jueves, 11 de junio de 2020

Del “Tengo frío” al “Hace frío”, un abismo.

Una publicación que se dice seria, y consecuentemente con numerosos lectores/seguidores/
amplificadores, encabezaba recientemente una “noticia” con el siguiente titular: “El informe 
forense del 8-M desarma a Salvador Illa y Fernando Simón: "La hecatombe se veía 
venir" - El médico entrega su informe definitivo a la juez Rodríguez-Medel y asegura 
que tanto el ministro de Sanidad como el director del CCAES "subestimaron la 
gravedad" del coronavirus”, en lo que es, a todas luces, una opinión (basada en otra 
experta si se quiere, pero opinión) que enmascara un descarado, aunque legítimo, ataque al 
Gobierno con la excusa de la gestión de la pandemia del Covid-19 y con ello un intento de 
deslegitimar los movimientos reivindicativos de los derechos de la mujer porque sólo se 
culpabiliza a la manifestación del 8M y no también a las numerosas reuniones que tuvieron 
lugar ese mismo día, tanto al aire libre como a cubierto.
No se trata aquí de posicionarse a favor o en contra de unos u otros, no, sino a reflexionar 
sobre un extremo, más frecuente de lo deseable, que tiene que ver con la profesión 
periodística y que marca, de alguna manera, la manipulación de la voluntad del lector. En 
efecto, nuestra Constitución de 1978 proclama en su Articulo 20 que “1. Se reconocen y 
protegen los derechos:… d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier 
medio de difusión…. “ (el remarcado en negrita es nuestro), lo que, en la práctica, se da de 
bofetadas con lo que se suele encontrar en muchos medios de comunicación, que se 
autoproclaman serios, que, cuando no fabrican auténticas falsedades llenas de ataques 
personales a los rivales, presentan su opinión (repito que legítima) como si fuera LA noticia, 
ofreciendo sus conclusiones (que, no nos engañemos, son las que buscan y con las que se 
identifican SUS lectores) como si fueran la verdad absoluta.

Una de las premisas que con mayor rigor deben seguir los medios de comunicación de 
calidad es la separación entre información y opinión. El medio en cuestión de que se trate 
debe proporcionar las claves necesarias para que el lector/espectador/oyente distinga si lo 
que le ofrecen es el relato de unos hechos o la opinión que de los mismos tiene el periodista 
o un experto en la materia (que no siempre lo es). Se debe opinar sobre la realidad, pero no 
se puede enmascarar la realidad con opiniones. Separar opinión e información es una de las 
trincheras que defienden con más ardor los auténticos profesionales del periodismo en 
cualquier país del mundo. Todos estamos seguros de que es uno de los principios que más 
debemos defender y, sin embargo, todos sabemos que es uno de los más difíciles de 
proteger, y hay medios escritos que establecen diferencias como, por ejemplo, hacer que los 
títulos de los editoriales, críticas o artículos de opinión se escriban en cursiva para 
diferenciarlos de la información.

Para no perdernos, digamos que información es un conjunto de datos procesados que 
pueden ser de cualquier tipo: numéricos, textos, sonidos, imágenes,… y son los eslabones 
que en su conjunto forman el conocimiento de los hechos, mientras que opinión es la 
creencia respecto a determinado asunto; su validez como verdad no se fundamenta en el 
grado de conocimiento sino en la participación del opinante como miembro del grupo social  
que mantiene esa opinión. Ocasionalmente, la opinión también puede ser el grado de 
"posesión de la verdad" respecto de un conocimiento que se afirma como verdadero sin 
tener garantía de su validez. 
En el campo de la comunicación, digámoslo con claridad, lo que prevalece es la opinión. 
Ante el cúmulo de noticias y acontecimientos, ante la disparidad de intereses, los 
responsables del medio eligen según sus criterios y opinión personales aquellos que juzgan 
más oportunos de acuerdo con su línea editorial. Al respecto, algunas ideas han creado el 
caldo de cultivo para que la opinión se deslice a espacios reservados a las noticias: “La 
objetividad es imposible”, “Los periódicos tienen detrás una ideología”; “Ante la avalancha de 
información, el periodismo debe ser interpretativo”, “Los medios son empresas que no 
pueden escapar a la lógica del mercado y cualquier recurso es bueno para aumentar 
beneficios” (pero los medios son mucho más que una empresa preocupada sólo por el 
beneficio económico de su producción y deben asumir también su responsabilidad en la 
construcción de un sistema democrático y libre, y en la formación y la defensa de ciudadanos 
íntegros que lo hagan posible), etc. Estas afirmaciones sirven hoy de coartada para un 
periodismo que no merece tal nombre, y queda claro que, según esas premisas, ninguna 
noticia viene limpia, todas nos llegan sesgadas y envueltas en turbios o desconocidos 
tejemanejes. De todo ello tenemos que ser bien conscientes para no dejarnos manipular, 
cosa prácticamente inevitable. Cuando uno recurre habitualmente a artículos de opinión, o a 
una noticia firmada, con el tiempo puede ir descubriendo la posición del autor, conocer “de 
qué pie cojea” y saber qué es paja y dónde está el grano, se llega a sentir en intimidad con 
el articulista y lo sigue o lo deja. A la información y a la opinión tenemos que acercarnos de 
manera inteligente, siempre, y con criterios propios, si no queremos ser sepultados por la 
ingente insensatez que nos amenaza a diario.

