En
la vida tienes muchos momentos en los que la tentación de “bajar
los brazos” es enorme; en
unas ocasiones son tus decisiones las que
te derrotan y te hacen muy difícil el seguir luchando, en otras son
las que toman otras personas las que te llevan a meditar seriamente
en rendirte, y también están los grandes cambios sociales y
políticos de tu país en particular o de la Humanidad en general los
que te pueden desmoralizar. No vamos a ser tan ingenuos de hacer de
pseudo-coachers de baratillo y decir que siempre hay que ser
positivos porque cada un@ ha llegado a ese sentimiento después de
seguir su propio camino. Si alguien decide que hasta aquí, que ya ha
dado todo lo que tenía en su interior, no hay recriminación alguna
y hay que agradecerle todo el esfuerzo que ha realizado, pero
(siempre están los peros) permitidme el atrevimiento de una
sugerencia: no hay sólo una batalla en la vida, no hay sólo un
propósito en nuestra existencia, y sí hay cientos de proyectos que
te pueden ilusionar y millones de personas que te pueden ayudar o que
precisan que les eches una mano. En esta vida estamos tan
ensimismados que no tenemos conciencia de la suerte que tenemos hasta
que una desgracia se planta en nuestro camino y nos marca a las
claras que de verdad es importante y que es tontería y debes
levantar la vista de tu ombligo y mirar si a tu alrededor todavía
están todas las personas, familiares y amig@s, que hacen que tu vida
sea mejor. Pues si es así, debes estar agradecido. Miguel Ríos, que
ha sido brecha del panorama musical en muchos aspectos, que ha sabido
adaptarse a cada tiempo y a cada circunstancia con inteligencia y sin
perder nunca la curiosidad, la inquietud y las ganas de aprender,
siendo él a su vez maestro para muchos, nace, ha hecho hace poco 80
años, en Granada en el seno de una familia humilde en el barrio de
La Cartuja (merece la pena incidir en esto de su origen familiar
porque aquí los inicios del rock eran, en buena parte, cosa de gente
con posibles; aquellos que, en una época de economía no muy boyante
y en plena dictadura, podían costearse los instrumentos necesarios
y, a su vez, acceder a la música que llegaba del extranjero a pesar
de los controles de la censura), con 16 años gana un concurso en la
radio local, y con ese reconocimiento consigue convencer a su madre
(su padre había muerto) de que la música es su vocación, así que
marcha a Madrid donde poco a poco se va haciendo un hueco en las
matinales del Price, lugar en el que surgía el embrión del rock
español, donde se codea con lo más vanguardista del momento. Al
principio de la década de los 60 se puso de moda el twist y Miguel
no tuvo reparos en adaptarse a las exigencias del estilo;
prácticamente era su único representante y, de haber más, Mike era
el mejor por ser el más consciente de lo que llevaba entre manos. En
1964 abandona su nombre artístico de Mike Ríos y con él su etapa
del twist, para abrazar con pasión el rock, y va dejando las
adaptaciones de éxitos extranjeros por temas originales. En 1968 se
relanza con canciones tan buenas como Vuelvo a Granada o la
magnífica El Río y su popularidad se convierte en mundial
cuando un año después acepta participar en el proyecto del genial
músico argentino Waldo de los Ríos de poner letra propia a la Oda
a la Alegría de la 9ª Sinfonía de Ludwig van Beethoven a la
que titulan Himno a la Alegría que será número uno en medio
mundo con siete millones de discos vendidos. Los setenta son años de
mucha experimentación tanto en el rock progresivo como en el rock
andaluz con el aplauso de la crítica pero poco respaldo en ventas de
discos. Por eso en 1980 publica Rocanrol Bumerang con temazos como
Santa Lucía que inicia una década de éxitos constantes con
giras apoteósicas como la Rock And Ríos que arrancaba con la
tremenda Bienvenidos o El Rock de Una Noche de Verano
que contará con más de 700.000 espectadores tan sólo en España.
En1987 será el productor y conductor de un programa mítico TVE como
fue Qué Noche la de Aquel Año en la que durante 26 programas
fue repasando uno a uno la música de cada año desde 1962
descubriendo las buenas canciones que se hicieron en esos tiempos y
que se habían ido olvidado. Los noventa son años de reconocimiento
y de giras en compañía de amigos como Ana Belén, Víctor Manuel y
Joan Manuel Serrat. En 1998 se embarca en una revisión de sus éxitos
y sus canciones favoritas con una big band y tres años después
realiza un disco de duetos con grandes amigos como Joaquín Sabina,
Fito Páez, El Tri o Rosendo Desde entonces sigue dando conciertos y
participando esporádicamente en proyectos que le ilusionen. Por
ello, este bagaje, intenso y fructífero, responde positivamente y de
largo a que Miguel Ríos representa, en su propio estilo y como
nadie, la misma leyenda del rock. Para recordarlo hoy, retrocedamos a
1969, tras su etapa “twist”, con el sencillo Contra el
cristal, firmado por Juan Pardo, sentido y emocionado.
