viernes, 12 de julio de 2024

Un viejo rockero.



 

En la vida tienes muchos momentos en los que la tentación de “bajar los brazos” es enorme; en

unas ocasiones son tus decisiones las que te derrotan y te hacen muy difícil el seguir luchando, en otras son las que toman otras personas las que te llevan a meditar seriamente en rendirte, y también están los grandes cambios sociales y políticos de tu país en particular o de la Humanidad en general los que te pueden desmoralizar. No vamos a ser tan ingenuos de hacer de pseudo-coachers de baratillo y decir que siempre hay que ser positivos porque cada un@ ha llegado a ese sentimiento después de seguir su propio camino. Si alguien decide que hasta aquí, que ya ha dado todo lo que tenía en su interior, no hay recriminación alguna y hay que agradecerle todo el esfuerzo que ha realizado, pero (siempre están los peros) permitidme el atrevimiento de una sugerencia: no hay sólo una batalla en la vida, no hay sólo un propósito en nuestra existencia, y sí hay cientos de proyectos que te pueden ilusionar y millones de personas que te pueden ayudar o que precisan que les eches una mano. En esta vida estamos tan ensimismados que no tenemos conciencia de la suerte que tenemos hasta que una desgracia se planta en nuestro camino y nos marca a las claras que de verdad es importante y que es tontería y debes levantar la vista de tu ombligo y mirar si a tu alrededor todavía están todas las personas, familiares y amig@s, que hacen que tu vida sea mejor. Pues si es así, debes estar agradecido. Miguel Ríos, que ha sido brecha del panorama musical en muchos aspectos, que ha sabido adaptarse a cada tiempo y a cada circunstancia con inteligencia y sin perder nunca la curiosidad, la inquietud y las ganas de aprender, siendo él a su vez maestro para muchos, nace, ha hecho hace poco 80 años, en Granada en el seno de una familia humilde en el barrio de La Cartuja (merece la pena incidir en esto de su origen familiar porque aquí los inicios del rock eran, en buena parte, cosa de gente con posibles; aquellos que, en una época de economía no muy boyante y en plena dictadura, podían costearse los instrumentos necesarios y, a su vez, acceder a la música que llegaba del extranjero a pesar de los controles de la censura), con 16 años gana un concurso en la radio local, y con ese reconocimiento consigue convencer a su madre (su padre había muerto) de que la música es su vocación, así que marcha a Madrid donde poco a poco se va haciendo un hueco en las matinales del Price, lugar en el que surgía el embrión del rock español, donde se codea con lo más vanguardista del momento. Al principio de la década de los 60 se puso de moda el twist y Miguel no tuvo reparos en adaptarse a las exigencias del estilo; prácticamente era su único representante y, de haber más, Mike era el mejor por ser el más consciente de lo que llevaba entre manos. En 1964 abandona su nombre artístico de Mike Ríos y con él su etapa del twist, para abrazar con pasión el rock, y va dejando las adaptaciones de éxitos extranjeros por temas originales. En 1968 se relanza con canciones tan buenas como Vuelvo a Granada o la magnífica El Río y su popularidad se convierte en mundial cuando un año después acepta participar en el proyecto del genial músico argentino Waldo de los Ríos de poner letra propia a la Oda a la Alegría de la 9ª Sinfonía de Ludwig van Beethoven a la que titulan Himno a la Alegría que será número uno en medio mundo con siete millones de discos vendidos. Los setenta son años de mucha experimentación tanto en el rock progresivo como en el rock andaluz con el aplauso de la crítica pero poco respaldo en ventas de discos. Por eso en 1980 publica Rocanrol Bumerang con temazos como Santa Lucía que inicia una década de éxitos constantes con giras apoteósicas como la Rock And Ríos que arrancaba con la tremenda Bienvenidos o El Rock de Una Noche de Verano que contará con más de 700.000 espectadores tan sólo en España. En1987 será el productor y conductor de un programa mítico TVE como fue Qué Noche la de Aquel Año en la que durante 26 programas fue repasando uno a uno la música de cada año desde 1962 descubriendo las buenas canciones que se hicieron en esos tiempos y que se habían ido olvidado. Los noventa son años de reconocimiento y de giras en compañía de amigos como Ana Belén, Víctor Manuel y Joan Manuel Serrat. En 1998 se embarca en una revisión de sus éxitos y sus canciones favoritas con una big band y tres años después realiza un disco de duetos con grandes amigos como Joaquín Sabina, Fito Páez, El Tri o Rosendo Desde entonces sigue dando conciertos y participando esporádicamente en proyectos que le ilusionen. Por ello, este bagaje, intenso y fructífero, responde positivamente y de largo a que Miguel Ríos representa, en su propio estilo y como nadie, la misma leyenda del rock. Para recordarlo hoy, retrocedamos a 1969, tras su etapa “twist”, con el sencillo Contra el cristal, firmado por Juan Pardo, sentido y emocionado.


viernes, 5 de julio de 2024

La hispánica más versionada.