La confusión entre información y opinión es tan antigua como los intereses creados. Pero en 
los últimos años la tendencia se ha disparado en todo el mundo por varios factores, de los 
que el principal es el volumen. Hoy la información nos llega a chorros. A los medios 
tradicionales se añaden las redes: cada minuto se comparten 98.000 tuits, a YouTube se 
suben 600 vídeos y se crean 1.500 entradas de blogs. Por los propios algoritmos de 
recomendación de contenido, el usuario acaba a menudo presa de la redundancia. Y uno de 
los fenómenos que han traído las redes sociales son las cámaras de eco en las que uno 
alimenta su propia ideología y se aísla del resto. La sobrecarga informativa viene 
acompañada de más y mejor propaganda de forma que si la capacidad de mejora de la 
información ha crecido en progresión aritmética, la de manipular o presionar lo ha hecho en 
progresión geométrica. Antes había que seleccionar entre diez fuentes para verificar 
certezas; ahora, entre mil. El orden de magnitud ha cambiado radicalmente. Si bien el interés 
de manipular es tan viejo como el periodismo, la gran novedad de nuestros días es que lo 
que es falso e interesadamente falso circula con enorme rapidez y, en muchos casos, los 
medios, llevados por la inmediatez, la sensación de urgencia, le dan acogida. Ahí el 
periodismo está fallando.

Por  otra parte, se ha puesto de moda leer las portadas o los titulares. Nos ofrecen por 
Internet o por TV las portadas de los periódicos nacionales e internacionales con sus grandes 
titulares y hay gente adicta a las portadas…y no entran más allá1. Son diletantes que 
mariposean por todos, pero no profundizan en ninguno. Es verdad que uno no puede leerlo 
todo, pero lamer el cristal del escaparate no es entrar y degustar el pastel de la pastelería; 
con el tiempo uno encuentra su preferido y sabe elegir y saborear. Muchas noticias e 
informaciones se pierden y no nos llegan, otras nos las presentan con insistencia de manera 
reiterada, otras son como estrellas fugaces en el firmamento informativo. Todo ello también 
es opinable y forma parte de la opinión. Lo más inteligente es variar de fuentes de información, 
de medios de comunicación y mantenernos sensibles y atentos a nuestro entorno. Una 
conversación captada en el metro o en el autobús, o en el supermercado, puede 
enriquecernos muy mucho en información y en opinión.
Y en todos sitios cuecen habas; un estudio del centro de investigación con sede en 
Washington D.C. Pew Research Center publicado hace algún tiempo pone de manifiesto que 
a los estadounidenses les cuesta distinguir entre hechos y opiniones. Y que tienden a 
considerar informativo lo que sintoniza con su visión política. Por ejemplo, la frase: “Los 
inmigrantes que están en EEUU de forma ilegal constituyen un gran problema para el país”, 
fue calificada de opinión por el 18% de los demócratas frente al 50% de los republicanos. La 
afirmación: “Subir el salario mínimo federal a 15 dólares por hora es esencial para la salud de 
la economía americana”, le pareció meramente informativa al 17% de los republicanos y al 
37% de los demócratas. Por contra, en la UE, la idiosincrasia nacional es todavía muy 
marcada, aunque se hable de unión política o económica hay socios con tendencias 
marcadas, donde vemos populismo, pero no existe un grado de polarización tan tajante como 
en EEUU. El resumen es que los europeos son bastante más “promiscuos” en el consumo de 
medios, leen y ven contenidos de línea ideológica más diversa pese a que los niveles de 
polarización en España están en máximos; nunca habíamos vivido en una sociedad tan 
confrontada como ahora. Basta mirar temas como Catalunya o el “gobierno ilegítimo social-
comunista”; no hay medias tintas, no hay terceras vías, ni mediación ni capacidad de 
consenso. En España la gente está más informada, pero eso no quiere decir mejor informada. 
Circula más información, pero mucha lleva un marcado sesgo ideológico.

Para acabar, un ejemplo ilustrativo “de andar por casa”: supongamos que, inmersos en una 
ola de calor, la temperatura ambiente es de 40º C. En esa tesitura, alguien se queja de frío. 
Dejando al margen que lo primero más conveniente en ese supuesto quizá sea investigar los 
porqués de esa paradoja, resulta que ese “alguien” es periodista y redacta una crónica para 
relatarlo, dudando si titularla como “Tengo frío” o como “Hace frío”. Con lo que hemos 
expuesto, la información es la ola de calor, la opinión ajustada de la interpretación de la 
realidad desde las propias sensaciones podría ser la crónica “Tengo frío”… y la manipulación 
evidente (generalizar como normal para todos una sensación propia, aunque sea inapropiada  
o insólita) sería la de “Hace frío”. Notemos que esta manipulación surte efecto, de acuerdo 
con los perfiles y tendencias señalados más arriba, incluso en el supuesto de que cambie 
sólo el titular. Sin comentarios.
 