Entre
las canciones más populares de los años cuarenta del pasado siglo
se encuentra «Bésame mucho», la canción en español con
más versiones (más de mil distintas) y traducciones (a más de
veinte idiomas) de la historia de la música, la banda sonora del
amor moderno, creada por la desaparecida pianista y compositora
mexicana, de Jalisco, Consuelo Velázquez, a quien también se le
atribuyen algunas canciones que han dado la vuelta al mundo, como
«Verdad amarga», «Que seas feliz» y «Yo no
fui», muchas de las cuales fueron grabadas y popularizadas por
el gran tenor Pedro Infante ya que, como pasó con Bésame mucho,
aunque Velázquez la compuso, quien la popularizó fue él, pese a
que el primero en cantarla fue Emilio Tuero, el cantante mexicano de
origen español conocido como “El Barítono de Argel”, además de
la versión de Chela Campos, “La dama del bastón de cristal”.
Cualquier persona ha escuchado alguna versión de aquella tonada
lenta y apasionada que representa Bésame mucho. Consuelo
Velázquez vivió en una época en la que las relaciones parecían un
vínculo que, en cualquier súbito momento, podía desaparecer, pues
las condiciones políticas y sociales del mundo obligaban a las
parejas a separarse largas épocas, incluso para nunca volverse a
ver. Es por eso que entendió que un amor no podía durar para
siempre, y mucho menos en tiempos de guerra (la Segunda Guerra
Mundial). A pesar de que quizás “Consuelito”(como se le llamaba)
nunca había dado un beso, sabía desde entonces lo que una petición
de ese estilo significaba: “Como si fuera esta noche la última
vez”. Conforme iba siendo conocida, la letra de la canción
resonaba en cada rincón del mundo: desde lugares de Europa, hasta
Asia. A principios de 1950, la canción fue censurada en España por
reclamos conservadores de la Liga de la Decencia del régimen
franquista, quienes consideraban que era inapropiada. El primer
extranjero que cantó su propia versión de la canción fue el
cantante estadounidense Andy Russell pero fue el jazzista Nat “King”
Cole quien tradujo por primera vez en su historia la balada en otro
idioma; una de las versiones que más impresionó al público fue la
de Elvis Presley, pues logró convertirla al rock n’ roll
característico de la época, sin que la canción perdiera su esencia
romántica e inocente. También el cantante Frank Sinatra la grabó,
volviéndola un elegante éxito lleno de erotismo y sensualidad, lo
que, al mismo tiempo, tenía la marca del intérprete de Fly me to
the moon. Sin embargo, la versión más controversial fue la del
grupo The Beatles, quienes sin duda convirtieron Bésame mucho
en un arrollador éxito en Inglaterra. La primera vez que la tocaron
fue en el famoso recinto The Cavern Club en Liverpool, y desde
entonces en varios de sus shows empezaban cantando esa canción.
Cuando The Beatles hicieron su versión en inglés, el tema adquirió
total visibilidad y se convirtió en una de las canciones más
famosas de la historia. Incluso se llegó a decir que Bésame
mucho fue la inspiración total del quinteto de Liverpool para
componer su nostálgica y maravillosa canción Yesterday, pues
la estructura armónica de bolero de la balada influyó mucho en Paul
McCartney y John Lennon. Posteriormente tendría versiones de Il
Divo, Plácido Domingo, Pérez Prado, Sara Montiel, Thalía, Andrea
Bocelli, Michael Bublé y Luis Miguel, además de grupos como Los
Panchos, entre muchos otros. Se trata además de una canción que se
usado como banda sonora de muchísimas películas y series, formando
parte de la expresión artística mundial durante años por su
facilidad para adaptarse a muchos estilos: Los tres caballeros, Let it be, La pistola desnuda, Grandes
esperanzas, A toda máquina, Sueños de Arizona,
In the mood for love, La sonrisa de la Mona Lisa, Juno
y Coco, por destacar tan sólo algunas de ellas. No sólo
fue un himno sensual y erótico al amor joven, sino también un antes
y un después en la música, debido a su estructura. La balada
retrata la forma tan característica de aferrarse a las relaciones
fugaces pero intensas, que han sido comunes desde el siglo pasado. Y
colorín colorado… Fue así como Bésame mucho se convirtió
en “El Estándar de Oro” de la música romántica.
