertas conductas elegidas, su 
realización se hace rápida y certera, y al no tener que concentrarse en ellas, podemos 
destinar más tiempo y energía en otras cosas como experimentar e inventar. Si el organismo 
tuviera que responder a toda la cantidad de estímulos que se da en cualquier situación la 
conducta sería caótica, por lo que la habituación tiene un valor evolutivo al contribuir a la 
adaptabilidad del organismo, que responde a los estímulos que para él son más relevantes.

 

Wiliam James, filósofo considerado padre de la psicología moderna, en 1890 publicó un 
artículo llamado “El hábito” dentro de su obra “Principios de la psicología” en el que se basó 
en dos ideas principales: 
 - 1. La formación de hábitos como pilar fundamental sobre el que se edifica el desarrollo 
físico y mental de las personas, y  
 - 2. El concepto del ego dinámico, que abandona la idea de un ego estático para aceptar la 
corriente de la conciencia. 
En el encabezamiento del capítulo escribe: «Siémbrese una acción y se recogerá un hábito; 
siémbrese un hábito y se recogerá un carácter; siémbrese un carácter y se recogerá un 
destino». También decía que «Toda nuestra vida no es sino una masa de hábitos (prácticos, 
emocionales e intelectuales) sistemáticamente organizados para bien o para mal, que nos 
lleva irresistiblemente hacia nuestro destino, sea este lo que fuere». Para James adquirir un 
hábito consiste en transformar nuestros automatismos innatos por otros que se adapten mejor 
a nuestra realidad, haciendo que nuestro sistema nervioso pase a ser nuestro socio en vez de 
nuestro adversario. Y para conseguirlo debemos repetir el mayor número posible de 
actividades útiles y provechosas que seamos capaces, y hacerlo lo antes posible para prevenir 
se infiltren otras prácticas nocivas que puedan perjudicarnos (como la procrastinación, la 
postergación indefinida del esfuerzo que requiere cambiar). 

 
James explica con ello la plasticidad del sistema nervioso y el cerebro a través de su teoría de 
los 21 días argumentando que cada cambio que aplicamos a nuestra vida produce a su vez 
cambios en el sistema nervioso, lo que afecta al cerebro creando nuevos circuitos neuronales. 
Los circuitos modifican y determinan la forma en la que funciona nuestro cerebro, nuestros 
hábitos; para que podamos crear un nuevo circuito para el nuevo hábito que queramos 
adoptar, debemos trabajar la parte subconsciente de nuestro cerebro, que es donde se 
almacenan nuestros recuerdos, dónde se crea el aprendizaje y, por lo tanto, nuestros hábitos. 
Según Willians James, este proceso dura 21 días, (aunque puede variar un poco en función 
de la persona) porque el cerebro no asimila los cambios de golpe, lo hace de forma gradual, 
es por esto por lo que debemos repetir el mismo gesto durante 21 días para que el cerebro la 
pase a nuestra parte consciente, la convierta en aprendizaje y finalmente la almacene como 
un hábito. Por lo que no hay que desanimarse, hay que tener paciencia. El final del proceso, 
seguramente, merece la pena. 
 