Entre las canciones más populares de los años cuarenta del pasado siglo se encuentra «Bésame mucho», la canción en español con más versiones (más de mil distintas) y traducciones (a más de veinte idiomas) de la historia de la música, la banda sonora del amor moderno, creada por la desaparecida pianista y compositora mexicana, de Jalisco, Consuelo Velázquez, a quien también se le atribuyen algunas canciones que han dado la vuelta al mundo, como «Verdad amarga», «Que seas feliz» y «Yo no fui», muchas de las cuales fueron grabadas y popularizadas por el gran tenor Pedro Infante ya que, como pasó con Bésame mucho, aunque Velázquez la compuso, quien la popularizó fue él, pese a que el primero en cantarla fue Emilio Tuero, el cantante mexicano de origen español conocido como “El Barítono de Argel”, además de la versión de Chela Campos, “La dama del bastón de cristal”. Cualquier persona ha escuchado alguna versión de aquella tonada lenta y apasionada que representa Bésame mucho. Consuelo Velázquez vivió en una época en la que las relaciones parecían un vínculo que, en cualquier súbito momento, podía desaparecer, pues las condiciones políticas y sociales del mundo obligaban a las parejas a separarse largas épocas, incluso para nunca volverse a ver. Es por eso que entendió que un amor no podía durar para siempre, y mucho menos en tiempos de guerra (la Segunda Guerra Mundial). A pesar de que quizás “Consuelito”(como se le llamaba) nunca había dado un beso, sabía desde entonces lo que una petición de ese estilo significaba: “Como si fuera esta noche la última vez”. Conforme iba siendo conocida, la letra de la canción resonaba en cada rincón del mundo: desde lugares de Europa, hasta Asia. A principios de 1950, la canción fue censurada en España por reclamos conservadores de la Liga de la Decencia del régimen franquista, quienes consideraban que era inapropiada. El primer extranjero que cantó su propia versión de la canción fue el cantante estadounidense Andy Russell pero fue el jazzista Nat “King” Cole quien tradujo por primera vez en su historia la balada en otro idioma; una de las versiones que más impresionó al público fue la de Elvis Presley, pues logró convertirla al rock n’ roll característico de la época, sin que la canción perdiera su esencia romántica e inocente. También el cantante Frank Sinatra la grabó, volviéndola un elegante éxito lleno de erotismo y sensualidad, lo que, al mismo tiempo, tenía la marca del intérprete de Fly me to the moon. Sin embargo, la versión más controversial fue la del grupo The Beatles, quienes sin duda convirtieron Bésame mucho en un arrollador éxito en Inglaterra. La primera vez que la tocaron fue en el famoso recinto The Cavern Club en Liverpool, y desde entonces en varios de sus shows empezaban cantando esa canción. Cuando The Beatles hicieron su versión en inglés, el tema adquirió total visibilidad y se convirtió en una de las canciones más famosas de la historia. Incluso se llegó a decir que Bésame mucho fue la inspiración total del quinteto de Liverpool para componer su nostálgica y maravillosa canción Yesterday, pues la estructura armónica de bolero de la balada influyó mucho en Paul McCartney y John Lennon. Posteriormente tendría versiones de Il Divo, Plácido Domingo, Pérez Prado, Sara Montiel, Thalía, Andrea Bocelli, Michael Bublé y Luis Miguel, además de grupos como Los Panchos, entre muchos otros. Se trata además de una canción que se usado como banda sonora de muchísimas películas y series, formando parte de la expresión artística mundial durante años por su facilidad para adaptarse a muchos estilos: Los tres caballeros, Let it be, La pistola desnuda, Grandes esperanzas, A toda máquina, Sueños de Arizona, In the mood for love, La sonrisa de la Mona Lisa, Juno y Coco, por destacar tan sólo algunas de ellas. No sólo fue un himno sensual y erótico al amor joven, sino también un antes y un después en la música, debido a su estructura. La balada retrata la forma tan característica de aferrarse a las relaciones fugaces pero intensas, que han sido comunes desde el siglo pasado. Y colorín colorado… Fue así como Bésame mucho se convirtió en “El Estándar de Oro” de la música romántica.

 









Dramón en ópera.