Giacomo
Antonio Domenico Michele Secondo Maria Puccini (1858 - 1924), más
conocido simplemente como Giacomo Puccini, fue un compositor italiano
de ópera, considerado entre los más grandes, visionario, creador de
los conceptos de música que regirían el cine durante el siglo XX,
se le considera el sucesor de Giuseppe Verdi y algunas de sus
melodías forman parte hoy día de la cultura popular. Nacido unos
años antes de la Unificación de Italia y muerto cuando el régimen
fascista estaba despegando rápidamente, Giacomo Puccini vivió
conscientemente un período histórico muy agitado del que a veces
daba en sus obras pistas extremadamente significativas como en su
celebrada Tosca: el hecho histórico que sirve de escenario a
la obra de Sardou en la que se basó el libreto sucedió a finales
del siglo XVIII, cuando Napoleón entró por el norte tras derrotar
al ejercito austriaco, llevando las ideas de la Revolución Francesa
e instaurando la república. Este influjo se desparramó por todo el
país, llegando a instalar la república hasta en los estados
pontificios. Cuando Napoléon abandonó Italia para ir a Egipto, se
disolvieron las repúblicas y se restauraron las monarquías, con la
consecuente persecución de los republicanos; más tarde, Napoleón
regresa a Francia y vuelve a invadir Italia en la batalla de Marengo,
venciendo. Sin embargo, un bulo extendió la noticia de que el
vencido fue Napoleón, hasta que al día siguiente quedó clara la
derrota de los austriacos. En ese contexto, el
día de la batalla , el republicano Angelotti se escapa de la cárcel
del Castillo de Sant’Angelo en Roma, y se esconde en una iglesia,
donde su amigo, Mario Cavaradossi, pintor republicano y simpatizante
de las ideas liberales, trabaja
pintando una Maddalena que simboliza a su amante, una cantante,
Floria Tosca, la cual también aparece en el templo. El
barón Scarpia, jefe de la policía
borbónica, prende a Mario y le tortura para saber dónde esconde a
su amigo. Tosca intenta engañar a Scarpia para salvar a su amado,
proponiendo fingir el fusilamiento de Mario, y así se salva el honor
de Scarpia. Éste firma un salvoconducto para que el pintor pueda
salir ileso. Tosca mata a Scarpia mientras lo seduce y corre en busca
de Mario para advertirle de la farsa de su ejecución, pero las armas
del pelotón son cargadas con balas verdaderas y Mario muere. Tosca
se arroja desde el Castillo de Sant’Angelo al vacío. Los
afanes liberales y revolucionarios enfrentados al incipiente estado
moderno totalitario, pugnas políticas y pasiones desatadas. Dos
amantes, Tosca y Cavaradossi, frente al siniestro Scarpia. Existen
pocas óperas tan voluptuosamente dramáticas como Tosca. Giacomo
Puccini concentra la tragedia verista en Roma en un fulgurante tiempo
narrativo que multiplica vértigo dramático. La ópera en tres actos
se estrenó en un ambiente político tenso, surgiendo movimientos
anarquistas en contra de la monarquía o los secesionistas. Roma
además de reflejar esta tensión, tenía al Vaticano en contra de la
creación del nuevo Reino de Italia. Al estreno acudieron grandes
personalidades políticas, provocándose algunas amenazas de
atentados que terminaron quedándose en algunas voces discordantes al
inicio de la representación, permitiendo que se representara la obra
sin ningún problema. En España se estrenó en el Gran Teatro del
Liceo de Barcelona solo unos meses después de su estreno mundial en
Roma; fue muy bien recibida por el público y la crítica, y
rápidamente se convirtió en una de las óperas más populares del
repertorio del teatro. En la actualidad, es una de las óperas más
famosas del compositor. La obra es célebre –claro- por su
impresionante música: desde el desgarrado vissi d’arte
hasta la despedida de la vida y del amor que es e lucevan le
stelle, que hoy aquí recordamos (si queréis prescindir de la
actuación previa de Josep Carreras, seleccionad a partir del minuto
3:48, que comienza con un melancólico y desolado solo de clarinete
mientras despunta el amanecer; Cavaradossi evoca los momentos íntimos
vividos con su amante, la diva Floria Tosca, entona el aria en su
estancia como prisionero en el Castillo Sant'Angelo (Roma), las
estrellas se disipan lentamente y en breves momentos el carcelero lo
llama para su inminente ejecución), pasando por la bellísima
recondita armonia y el espectacular Te Deum con el que
se cierra el primer acto.
Si
me preguntarais cuál es, en mi opinión, la mejor película de la
historia del cine debería deciros francamente
que no tengo ni puñetera idea, en
parte, porque no tengo los conocimientos, ni el bagaje, ni la osadía
necesaria para atreverme a contestar una pregunta tan peliaguda como
esta. Otra cosa es la que me
gusta; por eso, si me
preguntarais en cambio cuál es mi peli favorita, creo que no me
equivocaría en absoluto si os dijera que se trata, sin lugar a
dudas, de “C'era una volta
il West” (lo que
pretendía realmente Leone con su título original era darle a la
obra un tono de cuento de hadas pero
en España se estrenó con la folletinesca denominación de Hasta
que llegó su hora), de
Sergio Leone. De razones, naturalmente, tengo muchas. Pero si me
permitís resumirlo en una sola os diré que “C'era
una volta il West” es
quizás la única peli que conozco que podría estar viendo una y
otra vez sin cansarme nunca de hacerlo y
descubriendo cosas nuevas cada vez.