Esta teoría fue demostrada por científicos más tarde aunque matizada en cuanto a su 
duración. No cabe duda de que la repetición influye mucho y es una herramienta básica en 
psicología. En ayuda a la teoría de James, en la década de 1950 también se creía que se 
precisaban de 21 días para crear un hábito porque un célebre cirujano plástico, Maxwell 
Maltz1, advirtió de que les llevaba ese tiempo a los pacientes operados acostumbrarse a su 
nueva apariencia y que en los amputados el síndrome del miembro fantasma2 desaparecía a 
los 21 días. Más recientemente la mayoría de los expertos coinciden en que un hábito se crea 
en 28 días, pero parece que suelen ser escasos para que las neuronas asimilen la mayoría de 
las nuevas costumbres, como se verificó con una investigación sobre el proceso de formación 
de un hábito que en 2009 hizo Phillippa Lally3 y su equipo en el University College de Londres. 
 Si trabajamos nuestros hábitos, los corregimos y adquirimos nuevos, podremos reducir el 
número de movimientos que hacemos al realizar las cosas, las haremos de forma más precisa, 
no tendremos tanta fatiga y reduciremos la atención que debemos poner al hacerlo, porque al 
hacerlo de forma automática no necesitaremos pensarlo. Empezar una nueva rutina, incluir un 
nuevo hábito en nuestra vida es cuestión de tiempo. Solo tenemos que repetir el gesto que 
queramos hacer durante 21 días (o los 66 de la doctora Lally) consecutivos y veremos cómo lo 
haremos sin pensar, sin esfuerzo y sin cansarnos. Por esto, necesitamos ser constantes y no 
abandonar nuestro objetivo en mitad del camino, la recompensa merece la pena. Perder peso, 
estar en forma, dejar de fumar, aprender inglés, hacer deporte, son los hábitos más habituales. 
Pero se pueden aplicar éstos y muchos más en nuestro día a día. Obteniendo así, tanto 
bienestar en tu día a día, como salud laboral.

 

Aprendemos mediante la asociación y memorizamos mediante la repetición. Cuando hacemos 
algo desconocido o asimilamos un conocimiento nuevo nuestras neuronas se agrupan 
químicamente para comunicarse, creando nuevas conexiones entre ellas. Y si repetimos esa 
experiencia nueva a menudo, esas conexiones neuronales se hacen cada vez más fuertes, 
hasta que las neuronas individuales terminan por liberar una sustancia química (unas 
moléculas llamadas neurotrofinas) para fijar esas conexiones, y el hábito estará adquirido. Los 
hábitos como atarse los zapatos, conducir o escribir a máquina son redes neuronales que se 
han hecho automáticas por la repetición física. Las neuronas se reorganizan continuamente 
según nuestros pensamientos y aprendizajes. Entonces podemos reestructurar nuestro 
cerebro simplemente cambiando nuestra forma de pensar o aprendiendo nuevas habilidades. 
Si decidimos elegir un nuevo hábito y estimulamos repetidamente las nuevas conexiones 
neuronales, estaremos creando una mentalidad distinta en nosotros, estaremos instaurando 
una nueva forma de pensar y de experimentar la realidad.

 
Cambiar de hábitos es un trabajo arduo, especialmente si hablamos de los hábitos del 
pensamiento. Los pensamientos que frecuentamos a diario sobre cualquier cuestión se 
convierten en nuestra forma natural de reflexionar, porque demanda bastante menos esfuerzo 
para el cerebro pensar siempre igual sobre la misma cuestión ya aprendida. Al principio 
debemos mentalizarnos del esfuerzo necesario que supone tener que concentrarnos en 
reestructurar nuestros pensamientos automáticos negativos, pero sabiendo que si lo hacemos 
a menudo y de forma constante (sin permitirnos ninguna excepción) nuestras neuronas 
empiezan a relacionarse entre ellas, creando conexiones más dinámicas y entrecruzadas en 
nuestro cerebro para preparar a nuestra mente a que asimile lo que hemos trabajado 
intelectualmente. Así se transmite ese nuevo estado mental a nuestra conciencia. Cuando 
tenemos la firme decisión de que ha llegado el momento de cambiar nuestra forma de pensar, 
por ejemplo de que es necesario dejar de pensar recurrentemente en la vergüenza o en el 
resentimiento que podamos tener hacia otras personas o hacia el mundo, requiere la misma 
fuerza de voluntad que la decisión de dejar de fumar o de empezar a hacer una vida sana 
mediante ejercicio físico y una alimentación saludable.

 
Con o sin confinamiento. Con o sin pandemia. O por ella.

 
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1Maxwell Maltz fue un cirujano plástico estadounidense autor de Psico-Cibernética (1960), sistema de ideas que, según él, podría mejorar la propia imagen para conseguir una vida más exitosa y satisfactoria. El libro fue un éxito de ventas durante mucho tiempo, lo que influyó en muchos autores de autoayuda posteriores, por lo que le considera el precursor de los ahora populares libros de autoayuda .