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1El tratamiento diferente que los medios hagan de una misma noticia y el titular con el que la presenten no les puede llevar, en aras de su ideología, a abordarla de forma que el lector tarde en entender que cuentan los mismos hechos. Por ejemplo, el 26 de enero de 2012 diferentes periódicos contaban así el veredicto sobre el que fue President de la Generalitat Valenciana Francisco Camps: Camps se libra / Absuelto, tras un calvario de tres años / Un jurado dividido absuelve a Camps de cohecho impropio / Camps y Costa inocentes, se acabó la cacería socialista / Camps, absuelto de su responsabilidad penal.

domingo, 7 de junio de 2020

Y ¿quién lidera el sacarnos de la pandemia?

Con lo que estamos pasando con el Covid-19, a quienes tengan la tentación de tratar de 
imponernos la vuelta a la realidad o a la normalidad pre pandemia, incluyendo a los 
defensores interesados de su situación personal  dominante actual  y a los que abogan por el 
“virgencita que me quede como estoy”, que pueden ser muchos dada la añoranza de la 
situación anterior que los horrores y sufrimientos de la pandemia provoca, a todos ellos hay 
que responderles enérgicamente recordándoles las anomalías, incluso sistémicas, de la 
normalidad pre pandemia que la actual situación ha evidenciado y reforzado.
La pandemia del Covid-19 nos ha puesto, una vez más, como otras que no se recuerdan o no 
se quieren recordar, frente al espejo. Mostrándonos, en esta ocasión, de forma muy 
traumática, nuestra insostenible, vulnerable y poco resiliente normalidad, con anomalías a 
todos los niveles, sociales y económicos. Estas anomalías hay que reconocerlas, primero, y 
enfrentarse a ellas después con propuestas, conceptos y acciones definidas que deberán 
alinearse con la ruptura que significa la misma pandemia.

Partimos de la idea, generalmente asumida y recogida por los Objetivos de Desarrollo 
Sostenible de Naciones Unidas, de que el escenario de futuro deseable es el de un “progreso 
sostenible“ (permitidme la licencia de cambiar la palabra “desarrollo” por “progreso” que 
ahora parece más adecuada) entendiendo por tal una mayor calidad de vida ahora y en el 
futuro y para una mayoría creciente de la población. Y partimos de la idea de que no habrá 
sostenibilidad sin mejor Gobernabilidad, es decir, sin capacidad de organizarnos, lo que se 
traduce —no invento nada: está en la Comunicación de la Comisión Europea sobre 
Gobernanza del año 2000— en nuevas políticas (eficaces, para lo necesario, eficientes, con 
utilización de los menos recursos, y coherentes) y nuevas formas de hacer políticas 
(información y participación pública que podríamos traducir en “democracia prospectiva”).

Estamos ante una globalización desgobernada, como ya denunció Kofi Annan al dejar, a 
finales de 2004, la Secretaría General de Naciones Unidas (ONU), deficitaria en tres 
elementos básicos: 
 a) estrategias globales comunes; 
 b) capacidades comunes; y, sobre todo, 
 c) responsabilidades comunes, que se ejercerían, necesariamente, en una 
economía de mercado mediante impuestos globales, como la tantas veces invocada Tasa 
Tobin a las transacciones financieras, el impuesto al  CO2 que parecía más cercano a 
hacerse realidad o, por último, el más restringido al keroseno de aviación que ni siquiera fue 
posible a nivel de la Unión Europea.
Por norma general, los tiempos de crisis, sea cual sea su origen, sirven de examen de 
excelencia para el liderazgo. En estas circunstancias prima la incertidumbre y se van dando 
cambios día a día. Así pues, el devenir de un equipo u organización dependerá, en buena 
manera, de la gestión de sus líderes. Todo el mundo sabe que una crisis es una situación 
mala o difícil que produce un cambio profundo, con unas consecuencias apreciables y no es 
plato de buen gusto para nadie. Es en ese momento cuando, a todos los niveles, se debe 
contar con una persona líder, alguien que no se achante ante el cambio y que esté preparado 
para afrontarlo. Muchas crisis se dan de un momento a otro, sin aviso, como la que está 
desencadenando la propagación del coronavirus, Covid-19. En este contexto, de pronto hay 
empresas que se ven obligadas a cerrar o a cambiar el trabajador la oficina por su casa y 
llevar a cabo sus tareas desde el salón de su hogar. Algo para lo que muchas, a día de hoy, 
todavía no están preparadas. Pero, ante todo y frente a una circunstancia convulsa que 
surge como consecuencia de una crisis sanitaria, hay que tener en cuenta que el factor 
personal y el laboral confluyen. Son muchos los empleados que pueden tener familiares 
afectados o incluso los mismos trabajadores pueden encontrarse dentro de ese grupo, lo que 
obliga a estudiar cuidadosamente la figura de la persona responsable de liderar el cambio 
difuso en estas condiciones. Esta persona debe ser realista y mostrar las cosas tal y como 
son, solo así generará confianza y podrá establecer mayor vínculo y compromiso.