Y, ojo, que os lo está diciendo alguien
que no suele repetir muchos
visionados, con lo que os puedo garantizar que esta inusual obsesión
de la que hablo es absolutamente excepcional y extraordinaria. Casi 3
horas del mejor spaghetti western; con la violenta receta escrita por
Bernardo Bertolucci y Dario Argento, Sergio Leone cocina una venganza
a fuego muy lento bajo el ardiente sol del desierto americano. Tras
un hipnótico comienzo alargado hasta la genialidad, en la memoria
queda la forma en la que el director exprime el tiempo para conseguir
tensión, un maravilloso malvado malo
malísimo Henry Fonda, la banda
sonora inolvidable de Morricone y, por supuesto... ¡Claudia! Nunca
el sudor fue tan erótico. Es una película que recompensa a los ojos
y los oídos sin tener demasiado en cuenta el corazón y la cabeza
que en
sólo los primeros 10 minutos sería reconocida como una de la
grandes aportaciones
del género. Hace ya
cincuenta y seis
años los espectadores esperaban ver un entretenimiento de tiros y
aventuras en el salvaje Oeste, de malvados y héroes de una sola
pieza con los que identificarse y
lo que encontraron fue al
buenazo de Henry Fonda, con sus ojos azules que habían puesto brillo
a tantos personajes ejemplares y honestos, haciendo de villano. En
los años sesenta los spaghetti westerns, especialmente los de Sergio
Leone, eran muy populares en Europa y su influencia permanece todavía
entre los cineastas norteamericanos. Aquí mismo, en los cines
españoles, La muerte tenía
un precio vendió 5,5
millones de entradas (y aún hoy
es la quinta película con participación española más vista, por
número de espectadores).
Sergio
Leone era un apasionado del western y esta vez se prendó más que
nunca de su historia, y se encaprichó de los personajes. Del bandido
«Cheyenne» movido por el dinero pero también abierto a actuar por
altruismo hacia aquellos que respeta (perfecto Jason Robards), del
hombre que busca venganza llamado «Armónica» (Charles Bronson y su
inolvidable mirada pese a sus ojos pequeños), la prostituta de un
burdel de Nueva Orleans decidida a asentarse en un hogar, Jill (una
Claudia Cardinale mejor que nunca), y naturalmente Frank, el
pistolero y asesino frío y sin escrúpulos que Henry Fonda
convirtió, contra todo pronóstico, en uno de los villanos más
memorables de la historia del cine. Hasta que llegó su hora
cuenta la historia de Brett McBain, un granjero viudo que vive con
sus hijos en la zona pobre del Oeste americano. Ha preparado una
fiesta de bienvenida para Jill, su futura esposa, pero cuando ésta
llega descubre que McBain y sus hijos han sido asesinados. Quentin
Tarantino no ha ocultado nunca su veneración por las historias de
Sergio Leone, pero además al club de fans de esta película se suman
Martin Scorsese, George Lucas y Steven Spielberg. Por su parte los
hermanos Coen han declarado que esta película es "el mejor
western de la historia". La película es un relato situado en
los tiempos de la construcción del ferrocarril, de los que ejercen
la violencia en contraste con los que desean establecerse en paz, de
la llegada de la civilización y progreso versus salvaje Oeste. Una
historia de hombres que ya no tienen sitio en ese nuevo orden, y con
una gran relevancia del personaje femenino, Jill, representando la
supervivencia y el futuro. Y, por encima de todo, la película de un
hombre enamorado del western y de paso logrando que muchos
espectadores también cayéramos en sus redes, rendidos, fascinados.
Leone había logrado definitivamente su obra maestra. El cine de
Leone es un cine de rostros. Recordamos ese alud de preciosos
primeros planos en la tensión de un duelo. Palpamos en el aire
cortado de su montaje ese talento. Pero es un cine de muchos rostros.
Rostros de personajes que saben que van a morir o que pueden hacerlo,
rostros asesinos y rostros fallecidos, rostros de añoranza y de
ensueño, rostros que se han ido y rostros que vuelven, rostros que
nunca querríamos que se fueran y que se pierden, sin embargo,
rostros de ojos verdes y rostros manchados de vida.
Esta
es una historia de gente al borde de la muerte. Leone mandó a Ennio
Morricone componer la banda sonora antes de rodar la película, por
eso es tan especial y sinfónica en todos sus planos, montaje,
interpretaciones: la música sonaba ya durante el rodaje. Y era de
nuevo un western duro y polvoriento, plagado de tensión, violencia y
muerte; solo que esta vez el tiempo de la narración se dilataba más.
Había más silencios, mayor número de primeros planos de rostros y
se recreaba más en tensas esperando que algo ocurriera, lo
inevitable. Había todo esto, y la banda sonora de Ennio Morricore,
una de las mejores que haya creado, y una fabulosa mezcla de
brutalidad y barbarie, de codicia y desprecio por la vida ajena
mezclada con un arrebatador lirismo y humanidad. Hasta que
llegó su hora no es un spaghetti western: Sergio Leone se fue
hasta Monument Valley para rodarla, cambiando su habitual Almería
(donde rodó algunas escenas, pero sin el peso que tuvo antaño) por
el paisaje habitual del mismísimo John Ford. Tanto los últimos
westerns como los últimos musicales - All that Jazz de Bob
Fosse - tenían en común una cosa: conscientes de ser anacronismos
de un género ya olvidado (pues ambos florecieron en los treinta,
cuarenta y cincuenta), hacían de tal cosa, la nostalgia, una
vestimenta de sus relatos. Los parajes de Almería que albergaron
buena parte de los rodajes, las inconfundibles melodías de Ennio
Morricone, etc.,formaron parte de ese imaginario. Sergio Leone mandó
construir un espectacular poblado en el desierto de Tabernas
(Almería) donde pasaron varias semanas Henry Fonda, Claudia
Cardinale, Charles Bronson y sus familias, que les acompañaron
durante el rodaje (las fotos de los títulos de créditos finales
dejan constancia de ello). El director pudo permitirse algunos
caprichos, como construir un tramo de vías por el que circularía un
tren de vapor que tuvo que ser transportado en camiones hasta allí,
ya que los raíles no comunicaban verdaderamente con ningún lugar.