2El síndrome del miembro fantasma es la percepción de sensaciones de que un miembro amputado todavía está conectado al cuerpo y está funcionando con el resto de este; se solía creer que esto se debía a que el cerebro seguía recibiendo mensajes de los nervios que originalmente llevaban los impulsos desde el miembro perdido. Sin embargo, la explicación más posible hoy en día consiste en que el cerebro sigue teniendo un área dedicada al miembro amputado por lo que el paciente sigue sintiéndolo: ante la ausencia de estímulos de entrada que corrijan el estado del miembro, el área genera por su cuenta las sensaciones que considera coherentes.

3Phillippa Lally es una investigadora de psicología de la salud en el University College de Londres. En un artículo publicado en el European Journal of Social Psychology, se dio a conocer el resultado del estudio de cuando Lally y su equipo decidieron averiguar cuánto tiempo realmente se necesita para formar un hábito. El estudio examinó los hábitos de 96 personas durante un período de 12 semanas. Cada persona eligió un nuevo hábito durante 12 semanas y cada día informó de si o no lo hicieron el comportamiento y la forma automática el comportamiento sentía. En promedio, se tarda más de 2 meses antes de que un nuevo comportamiento se convierte en automático - 66 días para ser exactos. Y el tiempo que tarda un nuevo hábito para formarse puede variar ampliamente dependiendo del comportamiento, la persona y de las circunstancias. Los investigadores también encontraron que "fallar una oportunidad de realizar el comportamiento no afecta materialmente el proceso de formación de hábitos." En otras palabras, no importa si te equivocas de vez en cuando. La construcción de mejores hábitos no es un proceso de todo o nada.

 

domingo, 6 de junio de 2021

Bacarisse, otro republicano olvidado más.


 Murphy existe, ya lo creo que existe y, tal como dicen sus “leyes”, uno lo comprueba cuando pasa lo peor que puede pasar en el peor momento para que pase. Veréis, conservo como oro en paño una pequeña discoteca de discos de vinilo, consciente de que algunos de ellos no se han reeditado en ningún soporte técnico posterior y, muy de vez en cuando, escucho alguno en el tocadiscos/reliquia que también conservo. Pues hace unos días quise escuchar de nuevo una composición de guitarra (la sonoridad de la guitarra es, a mi juicio, en los discos de vinilo, muy diferente, y mejor, a la de otros soportes), en un disco que recuerdo que me trajeron hace años de Andorra unos amigos que fueron de vacaciones, de Bacarisse y, la primera en la frente: el disco se había rayado, y era inescuchable. Busqué, sin prisas en lo que yo creía que sería un simple cambio de formato, alternativas con el resultado final de no encontrar NADA en el mercado de ese compositor (“Baca… ¿qué? ¿Y dice que es un compositor español? Pues no, no tenemos nada de él ni nos consta en catálogo… “). Que no tuvieran en ese momento lo que buscaba, pase, pero que ni figure en catálogo… 

¿Por qué este olvido? ¿Quién fue Bacarisse? Catalogado sin embargo como uno de los compositores españoles imprescindibles del siglo XX, Salvador Bacarisse Chinoria nació, acabando el siglo XIX, el año que España perdió sus últimas colonias, Cuba y Filipinas, en Zaragoza, hijo de padre francés y madre de ascendencia italiana. Estudió en Madrid Derecho y Filosofía y Letras, estudios que simultaneó con los de Música, principalmente de piano y de composición. A la vuelta de su servicio militar en Marruecos, en 1923, ganó el Concurso Nacional de Música con la obra orquestal La nave de Ulises que, sin embargo, fue rechazada por “progresista” por la Orquesta Filarmónica de Madrid (lo que sumió al autor en una crisis creativa por espacio de dos años), y en ese mismo año de 1923 realizó sus primeros estrenos. En 1926 se convirtió en director artístico para los programas musicales de Unión Radio, cargo que desempeñó muy activamente hasta el cierre de la emisora a comienzos de la guerra (in)civil. Allí desarrolló Bacarisse una inmensa labor de difusión de la música con numerosas actuaciones en vivo además de los discos. También en 1926 estrenó su primera obra sinfónica grande, Heraldos. Empieza entonces una amplia labor de creación musical que fue acogida de manera muy controvertida por los públicos y los críticos del momento y, por esa época empezó a formar parte del llamado Grupo de los Ocho1 que fue el núcleo de lo que más tarde se conoció como Generación de la República o Generación Musical del 27, menos conocida que su homónima literaria, pero igual de crucial. 