Nos cuenta el eminente paleontólogo y arqueólogo Eudald Carbonell que, ante un 
desplazamiento provocado por una situación de crisis, las manadas de elefantes siguen a un 
líder (generalmente hembra, casualmente) que no es el más viejo, ni el más fuerte, ni el más 
aguerrido, sino el que más sabe cómo llegar al objetivo común (por ejemplo, conocer la 
localización de balsas de agua y el camino a seguir para alcanzarlas).
 
Es posible que para analizar lo que se espera del líder post pandemia (político o no) resulte 
más eficaz detenerse en lo que NO debe hacer, o sea, en mostrar el perfil del llamado “líder 
tóxico” que no conviene, auténtico quebradero de cabeza para todas las organizaciones de 
todo tipo. El Army Doctrine Publication – ADP (Publicaciones de la Doctrina del Ejército)1, de 
2012, del Ejército de los Estados Unidos, definió descriptivamente que se entendía por líder 
tóxico, concepto que por primera vez se le daba atención como conocimiento institucional 
también en una organización militar, y lo define como sigue: “El líder tóxico es una 
combinación de actitudes, motivaciones y comportamientos egocéntricos que tiene efecto 
adverso en los subordinados, la organización y el desempeño laboral. Este líder carece de 
preocupación por los demás y el clima de la organización, que conduce a efectos negativos a 
corto y largo plazo”. Aunque la expresión “líder tóxico” es más antigua, pues se empezó a 
usar en los estudios de comportamiento organizacional y liderazgo a partir de 1996, año en 
que se publicó el libro Toxic Leadership: When Organizations Go Bad (Liderazgo tóxico: 
Cuando las organizaciones van mal), de la Dra. Marcia Lynn Whicker, directora que fue del 
departamento de Administración Pública de la Universidad Rutgers en Newark, la mayor 
institución de educación superior en Nueva Jersey (Estados Unidos). 
Es en realidad un tema que admite poca broma; ya hace algún tiempo que el psicólogo, 
investigador y ensayista Iñaki Piñuel avisó de que las organizaciones albergan "una nueva 
raza" de directivos en una sociedad de “creciente amoralidad”, presiones y competitividad. 
"Alpinistas organizacionales, maquiavelos a sueldo o narcisistas envidiosos", como los definió, 
que no dudan en utilizar los medios necesarios para justificar el fin. Lo argumentó en Mi jefe 
es un psicópata (Por qué la gente normal se vuelve perversa al alcanzar el poder), y otros 
expertos corroboran el auge en estas líneas. Los Gordon Gekko, aquel “tiburón” de los 
negocios recreado por Michael Douglas en las películas Wall Street I y II, de Oliver Stone, y 
similares de menor rango son una especie en expansión ya que las relaciones profesionales 
en tiempos de crisis se han deteriorado: aumentan el estrés, los trastornos y desórdenes 
mentales, y con ello los jefes tóxicos. 
 
Este tipo de líderes abusan del poder por carecer de las competencias necesarias para el puesto, por una salud mental insuficiente o por desajustes emocionales. Y campan a sus anchas porque, astutos ellos, suelen mostrarse tiranos hacia el equipo y receptivos y serviciales hacia la dirección. Una ecuación perfecta porque es difícil que sus superiores los detecten pues practican la técnica de “beso hacia arriba, patada hacia abajo”. Ajenos a los principios éticos, sin empatía y muy seguros de sí mismos, les resulta relativamente fácil escalar puestos de poder y son capaces de "hacer cualquier cosa para lograr sus objetivos”. Ellos no van a consulta del psicólogo, pero sí sus víctimas, que cursan cuadros de gran ansiedad y depresión.



Las organizaciones, y más si hablamos de épocas convulsas, tendrían que preocuparse por formar, o asegurarse que se poseen, en ética, honestidad, responsabilidad y sentido del mando a todos aquellos que van a ser a mandos. Ganarían las organizaciones y las personas. Pero frecuentemente priman los resultados (o los votos) y se toleran a esos jefes dañinos que crean un clima de miedo, rabia y frustración, aquellos que extreman sus rasgos psicopáticos, narcisistas y paranoicos, resultando psicológicamente normal hallar estos rasgos mezclados2. Según la profesora de la cátedra Thornton F. Bradshaw de Políticas Públicas y profesora de comportamiento organizacional de la Escuela de Posgrado en Administración en la Universidad de Harvard, Dra. Jean Lipman-Blumen, los líderes tóxicos trabajan para sus fines personales, tienen comportamientos destructivos y características personales disfuncionales de consecuencias devastadoras en las personas, familias, organizaciones, comunidades y aún a la sociedad en general.



Por el contrario, Daniel Goleman, autor del conocido libro Inteligencia emocional y sus secuelas, señala que los lideres eficaces se distinguen por su alto grado de inteligencia emocional, lo que incluye la auto concienciación, auto regulación, motivación, empatía y destreza social. Otros autores indican que la inteligencia emocional es protagonista fundamental en el liderazgo, ya que al lidiar e interactuar con otros seres humanos, demanda una serie de elecciones y decisiones arbitrarias que diferenciaran un buen líder de un mal líder; la inteligencia emocional, como otras herramientas similares, puede ser enseñada y aprendida, beneficiando el clima laboral en el lugar de trabajo, en cuanto a la capacidad de adaptarse positivamente a distintas situaciones, fomenta las relaciones públicas, se conoce mejor el equipo de trabajo y por ende facilita la eficiencia.