Todo el decorado fue creado en un terreno que abarca 85.000 metros
cuadrados y en el que construyó una cantina, la oficina del
telégrafo, una pequeña iglesia con campanario o la oficina del
sheriff, todo ello todavía en pie. Además, a lo largo de los años
el escenario se ha utilizado para películas como 'Patton',
'Conan el Bárbaro' o 'Indiana Jones y la última cruzada'.
En esta localización, aunque no exactamente en las edificaciones que
hoy se conservan (y están en venta), rodó Leone también 'Por un
puñado de dólares', 'La muerte tenía un precio' y 'El
bueno, el feo y el malo'.
Corre
la leyenda de que uno de los primeros propósitos de Sergio Leone fue
el de reunir de nuevo los tres antiguos protagonistas, Clint
Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach, para cargárselos a todos
ellos en el duelo con el que finalizaba la larguísima
secuencia-prólogo (14 minutos nada menos) que abría la película.
Una litúrgica y a la vez sarcástica manera de certificar la
defunción del viejo y agónico spaghetti-western para dar paso a una
nueva concepción del western mucho más psicológica, trascendental
y moderna. Van Cleef y Wallach aceptaron de buen grado la propuesta
del cineasta pero al parecer Eastwood (con quien Leone no había
terminado muy bien), la declinó rotundamente, circunstancia que
obligó al romano a apostar por Jack Elam, Woody Strode (uno de los
actores fetiche de John Ford) y Al Mulock, que se suicidó durante el
rodaje, tres secundarios de lujo que simbolizaron no sólo aquella
pretendida despedida sino, ya por extensión, de todo el género
cinematográfico. Como ya hemos mencionado, la primera secuencia
constituye, probablemente, la sucesión de títulos de crédito más
larga de la historia del cine; una sucesión que comienza con la
llegada de tres pistoleros en una polvorienta y solitaria estación
de tren donde todos ellos se dedicarán a esperar, imperturbable y
pacientemente, la fantasmagórica aparición de Armónica (Charles
Bronson). Lo que resulta del todo curioso en un auténtico paradigma
de la música es que toda esta secuencia esté construida sobre la
base del sonido ambiente, y es que aunque parezca mentira, en esta
larga escena nadie habla, no suena ningún acompañamiento musical
(dicen que Leone se inspiró en un concierto de John Cage) y lo único
que puede escuchar el espectador es el ruido producido por un molino
mal engrasado, por la gota malaya que va cayendo implacablemente
sobre el sombrero de Stony (Woody Strode), por el zumbido de la mosca
cojonera que no para de incordiar a Snaky (Jack Elam), por el
espeluznante crujir de huesos de Knuckles (Al Mulock) y, obviamente,
por la ensordecedora y estridente llegada del ferrocarril a la
estación. Naturalmente, nos encontramos ante una auténtica
declaración de principios. Básicamente porque aunque todo el mundo
sabe que la dilatación del tiempo constituye uno de los rasgos
fundamentales del cine de Leone, lo que resulta del todo innegable es
que la utilización de este recurso en esta secuencia concreta está
llevada al extremo, donde nunca nadie se había atrevido. Y es que
precisamente esta imperturbable y premeditada parsimonia -unida, por
supuesto, a la mencionada sucesión de molestos sonidos- es la que
produce en el espectador una sensación de angustia, de desazón, de
impaciencia, casi insoportable. Una sensación que va creciendo en
intensidad, progresivamente, y que llega a su punto culminante con el
premonitorio sonido de una armónica. La que advierte a los tres
pistoleros de la irrupción en escena de nuestro homónimo
protagonista cuando el tren vuelve a arrancar y desaparece
definitivamente del andén; emplazamiento en el que se producirá un
enfrentamiento que durará pocos segundos y que irá precedido -como
no- de un diálogo tan lacónico como conciso.