Tras la proclamación de la Segunda República formó parte de la Junta Nacional de Música y Teatros Líricos. Ese mismo año, 1931, volvió a ganar el Premio Nacional de Música con la pieza titulada Música sinfónica y comenzó una labor como crítico en el diario republicano Crisol y en 1932, en Luz hasta la desaparición de éste en 1934. Desde 1932 comenzó también a actuar como director de orquesta en los conciertos de Unión Radio. En 1934 volvió a obtener el Premio Nacional de Música con Tres movimientos concertantes, considerada una de sus mejores obras. En 1935 viajó a Praga para preparar el Festival Mundial de la Sociedad Internacional de Música Contemporánea que se celebró en Barcelona en 1936 y ese año, ya estallada la sublevación armada, formó parte de la Junta Organizadora de la Enseñanza Musical, organismo que en 1937, y con el Gobierno republicano instalado en Valencia, se convirtió en el Consejo Central de Música, del que será secretario y que, entre otras iniciativas, abordará la creación de la Orquesta Nacional.

 Bacarisse, como se ha apuntado, había estado vinculado al medio radiofónico desde la madrileña Unión Radio durante las décadas de los años 20 y 30. Comprometido con la II República, afiliado al Partido Comunista de España y miembro de la Alianza de Intelectuales Antifascistas2, durante la Guerra Civil Bacarisse se trasladó con el Gobierno de Largo Caballero, primero a Valencia y posteriormente a Barcelona, donde fue delegado del gobierno en asuntos musicales hasta que tuvo que irse de España para salvar su vida. Su hijo, también llamado Salvador, hizo un desgarrador relato de sus últimos días en España, previos a la entrada de Franco en Barcelona: “De allí salimos en enero de 1939, como tantísimos otros españoles, en dirección a Francia. Pero no llegamos a la frontera en el coche en que íbamos. Tuvimos que abandonarlo, con todos los bultos que llevábamos, menos la música, y echar a andar Pirineos arriba en busca de Francia. Sólo pasamos dos noches en la montaña, pero la segunda mi padre y yo nos perdimos y nos hubiéramos helado de frío, si no nos hubieran encontrado, acurrucados el uno junto al otro junto a una roca antes de caer la noche. Pero llegamos a Francia con los manuscritos, unos billetes inservibles de la República y unos cubiertos de plata que vendimos para pagar el tren a París”.


 
De tal modo, la guerra se interpuso de repente en la vida de Bacarisse, llena hasta entonces de satisfacciones profesionales, causando el fraccionamiento irrevocable de su biografía en dos partes completamente diferentes con respecto a su motivaciónpersonal como artística, puesto que al abandonar España pasaba de repente de una minoría privilegiada que, bajo el régimen republicano había disfrutado de la protección oficial, a la masa anónima de exiliados españoles que tenían que luchar a duras penas por sobrevivir en París, cuya población estaba sufriendo todavía hasta 1945 los efectos de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación alemana. La diáspora de talento musical tras el conflicto fratricida, aparte del exilio de Salvador Bacarisse (a Francia), fue lamentable y numerosa: Roberto Gerhard (a Gran Bretaña), Gustavo Pittaluga y Rodolfo Halffter (a México), Manuel de Falla y Julián Bautista (a Argentina), Pau Casals (a Puerto Rico),… Ernesto Halffter y Fernando Remacha, compañeros de generación de Bacarisse, decidieron quedarse en España, lo mismo que Turina o Rodrigo. Viendo la producción de estos compositores a partir de 1940 no es aventurado pensar que Bacarisse, de haber permanecido en España, hubiera optado por seguir la línea compositiva de sus colegas en la que primaba lo popular y nacionalista. Durante su destierro en Francia pudo estar en contacto con las corrientes de vanguardia europea de los años 50 y 60, gracias especialmente a su privilegiado trabajo (retomando su pasión de los años de preguerra por el medio de comunicación) a cargo de las emisiones en español de Radio France de París, desde donde pudo también compartir su magisterio y difundir sus composiciones. 