Giacomo Antonio Domenico Michele Secondo Maria Puccini (1858 - 1924), más conocido simplemente como Giacomo Puccini, fue un compositor italiano de ópera, considerado entre los más grandes, visionario, creador de los conceptos de música que regirían el cine durante el siglo XX, se le considera el sucesor de Giuseppe Verdi y algunas de sus melodías forman parte hoy día de la cultura popular. Nacido unos años antes de la Unificación de Italia y muerto cuando el régimen fascista estaba despegando rápidamente, Giacomo Puccini vivió conscientemente un período histórico muy agitado del que a veces daba en sus obras pistas extremadamente significativas como en su celebrada Tosca: el hecho histórico que sirve de escenario a la obra de Sardou en la que se basó el libreto sucedió a finales del siglo XVIII, cuando Napoleón entró por el norte tras derrotar al ejercito austriaco, llevando las ideas de la Revolución Francesa e instaurando la república. Este influjo se desparramó por todo el país, llegando a instalar la república hasta en los estados pontificios. Cuando Napoléon abandonó Italia para ir a Egipto, se disolvieron las repúblicas y se restauraron las monarquías, con la consecuente persecución de los republicanos; más tarde, Napoleón regresa a Francia y vuelve a invadir Italia en la batalla de Marengo, venciendo. Sin embargo, un bulo extendió la noticia de que el vencido fue Napoleón, hasta que al día siguiente quedó clara la derrota de los austriacos. En ese contexto, el día de la batalla , el republicano Angelotti se escapa de la cárcel del Castillo de Sant’Angelo en Roma, y se esconde en una iglesia, donde su amigo, Mario Cavaradossi, pintor republicano y simpatizante de las ideas liberales, trabaja pintando una Maddalena que simboliza a su amante, una cantante, Floria Tosca, la cual también aparece en el templo. El barón Scarpia, jefe de la policía borbónica, prende a Mario y le tortura para saber dónde esconde a su amigo. Tosca intenta engañar a Scarpia para salvar a su amado, proponiendo fingir el fusilamiento de Mario, y así se salva el honor de Scarpia. Éste firma un salvoconducto para que el pintor pueda salir ileso. Tosca mata a Scarpia mientras lo seduce y corre en busca de Mario para advertirle de la farsa de su ejecución, pero las armas del pelotón son cargadas con balas verdaderas y Mario muere. Tosca se arroja desde el Castillo de Sant’Angelo al vacío. Los afanes liberales y revolucionarios enfrentados al incipiente estado moderno totalitario, pugnas políticas y pasiones desatadas. Dos amantes, Tosca y Cavaradossi, frente al siniestro Scarpia. Existen pocas óperas tan voluptuosamente dramáticas como Tosca. Giacomo Puccini concentra la tragedia verista en Roma en un fulgurante tiempo narrativo que multiplica vértigo dramático. La ópera en tres actos se estrenó en un ambiente político tenso, surgiendo movimientos anarquistas en contra de la monarquía o los secesionistas. Roma además de reflejar esta tensión, tenía al Vaticano en contra de la creación del nuevo Reino de Italia. Al estreno acudieron grandes personalidades políticas, provocándose algunas amenazas de atentados que terminaron quedándose en algunas voces discordantes al inicio de la representación, permitiendo que se representara la obra sin ningún problema. En España se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona solo unos meses después de su estreno mundial en Roma; fue muy bien recibida por el público y la crítica, y rápidamente se convirtió en una de las óperas más populares del repertorio del teatro. En la actualidad, es una de las óperas más famosas del compositor. La obra es célebre –claro- por su impresionante música: desde el desgarrado vissi d’arte hasta la despedida de la vida y del amor que es e lucevan le stelle, que hoy aquí recordamos (si queréis prescindir de la actuación previa de Josep Carreras, seleccionad a partir del minuto 3:48, que comienza con un melancólico y desolado solo de clarinete mientras despunta el amanecer; Cavaradossi evoca los momentos íntimos vividos con su amante, la diva Floria Tosca, entona el aria en su estancia como prisionero en el Castillo Sant'Angelo (Roma), las estrellas se disipan lentamente y en breves momentos el carcelero lo llama para su inminente ejecución), pasando por la bellísima recondita armonia y el espectacular Te Deum con el que se cierra el primer acto.




 

Su hora...



Si me preguntarais cuál es, en mi opinión, la mejor película de la historia del cine debería deciros
francamente que no tengo ni puñetera idea, en parte, porque no tengo los conocimientos, ni el bagaje, ni la osadía necesaria para atreverme a contestar una pregunta tan peliaguda como esta. Otra cosa es la que me gusta; por eso, si me preguntarais en cambio cuál es mi peli favorita, creo que no me equivocaría en absoluto si os dijera que se trata, sin lugar a dudas, de “C'era una volta il West” (lo que pretendía realmente Leone con su título original era darle a la obra un tono de cuento de hadas pero en España se estrenó con la folletinesca denominación de Hasta que llegó su hora), de Sergio Leone. De razones, naturalmente, tengo muchas. Pero si me permitís resumirlo en una sola os diré que “C'era una volta il West” es quizás la única peli que conozco que podría estar viendo una y otra vez sin cansarme nunca de hacerlo y descubriendo cosas nuevas cada vez. Y, ojo, que os lo está diciendo alguien que no suele repetir muchos visionados, con lo que os puedo garantizar que esta inusual obsesión de la que hablo es absolutamente excepcional y extraordinaria. Casi 3 horas del mejor spaghetti western; con la violenta receta escrita por Bernardo Bertolucci y Dario Argento, Sergio Leone cocina una venganza a fuego muy lento bajo el ardiente sol del desierto americano. Tras un hipnótico comienzo alargado hasta la genialidad, en la memoria queda la forma en la que el director exprime el tiempo para conseguir tensión, un maravilloso malvado malo malísimo Henry Fonda, la banda sonora inolvidable de Morricone y, por supuesto... ¡Claudia! Nunca el sudor fue tan erótico. Es una película que recompensa a los ojos y los oídos sin tener demasiado en cuenta el corazón y la cabeza que en sólo los primeros 10 minutos sería reconocida como una de la grandes aportaciones del género. Hace ya cincuenta y seis años los espectadores esperaban ver un entretenimiento de tiros y aventuras en el salvaje Oeste, de malvados y héroes de una sola pieza con los que identificarse y lo que encontraron fue al buenazo de Henry Fonda, con sus ojos azules que habían puesto brillo a tantos personajes ejemplares y honestos, haciendo de villano. En los años sesenta los spaghetti westerns, especialmente los de Sergio Leone, eran muy populares en Europa y su influencia permanece todavía entre los cineastas norteamericanos. Aquí mismo, en los cines españoles, La muerte tenía un precio vendió 5,5 millones de entradas (y aún hoy es la quinta película con participación española más vista, por número de espectadores).