El
necesario contrapunto a toda esta palpitante tensión que podemos
observar entre el tres vértices de este imponente triángulo
protagonista (Armónica - Charles Bronson, Frank - Henry Fonda y Jill
- Claudia Cardinale) es el que, naturalmente, personifica Cheyenne,
el personaje interpretado magistralmente por Jason Robards, en el que
muchos dicen que es el mejor papel de su carrera. El último
bandolero romántico. Un pistolero que, aunque se resiste, sabe
perfectamente (como Frank o Armónica) que la llegada del ferrocarril
supone la llegada del progreso y la civilización y -por tanto- el
fin de una época y de una filosofía de vida muy, muy arraigadas en
ese territorio. Para acentuar aún más los rasgos fundamentales del
cuarteto protagonista, Ennio Morricone compuso un tema para cada uno
de ellos, una especie de leitmotiv que suena cada vez que uno de
ellos aparece en escena (con ligeras variaciones, por supuesto) y
que, como ya era habitual en la sociedad Leone & Morricone, no
sólo enriquece las imágenes sino que marca el tempo y sincroniza a
la perfección con todo lo que estamos viendo. De todos los
personajes de la película, el más sorprendente es, sin lugar a
dudas, el interpretado por Claudia Cardinale. Y lo es porque nunca,
hasta ese momento, una mujer -o una actriz, vaya- había tenido un
peso tan específico en una peli de Sergio Leone. No solo porque
hablamos de un personaje complejo sino porque la bellísima Jill
constituye el nexo común de todos los demás personajes y, por
extensión, de todo el universo del western de Leone. Y es que, por
decirlo de alguna manera, la Jill McBain personifica simbólicamente
a todas las mujeres de un tiempo y de un país: la Norteamérica de
la segunda mitad del s. XIX. Desde la puta más puta de todas las
putas hasta la madre o madonna más virginal de todas las vírgenes
del far west, atribuciones, todas ellas, que muy parecen corresponder
a dos de los responsables más importantes del guión de la peli:
nada más ni nada menos que Darío Argento y Bernardo Bertolucci.
El
final de la película es fabuloso. Armonica y Jill han cimentado su
preciosa historia de amor en la vida (cuando oigas este ruido,
agáchate, le ha aconsejado él a ella) y son ambos quienes
sobreviven. Pero no existe una vida común; ella, rodeada ahora de
trabajadores en el terreno de su fallecido marido, es el siglo veinte
que se pone en marcha, un mundo bajo el cual auspiciar un lugar
idílico; él, habiendo cumplido su labor, se marcha. "Él no
es el hombre adecuado" le ha dicho Cheyenne a Jill. "Pero
me da igual" ha dicho ella. Está naturalmente equivocado.
Los personajes no tienen tiempo; tiempo para cambiar, tiempo nuevo
para olvidar, tiempo para otra cosa que no sea sobrevivir. No les
queda tiempo, y con todo, hay quienes sobreviven, siguen. He visto ya
varias veces esta película, donde están las típicas cosas que
indican preferencia - la actriz, la banda sonora, la dirección -
pero luego otras que juzgo inmensamente hermosas en un film como que
Armonica salve al hombre que matará luego, Frank, cuando otros le
traicionan y quieren matarle sin más. "Lo has protegido"
le reprocha Jill y Armonica responde: "No. No le he dejado
morir". La peli no consiguió al principio el éxito de
crítica y público que se merecía, pero, años después,
afortunadamente, la reivindicación pública de cineastas como Martin
Scorsese, Michael Cimino o George Lucas contribuyó, ya de forma
definitiva, a adjudicarle a “C'era una volta il West” su
status natural: el de obra maestra
Muchos
de los grandes éxitos de la música popular tienen una historia
curiosa y no del todo conocida. Es el caso de “More Than a
Feeling” (Más que un sentimiento), un hit rotundo de
los años 70 que aún hoy suena. La letra de la canción habla de los
viejos clásicos de la radio, de la emoción y los estímulos para
volar con la imaginación que producen. Y fue el mayor hit de la
carrera de Boston, un proyecto musical con muchas peculiaridades. Un
buen día, un joven y desconocido ingeniero por el prestigioso MIT
(Instituto tecnológico de Massachusetts) grabó con espíritu
amateur un puñado de canciones en el sótano de su casa que unos
meses después se convirtió en el álbum de debut más exitoso de
todos los tiempos. El súbito salto desde el anonimato a vender más
de diecisiete millones de discos se produjo gracias a una canción:
More than a feeling, que algunos consideramos una de las
mejores grabaciones del siglo XX. De repente, un grupo —hasta
entonces virtualmente inexistente— llamado Boston estaba en la boca
de todo el mundo. Boston fue esencialmente el vehículo expresivo de
un personaje especial, Tom Scholz, hoy retirado, con no buenos
recuerdos de su relación con las compañías discográficas: “El
negocio de la música podría ser algo bueno, pero está dominado por
drogadictos y estafadores”. Boston ni siquiera existían como
un verdadero grupo y se parecían más al juguete del brillante,
perfeccionista y maniático Tom Scholz, que se pasaba horas y horas
encerrado en el sótano de su casa grabando y retocando pista tras
pista sin saber que de repente una de aquellas canciones iban a
sacudir la industria musical. Su lentitud a la hora de publicar nuevo
material se hizo legendaria: pese al enorme éxito que tenía cada
uno de los trabajos de Boston, únicamente han publicado cinco
álbumes en más de treinta años de carrera, convirtiéndolos en la
banda consagrada y de larga vida con más escasa producción de todos
los tiempos. Un disco de Boston llegó a ser como un cometa o como
las naves espaciales que adornaban sus carpetas: una rareza, una
anomalía que únicamente cruzaba los cielos de tarde en tarde.