Veremos en qué perfil se deposita la responsabilidad de liderar la post pandemia.

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1Como parte de la iniciativa Doctrinal 2015 del Ejército, las Publicaciones de Doctrina del Ejército (ADP) se desarrollaron para proporcionar información extremadamente concisa (generalmente no más de 10-15 páginas). Doctrine 2015 fue una reestructuración fundamental, para crear unas instrucciones más cortas, más accesibles y más colaborativas para el Ejército.

2No me resisto a reproducir cómo describe las actitudes ligadas a estas patologías (en el fondo lo son) la psicóloga y fundadora del Centro de Terapia Estratégica de Barcelona, Júlia Pascual:
LÍDER PSICOPÁTICO.- Son sujetos seductores, encantadores para conseguir que les sirvas para lograr sus objetivos y de amabilidad cambiante. Se detectan al ver que no les interesan las opiniones ni la vida de sus empleados, y que carecen totalmente de empatía. No sienten remordimientos, son egocéntricos y tienen escasa inteligencia emocional. Usan todo tipo de manipulaciones, mentiras, amenazas... para alcanzar lo que quieren.
LÍDER NARCISISTA.- Suelen ser unos monstruos comunicativos y usan muy bien el lenguaje contradictorio y paradójico para dejar a sus empleados confusos. Son unos encantadores de serpientes y te pueden llevar adonde ellos quieran. Con aparente exceso de autoestima, suelen tener miedo a no estar a la altura y al rechazo de los demás. Así que no toleran equivocarse y de esta forma no aceptarán jamás su error buscando siempre culpables. Prefieren rodearse de personas 'mediocres', sumisas y dependientes para sentirse admirados..
LÍDER PARANOICO.- Suelen pensar mal de los empleados y creen que los demás hablan mal de ellos, los critican y les van a fastidiar. Por ello son extremadamente controladores. Son capaces de manipular a algún empleado para que se convierta en detective de compañeros. Es extremadamente competitivo por su miedo a no estar a la altura y es capaz de criticar y destruir al compañero para escalar posiciones.

viernes, 5 de junio de 2020

"I can't breathe"


El desdichado asesinato (no es excesivo el término, así lo califica el fiscal tras conocer las conclusiones de dos autopsias, una oficial y otra independiente que desmienten la versión de la policía) de un ciudadano negro, George Floyd, el pasado 25 de mayo por un grupo de cuatro policías blancos en el vecindario de Powderhorn de la ciudad estadounidense de Minneapolis (Minnesota) después de ser detenido (y reducido) por la presunta comisión de un delito menor y avisar a los policías de su estado con el “No puedo respirar” que encabeza estas líneas, ha vuelto a poner de manifiesto el grave problema de convivencia que se da en Estados Unidos entre comunidades de personas de diferente color pese a que, sobre el papel, se trata de conflictos ya superados y han traído a la memoria otros casos de una violencia policial arraigada en el país, con componente racial, desde más allá de los disturbios de Detroit (Michigan) en los que, en 1967 murieron 43 personas de color por disparos de la policía (cuando el tema de la segregación se creía solucionado después del terremoto social/legal que supuso la famosa rebelión de Rosa Parks en 1955, al no querer ceder su asiento a un blanco en un autobús de Montgomery, Alabama); solo en la última década, al menos 10 personas de raza negra murieron de forma injustificada a manos de agentes blancos. Pero no han sido los únicos. Y, tal vez, no los últimos.

Y la muerte de George Floyd parece haber desatado en todo el mundo la ira y rabia de aquellos que, desde que nacen, parecen estar sometidos a una vida sin derechos por el simple hecho de que su cuerpo esté cubierto con un determinado color de piel. Además de en Estados Unidos, en toda Europa, una marea de millares personas de todas las etnias (no sólo la negra) se unió en las calles para marchar pacíficamente en contra del racismo y la brutalidad de la policía de Estados Unidos, bajo el lema “Black Lives Matter, No Justice No Peace” (Las vidas negras importan, sin justicia no hay paz). Cuando se escriben estas líneas, no se vislumbra una gestión razonable del problema, que no puede ser impedir violentamente las protestas… hasta la próxima, toda vez que el actual presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, más parece actuar como pirómano en unos momentos en que la grave crisis racial (y la impunidad de la policía) se une a la galopante crisis sanitaria del Covid-19 (el país con mayor número de casos) y la profunda crisis económica (cuarenta millones de parados desde el inicio de la pandemia).

Sin embargo, se aduce que no hay racismo en los Estados Unidos, y se aporta, entre otros, el argumento de que precisamente el jefe de los policías encausados por el caso Floyd es negro, y que el anterior presidente del país, Barack Obama, es una persona de las que llaman afroamericana. Pues, si no es racismo, ¿qué puede ser?