Sergio Leone era un apasionado del western y esta vez se prendó más que nunca de su historia, y se encaprichó de los personajes. Del bandido «Cheyenne» movido por el dinero pero también abierto a actuar por altruismo hacia aquellos que respeta (perfecto Jason Robards), del hombre que busca venganza llamado «Armónica» (Charles Bronson y su inolvidable mirada pese a sus ojos pequeños), la prostituta de un burdel de Nueva Orleans decidida a asentarse en un hogar, Jill (una Claudia Cardinale mejor que nunca), y naturalmente Frank, el pistolero y asesino frío y sin escrúpulos que Henry Fonda convirtió, contra todo pronóstico, en uno de los villanos más memorables de la historia del cine. Hasta que llegó su hora cuenta la historia de Brett McBain, un granjero viudo que vive con sus hijos en la zona pobre del Oeste americano. Ha preparado una fiesta de bienvenida para Jill, su futura esposa, pero cuando ésta llega descubre que McBain y sus hijos han sido asesinados. Quentin Tarantino no ha ocultado nunca su veneración por las historias de Sergio Leone, pero además al club de fans de esta película se suman Martin Scorsese, George Lucas y Steven Spielberg. Por su parte los hermanos Coen han declarado que esta película es "el mejor western de la historia". La película es un relato situado en los tiempos de la construcción del ferrocarril, de los que ejercen la violencia en contraste con los que desean establecerse en paz, de la llegada de la civilización y progreso versus salvaje Oeste. Una historia de hombres que ya no tienen sitio en ese nuevo orden, y con una gran relevancia del personaje femenino, Jill, representando la supervivencia y el futuro. Y, por encima de todo, la película de un hombre enamorado del western y de paso logrando que muchos espectadores también cayéramos en sus redes, rendidos, fascinados. Leone había logrado definitivamente su obra maestra. El cine de Leone es un cine de rostros. Recordamos ese alud de preciosos primeros planos en la tensión de un duelo. Palpamos en el aire cortado de su montaje ese talento. Pero es un cine de muchos rostros. Rostros de personajes que saben que van a morir o que pueden hacerlo, rostros asesinos y rostros fallecidos, rostros de añoranza y de ensueño, rostros que se han ido y rostros que vuelven, rostros que nunca querríamos que se fueran y que se pierden, sin embargo, rostros de ojos verdes y rostros manchados de vida.


Esta es una historia de gente al borde de la muerte. Leone mandó a Ennio Morricone componer la banda sonora antes de rodar la película, por eso es tan especial y sinfónica en todos sus planos, montaje, interpretaciones: la música sonaba ya durante el rodaje. Y era de nuevo un western duro y polvoriento, plagado de tensión, violencia y muerte; solo que esta vez el tiempo de la narración se dilataba más. Había más silencios, mayor número de primeros planos de rostros y se recreaba más en tensas esperando que algo ocurriera, lo inevitable. Había todo esto, y la banda sonora de Ennio Morricore, una de las mejores que haya creado, y una fabulosa mezcla de brutalidad y barbarie, de codicia y desprecio por la vida ajena mezclada con un arrebatador lirismo y humanidad.
Hasta que llegó su hora no es un spaghetti western: Sergio Leone se fue hasta Monument Valley para rodarla, cambiando su habitual Almería (donde rodó algunas escenas, pero sin el peso que tuvo antaño) por el paisaje habitual del mismísimo John Ford. Tanto los últimos westerns como los últimos musicales - All that Jazz de Bob Fosse - tenían en común una cosa: conscientes de ser anacronismos de un género ya olvidado (pues ambos florecieron en los treinta, cuarenta y cincuenta), hacían de tal cosa, la nostalgia, una vestimenta de sus relatos. Los parajes de Almería que albergaron buena parte de los rodajes, las inconfundibles melodías de Ennio Morricone, etc.,formaron parte de ese imaginario. Sergio Leone mandó construir un espectacular poblado en el desierto de Tabernas (Almería) donde pasaron varias semanas Henry Fonda, Claudia Cardinale, Charles Bronson y sus familias, que les acompañaron durante el rodaje (las fotos de los títulos de créditos finales dejan constancia de ello). El director pudo permitirse algunos caprichos, como construir un tramo de vías por el que circularía un tren de vapor que tuvo que ser transportado en camiones hasta allí, ya que los raíles no comunicaban verdaderamente con ningún lugar. Todo el decorado fue creado en un terreno que abarca 85.000 metros cuadrados y en el que construyó una cantina, la oficina del telégrafo, una pequeña iglesia con campanario o la oficina del sheriff, todo ello todavía en pie. Además, a lo largo de los años el escenario se ha utilizado para películas como 'Patton', 'Conan el Bárbaro' o 'Indiana Jones y la última cruzada'. En esta localización, aunque no exactamente en las edificaciones que hoy se conservan (y están en venta), rodó Leone también 'Por un puñado de dólares', 'La muerte tenía un precio' y 'El bueno, el feo y el malo'.