Mientras tanto, Scholz ha usado su fortuna para poner en marcha
diversos programas humanitarios y ha empleado su tiempo en tareas de
lo más diverso mientras millones de fans de Boston aguardaban
pacientemente cada nuevo disco, que nunca sabían cuándo iba a salir
a la calle o siquiera si iba a publicarse alguna vez. Por otra parte,
el suicidio del vocalista Brad Delp arrojó oscuras sombras sobre la
historia del grupo, cuando no pocas personas del entorno del cantante
(y algunos antiguos miembros de Boston) parecieron achacar parte de
la responsabilidad de la tragedia a la actitud autoritaria y egoísta
de Scholz. (la trágica desaparición de Delp sirvió para airear los
trapos sucios en el seno de Boston; Brad Delp era conocido por su
carácter afable y cortés, nunca tenía una mala palabra para nadie,
pero tampoco había sido capaz de hacerle frente al líder de Boston,
llevaba un tiempo deprimido y se había quejado en su círculo íntimo
sobre lo mucho que le agobiaba la actitud depredadora y dictatorial
de Tom Scholz). Con el paso de los años hubo más versiones del
tema, pero esa misma canción que hizo crecer la fama internacional
de Boston y la cuenta bancaria de Scholz también le provocó un
dolor de cabeza a su obstinado compositor. Boston vendía tantos
discos como otros pesos pesados de la industria (Pink Floyd, Led
Zeppelin, Eagles, Aerosmith, Van Halen) sin necesidad de acumular
tantos conciertos como esas bandas. Para Scholz, quien manejaba todos
los hilos de Boston sin prestarle demasiada atención a nadie, cada
show era un acontecimiento que había que preparar con mucho tiempo
de anticipación, lo mismo que los discos.
«As
Time Goes By» (en
castellano se conoce este tema con el nombre «A
medida que pasa el tiempo»)
es una
canción destacada de los años 40 del
pasado siglo, compuesta por
Herman Hupfeld para la obra de Broadway «Everybody’s
Welcome», aunque
se hizo sumamente popular
gracias a
la película «Casablanca»
(1942, Michael Curtiz),
en la que es interpretada por Dooley Wilson. Y es no sólo la escena
más relevante de la película, sino uno de los momentos icónicos en
la historia del cine. En una
mítica secuencia de la no menos mítica película en la que Dooley
Wilson (Sam), a instancias de Ingrid Bergman (Ilsa Lund), interpreta
al piano (doblado por Elliot Carpenter) “As
Time Goes By” –al
tiempo que canta “Debes
recordar esto / un beso es solo un beso, un suspiro es solo un
suspiro. / Las cosas fundamentales suceden / mientras pasa el
tiempo”– hasta que son
interrumpidos por Humphrey Bogart (Rick Blaine), lanzó a la fama
internacionalmente esta hermosa canción que, no obstante, ya llevaba
unos cuantos años estrenada,
que en su momento no pasó
desapercibida y que aparece en algunas de las películas más
importantes de la Warner Bros
para escenas en las que se deja en evidencia el amor de una pareja.
De este modo, ha sido usada para representar los estrechos lazos de
algunas parejas significativas de nuestra cultura; tales como
«Superman y Lois Lane», «Pedro Picapiedra y Vilma Picapiedra» y
«Gwen Tennyson y Kevin Levin», por mencionar tan sólo algunas de
ellas. Numerosos músicos instrumentistas y cantantes de todos los
géneros la han incorporado a su repertorio y grabado desde entonces,
incluyendo a Billie Holiday, Petula Clark, Bing Crosby, Perry Como,
Frank Sinatra, Louis Armstrong, Carly Simon, Tony Bennett, Arielle
Dombasle, Julie London, Rod Stewart, Chet Baker, Gal Costa, Andy
Williams, Barbra Streisand y un largo etcétera. El 1 de abril de
1944, Billie Holiday grabó “As
Time Goes By”
reescribiendo la melodía como solamente ella sabía hacerlo y la
canción pasó de ser un tema popular para convertirse en uno de
jazz. Hablemos un poco de la
película: más
que una película podemos considerarla un mito de la cultura popular,
una de las cintas que mejor representan el cine clásico de
Hollywood; quizá
por ello es la película que más veces se ha emitido en televisión
e incluso los que no la han visto nunca saben cosas de ella: conocen
a sus personajes, algunos de sus famosos diálogos y, desde luego,
identifican al instante su famoso tema musical, “As
time goes by”, una
canción que es el eje central en torno al cual gira toda su banda
sonora, pero el
desconcierto en el plató fue monumental, al punto de que el director
– que ya llevaba rodadas bastantes escenas – desconocía cuál
iba a ser el final de la película y si Ilsa
(Ingrid Berman) iba a quedarse con su marido, Victor (Paul Henreid) o
a elegir al hombre del que estaba enamorada, Rick (Humphrey Bogart).
Cuando parecía que la película no iba llegar a un buen fin, se
puso
un poco de orden en el desbarajuste y el film pudo terminarse. Cuando
lo visionó el productor
no quedó muy satisfecho del
final y fue él quien añadió la frase: “Creo
que este es el principio de una buena amistad”.