Llamamos en nuestra ayuda a la filósofa y catedrática de ética en la Universidad de Valencia Adela Cortina que propuso en 1995 el uso de una palabra distinta a las que conocemos para poder dar nombre a una realidad que no lo tenía. Porque se habla mucho de la “xenofobia”, que es el rechazo al extranjero o del “racismo”, que es el rechazo a la gente de otro color, pero no se disponía del término adecuado para referirse a la actitud que, a su juicio, es la verdadera clave de muchas conductas indeseables que se producen en nuestras sociedades opulentas del Norte; la verdadera actitud que subyace a muchos comportamientos aparentemente racistas y xenófobos no sería, en realidad, la hostilidad a los extranjeros o a las personas que pertenecen a una etnia diferente a la mayoritaria, sino la repugnancia y el temor a los pobres, a esas personas que no presentan el “aspecto respetable” de quienes tienen cubiertas sus necesidades básicas. En efecto, dice Cortina, “no marginamos al inmigrante si es rico, ni al negro que es jugador de baloncesto, ni al jubilado con patrimonio: a los que marginamos es a los pobres”.

La palabra en cuestión, ya admitida por la Real Academia de la Lengua, es aporofobia (del griego áporos ‘pobre’ y fóbos ‘miedo’) definida como el miedo y rechazo hacia la pobreza y hacia las personas pobres. Es la animosidad, hostilidad y aversión, respecto de las zonas o barrios carenciados y respecto de las personas pobres, o sea, frente a aquellas personas que se encuentran desamparadas y con muy pocos recursos, sin tener en cuenta que la pobreza es una característica circunstancial en la vida de los seres humanos y en ningún caso forma parte de la identidad. La pobreza no es una condición permanente de las personas, sino una situación indeseable e injusta, pero superable, y no se tienen en cuenta las circunstancias sociales, políticas y/o económicas que influyen en los procesos de exclusión. Las creencias y mitos generados en este proceso de culpabilización son las ideas que subyacen a la aporofobia («están en la calle porque quieren», «tendrían que 
ponerse a trabajar», «son unos vagos», etc.).


La aporofobia es un sentimiento y actitud adquiridos, no naturales, y se transmite a partir de una idea social perversa que relaciona a las personas pobres con delincuencia, situándolas en el imaginario social como posibles delincuentes antes que como potenciales víctimas de la discriminación y la violencia. Incluso existen políticas públicas orientadas a la seguridad y a la convivencia así como prácticas periodísticas en torno a la pobreza y la exclusión social que favorecen la transmisión de una imagen de criminalización de la pobreza. Estas prácticas políticas, sociales y mediáticas generan representaciones deshumanizadoras de las personas en situación de extrema pobreza y crean una distancia simbólica entre «nosotros» y «ellos». De este modo, a través de procesos de deslegitimización y exclusión moral la ciudadanía no se sienten obligada a aplicar las normas morales, reglas sociales y consideraciones de justicia que aplicarían con la población que no está excluida socialmente.

Algo de eso hay en lo que viene pasando en Estados Unidos, donde la población negra ostenta el farolillo rojo de los índices de pobreza, y donde Trump estructuró su campaña de ”Make America great again”, no contra los jeques árabes y su concepción sui generis de los Derechos Humanos, pongamos por caso, sino contra los mexicanos pobres, a los que presentaba como delincuentes en masa. Aquí en España hay una organización que se dice política que hace bandera de la xenofobia llegando a llamar al Papa Francisco “ciudadano Bergoglio”. Los objetivos de los discursos diarios de esa ultraderecha, plagados de datos falsos y de medias verdades, suelen ser los mismos: los manteros, los subsaharianos que saltan la valla, los que arriban a las costas españolas huyendo de la miseria y la guerra jugándose la vida en pateras; también son los 'Menas', ese seudónimo que trata de ocultar que se habla de niños que están solos en nuestro país. Menores de edad a los que no han tenido reparos en señalar día tras día hablando de "inmigrantes de especial peligrosidad" y organizando actos de partido en los centros en los que viven, siempre relacionándolos con delitos y presentándolos como el problema económico del país, aunque los datos se empeñen en quitarles la razón. Pero, curiosamente, su secretario general es hispano-argentino, su portavoz, cubana, uno de sus miembros destacados, senegalés, etc. ¿Cómo es posible?


Pues, seguramente porque no repugnan los árabes que invierten en la Costa del Sol o pagan suculentas comisiones por las obras de empresas españolas en su país, ni los alemanes, rusos y británicos dueños ya de la mitad de la costa del Mediterráneo; tampoco los gitanos adscritos a una tranquilizadora forma de vida “paya”, ni los niños extranjeros adoptados por padres deseosos de un hijo que no puede ser biológico. No repugnan, afortunadamente y por muchos años, porque el odio irracional al de otra raza o al de otra etnia, por serlo, no sólo demuestra una innegable falta de sensibilidad moral, sino una igualmente palmaria estupidez. Sólo los imbéciles se permiten el lujo de profesar este tipo de odios. Sin embargo, sí que son objeto de casi universal rechazo los gitanos apegados a su forma de vida tradicional, tan alejada de ese febril afán de producir riqueza que nos consume; los inmigrantes del norte de África, que no tienen que perder más que sus cadenas; los inmigrantes de la Europa Central y del Este, dueños, más o menos, de la misma riqueza; los que huyen de la guerra, sea donde sea; siguiendo en la lista los latinoamericanos escasos de recursos. El problema, pues, no es de raza ni de extranjería: es de pobreza. Por eso hay sólo algunos realmente racistas y xenófobos, pero aporófobos, casi todos.