Corre la leyenda de que uno de los primeros propósitos de Sergio Leone fue el de reunir de nuevo los tres antiguos protagonistas, Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach, para cargárselos a todos ellos en el duelo con el que finalizaba la larguísima secuencia-prólogo (14 minutos nada menos) que abría la película. Una litúrgica y a la vez sarcástica manera de certificar la defunción del viejo y agónico spaghetti-western para dar paso a una nueva concepción del western mucho más psicológica, trascendental y moderna. Van Cleef y Wallach aceptaron de buen grado la propuesta del cineasta pero al parecer Eastwood (con quien Leone no había terminado muy bien), la declinó rotundamente, circunstancia que obligó al romano a apostar por Jack Elam, Woody Strode (uno de los actores fetiche de John Ford) y Al Mulock, que se suicidó durante el rodaje, tres secundarios de lujo que simbolizaron no sólo aquella pretendida despedida sino, ya por extensión, de todo el género cinematográfico. Como ya hemos mencionado, la primera secuencia constituye, probablemente, la sucesión de títulos de crédito más larga de la historia del cine; una sucesión que comienza con la llegada de tres pistoleros en una polvorienta y solitaria estación de tren donde todos ellos se dedicarán a esperar, imperturbable y pacientemente, la fantasmagórica aparición de Armónica (Charles Bronson). Lo que resulta del todo curioso en un auténtico paradigma de la música es que toda esta secuencia esté construida sobre la base del sonido ambiente, y es que aunque parezca mentira, en esta larga escena nadie habla, no suena ningún acompañamiento musical (dicen que Leone se inspiró en un concierto de John Cage) y lo único que puede escuchar el espectador es el ruido producido por un molino mal engrasado, por la gota malaya que va cayendo implacablemente sobre el sombrero de Stony (Woody Strode), por el zumbido de la mosca cojonera que no para de incordiar a Snaky (Jack Elam), por el espeluznante crujir de huesos de Knuckles (Al Mulock) y, obviamente, por la ensordecedora y estridente llegada del ferrocarril a la estación. Naturalmente, nos encontramos ante una auténtica declaración de principios. Básicamente porque aunque todo el mundo sabe que la dilatación del tiempo constituye uno de los rasgos fundamentales del cine de Leone, lo que resulta del todo innegable es que la utilización de este recurso en esta secuencia concreta está llevada al extremo, donde nunca nadie se había atrevido. Y es que precisamente esta imperturbable y premeditada parsimonia -unida, por supuesto, a la mencionada sucesión de molestos sonidos- es la que produce en el espectador una sensación de angustia, de desazón, de impaciencia, casi insoportable. Una sensación que va creciendo en intensidad, progresivamente, y que llega a su punto culminante con el premonitorio sonido de una armónica. La que advierte a los tres pistoleros de la irrupción en escena de nuestro homónimo protagonista cuando el tren vuelve a arrancar y desaparece definitivamente del andén; emplazamiento en el que se producirá un enfrentamiento que durará pocos segundos y que irá precedido -como no- de un diálogo tan lacónico como conciso.