La penosa situación económica, que en los primeros años de su estancia en París fue una fuente constante de preocupación, por fin se resolvió en octubre de 1945 con su entrada en la sección española de la Radiodiffusion Télévision Française (RTF), que, fundada en 1939 y cerrada durante la ocupación alemana, tras su reapertura serviría de albergue para los refugiados intelectuales del bando republicano, muchos de ellos antiguos amigos y compañeros de Bacarisse de Madrid. Es esta una curiosa concordancia con su existencia anterior que en el exilio de nuevo encontrase trabajo estable en una emisora de radio, el cual desempeñaría hasta su muerte en 1963, aunque realmente la posición de su nuevo empleo como asistente artístico al comprender todo tipo de trabajos redaccionales fue muy inferior a su anterior cargo en Unión Radio de Madrid, previsto de un alto grado de responsabilidad e independencia. Pero a pesar de sentirse frustrado en alguna ocasión, sobre todo ante la reiterada negativa de parte de la dirección de la RTF de ascenderle a la categoría de periodista (profesión con la que solía identificarse), que le fue concedido con un retraso de 17 años, sólo unos meses antes de morir, pudo considerarse dichoso, en comparación con otros exiliados en Francia, por estar integrado, en una época tan transcendental para Europa, en este medio de comunicación que le permitía mantener a diario el contacto con sus raíces y luchar desde el extranjero por la supervivencia de su cultura. Con el recibimiento de los intelectuales españoles, representantes, por lo general, de todos los sectores artísticos, la sección española de la RTF se fue convirtiendo pronto en un importante núcleo de la resistencia española, la que contó con el apoyo incondicional de su director, el hispanista André Camp, ferviente defensor de la cultura hispánica y responsable del histórico espacio radiofónico "Aquí París — Ici Paris", integrado por toda clase de programas informativos y culturales, de los cuales destacan los realizados en lenguas regionales, prohibidos bajo el régimen franquista en España, donde fueron escuchados clandestinamente.


 
Sorprendentemente, ni la guerra (in)civil, que primero ocasionó su desplazamiento a Valencia y Barcelona y luego su traslado definitivo al extranjero, ni los años de posguerra vividos en París donde a raíz de la ocupación alemana se hicieron notar todavía hasta 1945 los efectos de la Segunda Guerra Mundial, lograron apartarle a Bacarisse de la creación musical, puesto que en estos arios tan transcendentales, naturalmente menos productivos que en otras épocas, compuso una serie notable de obras muy variadas que incluye dos óperas. El catálogo de obras de Bacarisse abarca todos los géneros, salvo la música religiosa, y es, con 233 composiciones conocidas, el más abundante de todos los músicos de su generación. A pesar de que su trayectoria artística repartida entre España y Francia guarda proporciones casi iguales, es superior la cantidad de las obras compuestas en el exilio frente a la producción madrileña que con 55 composiciones comprende sólo una cuarta parte del catálogo total. Hasta el momento actual están editadas sólo 25 partituras de las que 17 se publicaron en vida del compositor, frente a los ocho restantes de cuya edición se encargaron sus amigos a la vez que intérpretes. No obstante su escasa difusión en forma de ediciones, la obra de Bacarisse se estrenó casi íntegramente, en lo cual se mostró útil la circunstancia de que, tanto en su época española como francesa, dispusiera a través de sus respectivos empleos en la radio de un medio de comunicación que le permitía divulgar sus composiciones más recientes a un público bastante amplio. 