¿Qué se puede hacer contra esta lacra? Combatir la aporofobia es complicado, ya que la pobreza es algo generalizado en todo el mundo y es fácil que este rechazo social se contagie de un lado a otro. Además, hay pocas entidades comprometidas en defender los intereses de las persona con pocos recursos. En este sentido, un modo de combatir la aporofobia es divulgar una visión de la pobreza anti-esencialista, que no la vincule a "la esencia" de las personas sino al modo en el que por varias circunstancias deben vivir. También es importante hacer esto sin normalizar la existencia de la pobreza, como si fuese algo predestinado y consustancial a todas las sociedades, que no se puede evitar.

Y que nos dejen respirar.



lunes, 1 de junio de 2020

Pandemia, liderazgo y más.

La pandemia… Corría el mes de marzo de 2020 (después de que todo el mundo se extrañara 
en febrero de la cancelación “por fases” del Mobile World Congress de Barcelona por el temor 
a los efectos de una epidemia de una especie de gripe que, al parecer, se estaba 
desarrollando lejos, en China, y que provocó un goteo de abandonos de participantes), 
cuando saltaron todas las alarmas al empezar a llenarse de repente los hospitales con 
pacientes con los mismos síntomas y se percibió la catástrofe. En un mundo trepidante a 
cuyo ritmo estábamos habituados, la sociedad se vio obligada a detenerse de golpe y a 
confinar a una ciudadanía perpleja para intentar atajar los contagios de no se sabe muy bien 
qué.
Aparece la crisis, ningún gobierno sabe qué hacer vistas las experiencias anteriores como la 
gripe asiática de 1957, la gripe de Hong Kong de 1968, la gripe aviar de 2005 o el síndrome 
respiratorio de 2012, en las que, para los países occidentales, fue más el ruido que las 
nueces, y da la impresión de que todo el mundo da palos de ciego. Los auténticos líderes en 
esa situación son los médicos, las enfermeras, los sanitarios y los investigadores buscando 
una salida razonada al lío socio-sanitario mientras la población está encerrada esperando 
ver qué pasa. El virus ocasiona en poco tiempo el colapso total sanitario, social y económico 
y aparecen desde el punto de vista empresarial los despidos, aunque originalmente en forma 
de ERTEs (Expediente de regulación temporal de empleo) porque se supone que estamos 
ante algo pasajero. Pronto se manifiesta el terrible desgaste emocional por las personas 
fallecidas, por la pérdida del trabajo y por los oscuros nubarrones que nos rodean; la 
ansiedad, el miedo y apatía son protagonistas como consecuencia de la incertidumbre que la 
situación genera. 

Lo positivo aunque sea desde otro punto de vista es que el aire retoma su pureza en todo el 
país por la ausencia de coches en las carreteras y calles y por el parón de la actividad 
industrial, y favorecido por las lluvias. Hay que ser líderes en estos tiempos, lejos de venirse 
abajo, intentaremos levantarnos poco a poco del azote de esta crisis total. También 
deberíamos cuestionar el modelo de globalización, algo que puede impulsar cambios 
positivos en el sentido de cómo hemos hecho las cosas y apoyamos de verdad nuestro 
entorno.

En definitiva, esa modalidad nueva y desconocida de coronavirus bautizada como Covid-19 
ha llegado para crear una situación tan inesperada como desconocida. El virus que se 
extiende a gran velocidad y que nos ha llevado un Estado de Alarma y confinamiento, no 
sólo afecta a la salud, también a las empresas y con ello a la economía. Los políticos se 
apresuran a tomar medidas drásticas y difíciles para intentar frenar lo que ya es una 
pandemia mundial, a la misma vez que sanitarios y servicios mínimos trabajan a destajo.
Pero, ¿Qué pasa en las empresas? Pues que, de una forma u otra, también se enfrentan a 
una situación desconocida y sus gestores, directores y jefes tienen que actuar y responder 
en tiempo récord. Los directivos se enfrentan a una crisis que, no sólo tienen que gestionar y 
coordinar, tienen que liderar (generando confianza en un tiempo de incertidumbre, porque lo 
que nos mueve a todos en medio del duro confinamiento y la pandemia del Covid-19 es la 
confianza en la consecución de las expectativas: por cómo nuestros gobiernos, empresarios, 
medios de comunicación y cualquier otro tipo de organización o persona que tiene que tomar 
decisiones actúan ante la crisis; por cuándo volveremos a la normalidad ; por lo que pasará 
con nuestro puesto de trabajo y nuestra empresa; por cuándo encontraremos una vacuna 
contra el virus). En un momento en que hay poco tiempo de reacción, se hace imprescindible 
que la comunicación sea clara y constante, entre los directores y sus equipos, así como 
entre todos los departamentos.