El necesario contrapunto a toda esta palpitante tensión que podemos observar entre el tres vértices de este imponente triángulo protagonista (Armónica - Charles Bronson, Frank - Henry Fonda y Jill - Claudia Cardinale) es el que, naturalmente, personifica Cheyenne, el personaje interpretado magistralmente por Jason Robards, en el que muchos dicen que es el mejor papel de su carrera. El último bandolero romántico. Un pistolero que, aunque se resiste, sabe perfectamente (como Frank o Armónica) que la llegada del ferrocarril supone la llegada del progreso y la civilización y -por tanto- el fin de una época y de una filosofía de vida muy, muy arraigadas en ese territorio. Para acentuar aún más los rasgos fundamentales del cuarteto protagonista, Ennio Morricone compuso un tema para cada uno de ellos, una especie de leitmotiv que suena cada vez que uno de ellos aparece en escena (con ligeras variaciones, por supuesto) y que, como ya era habitual en la sociedad Leone & Morricone, no sólo enriquece las imágenes sino que marca el tempo y sincroniza a la perfección con todo lo que estamos viendo. De todos los personajes de la película, el más sorprendente es, sin lugar a dudas, el interpretado por Claudia Cardinale. Y lo es porque nunca, hasta ese momento, una mujer -o una actriz, vaya- había tenido un peso tan específico en una peli de Sergio Leone. No solo porque hablamos de un personaje complejo sino porque la bellísima Jill constituye el nexo común de todos los demás personajes y, por extensión, de todo el universo del western de Leone. Y es que, por decirlo de alguna manera, la Jill McBain personifica simbólicamente a todas las mujeres de un tiempo y de un país: la Norteamérica de la segunda mitad del s. XIX. Desde la puta más puta de todas las putas hasta la madre o madonna más virginal de todas las vírgenes del far west, atribuciones, todas ellas, que muy parecen corresponder a dos de los responsables más importantes del guión de la peli: nada más ni nada menos que Darío Argento y Bernardo Bertolucci.


El final de la película es fabuloso. Armonica y Jill han cimentado su preciosa historia de amor en la vida (cuando oigas este ruido, agáchate, le ha aconsejado él a ella) y son ambos quienes sobreviven. Pero no existe una vida común; ella, rodeada ahora de trabajadores en el terreno de su fallecido marido, es el siglo veinte que se pone en marcha, un mundo bajo el cual auspiciar un lugar idílico; él, habiendo cumplido su labor, se marcha. "Él no es el hombre adecuado" le ha dicho Cheyenne a Jill. "Pero me da igual" ha dicho ella. Está naturalmente equivocado. Los personajes no tienen tiempo; tiempo para cambiar, tiempo nuevo para olvidar, tiempo para otra cosa que no sea sobrevivir. No les queda tiempo, y con todo, hay quienes sobreviven, siguen. He visto ya varias veces esta película, donde están las típicas cosas que indican preferencia - la actriz, la banda sonora, la dirección - pero luego otras que juzgo inmensamente hermosas en un film como que Armonica salve al hombre que matará luego, Frank, cuando otros le traicionan y quieren matarle sin más. "Lo has protegido" le reprocha Jill y Armonica responde: "No. No le he dejado morir". La peli no consiguió al principio el éxito de crítica y público que se merecía, pero, años después, afortunadamente, la reivindicación pública de cineastas como Martin Scorsese, Michael Cimino o George Lucas contribuyó, ya de forma definitiva, a adjudicarle a “C'era una volta il West” su status natural: el de obra maestra




Un sentimiento... económico.



Muchos de los grandes éxitos de la música popular tienen una historia curiosa y no del todo conocida. Es el caso de “More Than a Feeling” (Más que un sentimiento), un hit rotundo de los años 70 que aún hoy suena. La letra de la canción habla de los viejos clásicos de la radio, de la emoción y los estímulos para volar con la imaginación que producen. Y fue el mayor hit de la carrera de Boston, un proyecto musical con muchas peculiaridades. Un buen día, un joven y desconocido ingeniero por el prestigioso MIT (Instituto tecnológico de Massachusetts) grabó con espíritu amateur un puñado de canciones en el sótano de su casa que unos meses después se convirtió en el álbum de debut más exitoso de todos los tiempos. El súbito salto desde el anonimato a vender más de diecisiete millones de discos se produjo gracias a una canción: More than a feeling, que algunos consideramos una de las mejores grabaciones del siglo XX. De repente, un grupo —hasta entonces virtualmente inexistente— llamado Boston estaba en la boca de todo el mundo. Boston fue esencialmente el vehículo expresivo de un personaje especial, Tom Scholz, hoy retirado, con no buenos recuerdos de su relación con las compañías discográficas: “El negocio de la música podría ser algo bueno, pero está dominado por drogadictos y estafadores”. Boston ni siquiera existían como un verdadero grupo y se parecían más al juguete del brillante, perfeccionista y maniático Tom Scholz, que se pasaba horas y horas encerrado en el sótano de su casa grabando y retocando pista tras pista sin saber que de repente una de aquellas canciones iban a sacudir la industria musical. Su lentitud a la hora de publicar nuevo material se hizo legendaria: pese al enorme éxito que tenía cada uno de los trabajos de Boston, únicamente han publicado cinco álbumes en más de treinta años de carrera, convirtiéndolos en la banda consagrada y de larga vida con más escasa producción de todos los tiempos. Un disco de Boston llegó a ser como un cometa o como las naves espaciales que adornaban sus carpetas: una rareza, una anomalía que únicamente cruzaba los cielos de tarde en tarde. Mientras tanto, Scholz ha usado su fortuna para poner en marcha diversos programas humanitarios y ha empleado su tiempo en tareas de lo más diverso mientras millones de fans de Boston aguardaban pacientemente cada nuevo disco, que nunca sabían cuándo iba a salir a la calle o siquiera si iba a publicarse alguna vez. Por otra parte, el suicidio del vocalista Brad Delp arrojó oscuras sombras sobre la historia del grupo, cuando no pocas personas del entorno del cantante (y algunos antiguos miembros de Boston) parecieron achacar parte de la responsabilidad de la tragedia a la actitud autoritaria y egoísta de Scholz. (la trágica desaparición de Delp sirvió para airear los trapos sucios en el seno de Boston; Brad Delp era conocido por su carácter afable y cortés, nunca tenía una mala palabra para nadie, pero tampoco había sido capaz de hacerle frente al líder de Boston, llevaba un tiempo deprimido y se había quejado en su círculo íntimo sobre lo mucho que le agobiaba la actitud depredadora y dictatorial de Tom Scholz). Con el paso de los años hubo más versiones del tema, pero esa misma canción que hizo crecer la fama internacional de Boston y la cuenta bancaria de Scholz también le provocó un dolor de cabeza a su obstinado compositor. Boston vendía tantos discos como otros pesos pesados de la industria (Pink Floyd, Led Zeppelin, Eagles, Aerosmith, Van Halen) sin necesidad de acumular tantos conciertos como esas bandas. Para Scholz, quien manejaba todos los hilos de Boston sin prestarle demasiada atención a nadie, cada show era un acontecimiento que había que preparar con mucho tiempo de anticipación, lo mismo que los discos.