Tanto la adopción de la guitarra, instrumento español por excelencia, como la habitual utilización de sustancias folklóricas dan muestra de la sucesiva españolización de una parte de la música de Bacarisse, quien en sus años madrileños de formación y maduración artística presumió de la universalidad de su obra, motivada precisamente por la exclusión de cualquier nacionalismo, el cual, en cambio, en el exilio le resultaría imprescindible "para ser verdaderamente internacionalista". Con todo ello se efectúa la paradoja, según reconoció el compositor más tarde, de que, al revés de sus tiempos madrileños, en el exilio francés se convertía en un "músico español": Es precisamente una obra para guitarra la que hasta hoy se mantiene en el repertorio sinfónico internacional (con decenas de versiones, alguna incluso española, en Youtube), el Concertino en la menor para guitarra y orquesta, op. 72a, (cuya escucha íntegra sugerimos3, obviamente en interpretación de Yepes y su guitarra de diez cuerdas), estrenado por empeño personal del guitarrista Narciso Yepes en París en 1953, que debe su éxito particularmente al melancólico y “español” segundo movimiento (que lleva el nombre de "Romanza" (op. 72b), que en 1972 fue editado individualmente para guitarra solo y que tiene reminiscencias del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, de 1940. No obstante, lo más llamativo musicalmente de esta obra es el motivo inicial que encabeza el primer movimiento, puesto que parece ser el "leitmotiv" de Bacarisse en el exilio al determinar en el espacio de diez años, aunque de forma modificada y a veces deformada, la estructura horizontal de numerosas obras pertenecientes a los géneros musicales más diversos.

 Con estos mimbres, el personaje y la obra, ¿olvido? Forzado, oficial y por motivos ideológicos, como tantos otros de ése y otros campos. Sin comentarios.


 


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1El Grupo de los Ocho se presentó oficialmente el 29 de noviembre de 1930 con un concierto en la Residencia de Estudiantes (Madrid). En un manifiesto leído por Gustavo Pittaluga, los ocho jóvenes compositores, de entre 24 y 35 años, se postularon como representantes de la que denominaron “música moderna” española. Su objetivo era continuar con la labor de renovación de la música española iniciada por Manuel de Falla en una comunión de lo estético y las ideas sociales. Los compositores que conformaron el Grupo de los Ocho fueron Ernesto y Rodolfo Halffter, Gustavo Pittaluga, Rosa García Ascot, Salvador Bacarisse, Julián Bautista, Fernando Remacha y Juan José Mantecón. El estallido de la guerra (in)civil en 1936 provocó la disolución del Grupo de los Ocho debido el exilio de la mayoría de los integrantes, que nunca volvieron a reencontrarse.

2A las muestras de protesta contra el fascismo, dadas ante todo en los primeros meses después del levantamiento armado, se suma la firma de Bacarisse en el "Manifiesto de los Intelectuales Antifascistas" del 20 de noviembre de 1936, que, al expresar de forma tan rotunda su rechazo a la violencia desatada por la derecha, supuso una amenaza de represalias infalible, categóricamente puesta en práctica tres meses antes con el fusilamiento de García Lorca. El conocimiento de este escrito y de sus firmantes, que con el anuncio "enardecido y colérico" de su "triunfo decisivo y final" se habían declarado públicamente enemigos del bando adversario, debe considerarse la principal razón por la que, en vista de la victoria inminente de los nacionalistas, Bacarisse tomara la decisión de abandonar su patria, lo cual significaba la pérdida súbita de su hogar y de todas sus pertenencias materiales además de provocar la desintegración definitiva de su familia.

3A modo de guía de audición, este concertino, pieza de grandes rasgos clásicos y románticos, consta de cuatro movimientos:

- Allegro.

- Romanza. Andante

- Scherzo. Allegretto

- Rondò. Allegro ben misurato

El Allegro es de carácter claramente renacentista, la Romanza despliega un nostálgico sentimiento español., el scherzo, muy marcado, nos recuerda los ritmos de Joaquín Rodrigo, y el rondó final se asemeja a una mazurca. El tema principal introducido primero por la orquesta va evolucionando paulatinamente hasta los potentes acordes finales.