En la autobiografía de Ingrid Bergman, titulada My
Story podemos leer: “El
guion cambiaba en cada momento y rodábamos a diario como si
partiésemos de cero. Nos entregaban los diálogos y los estudiábamos
para ver si les encontrábamos algún sentido. No sabíamos cuál iba
a ser el final, ni siquiera dónde estábamos y todo ello no ayudaba
a dar verosimilitud a nuestros respectivos personajes. Yo le
preguntaba al director
de quién estaba realmente enamorada y me mandaba a paseo diciéndome
que me olvidara y que actuase”.
Curiosamente Casablanca se estrenó en Los Ángeles el 23 de enero de
1943, el mismo día en que Roosevelt, Stalin y Churchill celebraban
una histórica reunión para planear la invasión de Europa. Y ¿dónde
tuvo lugar la cumbre? Pues en la en la ciudad marroquí de
Casablanca. La banda sonora de la película no estuvo tampoco
en absoluto exenta de
problemas. Cuando la Warner Bros compró los derechos, en ellos
estaba incluida la canción “As
Time Goes By” y
cuando el
productor la escuchó por
primera vez se quedó enamorado de ella y decidió en ese instante
que se convertiría en el hilo conductor musical de la película. En
el ranking elaborado por The American Film Institute, sobre todas las
películas rodadas en el siglo XX, la primera que aparece es
Ciudadano Kane (1941) seguida por Casablanca (1942). El mismo
“Instituto”, y en un especial de la televisión CBS en 2004,
eligió las 100 mejores canciones que, según su criterio, formaron
parte de las bandas sonoras de las películas rodadas en el siglo XX.
“As time goes by”
consiguió un más que honroso segundo puesto. Solo le ganó Over
the rainbow de la película
El Mago de Oz (1939).
Lo que Sam le canta a Ilsa
viene a decir lo siguiente:
Debes
recordar esto
Un
beso es sencillamente un beso
Un
suspiro es sencillamente un suspiro
Mientras
el tiempo pasa
Y
cuando dos amantes se cortejan
Siguen
diciendo “te quiero”
Puedes
estar seguro de eso
No
importa lo que traiga el futuro
Mientras
el tiempo pasa
La
luz de la luna y las canciones de amor
Nunca
pasan de moda
Corazones
que están llenos de pasión
Celos
y odio
La
mujer necesita al hombre y el hombre debe tener su pareja
Hace
algunos años, a muchos de nosotros (y nosotras) nos tocó avanzar
muy orondos por la nave central de la iglesia, del brazo de nuestra
pareja para toda la vida. Caminábamos a paso lento, dichosos, al
compás de una melodía muy hermosa que se conoce con el nombre de
Ave María de Schubert, uno de los tantos Ave María
compuestos por diversos autores en el transcurso de muchos años. Es
el más popular, desde luego, y de ahí que con toda seguridad haya
sido el que escuchamos en la oportunidad referida, saludando a
nuestro paso a amigos y familiares con nuestra mejor sonrisa, porque
éramos felices. Pero hay un autor que compuso la mitad de un Ave
María sin proponérselo. Para ser justos, compuso bastante más que
la mitad: era el año 1722 y Juan Sebastián Bach comenzaba a
escribir su máxima obra pedagógica y sistemática para clave: El
clave bien temperado, que consta de 24 preludios y fugas, para
las doce tonalidades mayores y las doce menores. La obra, de enorme
trascendencia, contribuyó a imponer ni más ni menos que la división
de la octava en doce medios tonos cromáticos iguales, lo cual
permitió desarrollar hasta el límite el mecanismo de las
modulaciones, es decir, el paso comedido de una tonalidad a otra, en
la misma pieza. Pues bien, por la década de 1850, el autor de, entre
otras, de la ópera Fausto, el respetado compositor francés
Charles François Gounod (1818-1893), encontrábase disfrutando de su
propia interpretación del primer preludio impresionado por la
belleza de la música de Bach cuando repentinamente la musa le golpeó
con delicadeza un hombro y le enseñó una melodía que él denominó
al instante "Meditación sobre el Preludio N° 1 de Bach"
y, al poco rato, se le ocurrió que la antiquísima oración en latín
llamada precisamente Ave María, le venía a su bella melodía como
anillo al dedo. Es lo que hoy conocemos como el Ave María de
Bach-Gounod, algo menos popular que el de Schubert, pero tanto o
más hermoso, de forma que, junto a él, el Ave María de
Bach-Gounod se ha convertido en un fijo en las misas de bodas,
funerales y fiestas de quince años. La versión resultante del Ave
Maria de Gounod ha sido interpretada por innumerables violinistas
y voces a lo largo de los años, convirtiéndose en un verdadero
clásico de la música académica. El violín es el instrumento
perfecto para interpretarlo porque su tono cálido y expresivo se
adapta maravillosamente a la melodía melódica y emotiva de la
pieza. Los violinistas pueden aprovechar al máximo las dinámicas y
los matices de la composición, creando así una interpretación
única y conmovedora. En general, la interpretación del Ave Maria de
Gounod en el violín es un desafío que vale la pena para cualquier
músico apasionado.