viernes, 28 de junio de 2024

Pero, ¿la tocó o no?



«
As Time Goes By» (en castellano se conoce este tema con el nombre «A medida que pasa el tiempo») es una canción destacada de los años 40 del pasado siglo, compuesta por Herman Hupfeld para la obra de Broadway «Everybody’s Welcome», aunque se hizo sumamente popular gracias a la película «Casablanca» (1942, Michael Curtiz), en la que es interpretada por Dooley Wilson. Y es no sólo la escena más relevante de la película, sino uno de los momentos icónicos en la historia del cine. En una mítica secuencia de la no menos mítica película en la que Dooley Wilson (Sam), a instancias de Ingrid Bergman (Ilsa Lund), interpreta al piano (doblado por Elliot Carpenter) “As Time Goes By” –al tiempo que canta “Debes recordar esto / un beso es solo un beso, un suspiro es solo un suspiro. / Las cosas fundamentales suceden / mientras pasa el tiempo”– hasta que son interrumpidos por Humphrey Bogart (Rick Blaine), lanzó a la fama internacionalmente esta hermosa canción que, no obstante, ya llevaba unos cuantos años estrenada, que en su momento no pasó desapercibida y que aparece en algunas de las películas más importantes de la Warner Bros para escenas en las que se deja en evidencia el amor de una pareja. De este modo, ha sido usada para representar los estrechos lazos de algunas parejas significativas de nuestra cultura; tales como «Superman y Lois Lane», «Pedro Picapiedra y Vilma Picapiedra» y «Gwen Tennyson y Kevin Levin», por mencionar tan sólo algunas de ellas. Numerosos músicos instrumentistas y cantantes de todos los géneros la han incorporado a su repertorio y grabado desde entonces, incluyendo a Billie Holiday, Petula Clark, Bing Crosby, Perry Como, Frank Sinatra, Louis Armstrong, Carly Simon, Tony Bennett, Arielle Dombasle, Julie London, Rod Stewart, Chet Baker, Gal Costa, Andy Williams, Barbra Streisand y un largo etcétera. El 1 de abril de 1944, Billie Holiday grabó “As Time Goes By” reescribiendo la melodía como solamente ella sabía hacerlo y la canción pasó de ser un tema popular para convertirse en uno de jazz. Hablemos un poco de la película: más que una película podemos considerarla un mito de la cultura popular, una de las cintas que mejor representan el cine clásico de Hollywood; quizá por ello es la película que más veces se ha emitido en televisión e incluso los que no la han visto nunca saben cosas de ella: conocen a sus personajes, algunos de sus famosos diálogos y, desde luego, identifican al instante su famoso tema musical, “As time goes by”, una canción que es el eje central en torno al cual gira toda su banda sonora, pero el desconcierto en el plató fue monumental, al punto de que el director – que ya llevaba rodadas bastantes escenas – desconocía cuál iba a ser el final de la película y si Ilsa (Ingrid Berman) iba a quedarse con su marido, Victor (Paul Henreid) o a elegir al hombre del que estaba enamorada, Rick (Humphrey Bogart). Cuando parecía que la película no iba llegar a un buen fin, se puso un poco de orden en el desbarajuste y el film pudo terminarse. Cuando lo visionó el productor no quedó muy satisfecho del final y fue él quien añadió la frase: “Creo que este es el principio de una buena amistad”. En la autobiografía de Ingrid Bergman, titulada My Story podemos leer: “El guion cambiaba en cada momento y rodábamos a diario como si partiésemos de cero. Nos entregaban los diálogos y los estudiábamos para ver si les encontrábamos algún sentido. No sabíamos cuál iba a ser el final, ni siquiera dónde estábamos y todo ello no ayudaba a dar verosimilitud a nuestros respectivos personajes. Yo le preguntaba al director de quién estaba realmente enamorada y me mandaba a paseo diciéndome que me olvidara y que actuase”. Curiosamente Casablanca se estrenó en Los Ángeles el 23 de enero de 1943, el mismo día en que Roosevelt, Stalin y Churchill celebraban una histórica reunión para planear la invasión de Europa. Y ¿dónde tuvo lugar la cumbre? Pues en la en la ciudad marroquí de Casablanca. La banda sonora de la película no estuvo tampoco en absoluto exenta de problemas. Cuando la Warner Bros compró los derechos, en ellos estaba incluida la canción “As Time Goes Byy cuando el productor la escuchó por primera vez se quedó enamorado de ella y decidió en ese instante que se convertiría en el hilo conductor musical de la película. En el ranking elaborado por The American Film Institute, sobre todas las películas rodadas en el siglo XX, la primera que aparece es Ciudadano Kane (1941) seguida por Casablanca (1942). El mismo “Instituto”, y en un especial de la televisión CBS en 2004, eligió las 100 mejores canciones que, según su criterio, formaron parte de las bandas sonoras de las películas rodadas en el siglo XX. “As time goes by” consiguió un más que honroso segundo puesto. Solo le ganó Over the rainbow de la película El Mago de Oz (1939). Lo que Sam le canta a Ilsa viene a decir lo siguiente:


Debes recordar esto

Un beso es sencillamente un beso

Un suspiro es sencillamente un suspiro

Mientras el tiempo pasa

Y cuando dos amantes se cortejan

Siguen diciendo “te quiero”

Puedes estar seguro de eso

No importa lo que traiga el futuro

Mientras el tiempo pasa

La luz de la luna y las canciones de amor

Nunca pasan de moda

Corazones que están llenos de pasión

Celos y odio

La mujer necesita al hombre y el hombre debe tener su pareja

Nadie lo puede negar

Sigue siendo la vieja historia de siempre

Una lucha entre el amor y la gloria

Un caso de vida o muerte

El mundo siempre dará la bienvenida a los amantes


Un Ave María.



Hace algunos años, a muchos de nosotros (y nosotras) nos tocó avanzar muy orondos por la nave central de la iglesia, del brazo de nuestra pareja para toda la vida. Caminábamos a paso lento, dichosos, al compás de una melodía muy hermosa que se conoce con el nombre de Ave María de Schubert, uno de los tantos Ave María compuestos por diversos autores en el transcurso de muchos años. Es el más popular, desde luego, y de ahí que con toda seguridad haya sido el que escuchamos en la oportunidad referida, saludando a nuestro paso a amigos y familiares con nuestra mejor sonrisa, porque éramos felices. Pero hay un autor que compuso la mitad de un Ave María sin proponérselo. Para ser justos, compuso bastante más que la mitad: era el año 1722 y Juan Sebastián Bach comenzaba a escribir su máxima obra pedagógica y sistemática para clave: El clave bien temperado, que consta de 24 preludios y fugas, para las doce tonalidades mayores y las doce menores. La obra, de enorme trascendencia, contribuyó a imponer ni más ni menos que la división de la octava en doce medios tonos cromáticos iguales, lo cual permitió desarrollar hasta el límite el mecanismo de las modulaciones, es decir, el paso comedido de una tonalidad a otra, en la misma pieza. Pues bien, por la década de 1850, el autor de, entre otras, de la ópera Fausto, el respetado compositor francés Charles François Gounod (1818-1893), encontrábase disfrutando de su propia interpretación del primer preludio impresionado por la belleza de la música de Bach cuando repentinamente la musa le golpeó con delicadeza un hombro y le enseñó una melodía que él denominó al instante "Meditación sobre el Preludio N° 1 de Bach" y, al poco rato, se le ocurrió que la antiquísima oración en latín llamada precisamente Ave María, le venía a su bella melodía como anillo al dedo. Es lo que hoy conocemos como el Ave María de Bach-Gounod, algo menos popular que el de Schubert, pero tanto o más hermoso, de forma que, junto a él, el Ave María de Bach-Gounod se ha convertido en un fijo en las misas de bodas, funerales y fiestas de quince años. La versión resultante del Ave Maria de Gounod ha sido interpretada por innumerables violinistas y voces a lo largo de los años, convirtiéndose en un verdadero clásico de la música académica. El violín es el instrumento perfecto para interpretarlo porque su tono cálido y expresivo se adapta maravillosamente a la melodía melódica y emotiva de la pieza. Los violinistas pueden aprovechar al máximo las dinámicas y los matices de la composición, creando así una interpretación única y conmovedora. En general, la interpretación del Ave Maria de Gounod en el violín es un desafío que vale la pena para cualquier músico apasionado.