Hay que tomar decisiones rápidas pero eficaces, decisiones que permitan adaptar el trabajo 
de forma que el impacto de la crisis sea lo más leve posible. La organización y la coordinación 
son la base para hacer efectivos los cambios establecidos en la forma de trabajar. Pero 
además es importante adaptar el trabajo a cada empleado con empatía hacia su situación 
personal. Se hace necesario definir unas estrategias de trabajo efectivas, distribuir los 
equipos de manera adecuada y dotar de las tecnologías necesarias para poder llevar a cabo 
el trabajo remoto (teletrabajo, palabra de moda). Son muchas las empresas y en muchos 
países las que apuestan ahora por el teletrabajo como una forma de trabajo que flexibiliza 
horarios, permite conciliar mejor la vida laboral y familiar y, no por ello, merma la 
productividad. En España ya hay empresas que permiten esta modalidad de trabajo a sus 
empleados. Además existen cada vez más soluciones informáticas que permiten al líder 
medir la productividad de cada empleado.
Está claro que, en estas circunstancias, conviene pensar en el “día de después”, con el 
convencimiento de que esta pesadilla acabará, pese a que hoy quedan sin respuesta las dos 
grandes preguntas: cuándo y cómo. La pandemia está mostrando un mundo desunido, sin 
estrategias de lucha globales, liderazgos claros ni organismos capaces en el que la lucha 
por los recursos sanitarios parece impropia de un mundo globalizado. El sombrío escenario 
en el corto plazo para amplias regiones del planeta, así como la alta probabilidad de crisis 
futuras exige un esfuerzo también global sin precedentes que solo será posible afrontando 
una renovación de la arquitectural institucional internacional que intente proteger la seguridad 
humana. 

La pandemia de coronavirus ha llegado en un momento en el que el orden mundial ya se 
enfrentaba a un grave desafío y a una reacción contra la globalización, el comercio sin 
fronteras y los poderes ejercidos por las instituciones mundiales. La reacción inicial a la 
pandemia acentuó todas estas tendencias: provocó el cierre de fronteras, una perturbación 
masiva del comercio mundial y el cuestionamiento de la eficacia tanto de los gobiernos 
nacionales como de las instituciones internacionales. Pero ¿cuáles serán los efectos a largo 
plazo? Sin lugar a duda, la pandemia repercutirá en la seguridad internacional y tendrá 
consecuencias en multitud de aspectos desde el liderazgo de Estados Unidos, las relaciones 
con China o la articulación de la comunidad internacional. 

El hecho de considerar ciertos aspectos de la salud pública y las enfermedades infecciosas 
como “amenazas existenciales” para la seguridad humana no es un elemento novedoso, ya 
en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 1994 se describen 
como tales. Esto se reafirmó en la Comisión de Seguridad Humana de las Naciones Unidas 
de 2003. En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas ya está tomando iniciativas 
como la que se cita a continuación.
El Pacto Mundial de Naciones Unidas es un llamamiento a las empresas y organizaciones a 
que alineen sus estrategias y operaciones con Diez Principios universales sobre derechos 
humanos, normas laborales, medioambiente y lucha contra la corrupción y la Red Española 
es, desde su creación, una de las primeras plataformas nacionales del Pacto Mundial y la red 
local con mayor número de firmantes. Su modelo de gestión y su estructura organizativa es 
de los más avanzados del Pacto. Precisamente la Red Española del Pacto Mundial ha editado 
un documento de sugerencias de actuaciones para empresas y organizaciones con el fin de 
favorecer el liderazgo y la acción empresarial en el contexto de pandemia provocada por el 
Covid-19 del que Cristina Sánchez, directora ejecutiva de la Red Española del Pacto Mundial, 
señala al respecto que “instamos al liderazgo empresarial en este contexto de crisis porque 
necesitamos líderes que activen las palancas del cambio positivo, de la acción responsable y 
que difundan, gracias a su capacidad de influencia, la importancia de que toma de acciones 
no olvide a los más vulnerables y ni la protección de los derechos. Sabemos que son 
momentos muy difíciles para muchas empresas y mantener la actividad y los contratos es 
prioritario para preservar la economía y las cadenas de suministro, pero desde el Pacto 
Mundial también podemos acercar a nuestros miembros y a todas las organizaciones claves 
de actuación responsable y sugerencias para las empresas que estén en condiciones de 
potenciar las acciones positivas”.

En palabras de Lise Kingo, Consejera Delegada de  UN Global Compact, “hoy, el Pacto 
Mundial de las Naciones Unidas hace un llamamiento especial para dar una respuesta 
corporativa a la pandemia. Para que todas las empresas tomen medidas colectivas para 
frenar el brote de Covid-19 y se mantengan unidas para facilitar la continuidad de los 
negocios con el fin de una rápida recuperación”.

Además del documento, la Red Española ha puesto en marcha otra serie de acciones 
dirigidas a ayudar a las empresas a contribuir a la lucha contra el Covid-19, que incluyen la 
oferta de recursos en abierto y la difusión de las acciones puestas en marcha por sus socios 
para combatir la pandemia, entre otras, haciendo un llamamiento a todas las empresas y 
negocios para que adopten medidas colectivas a fin de frenar el brote de Covid-19, apoyar a 
los trabajadores y facilitar la continuidad de las empresas para una rápida recuperación. 
Otras iniciativas son llamadas de alerta considerando el impacto de esta crisis en los 
derechos de la población, o con la finalidad de mostrar la absoluta vinculación de la respuesta 
al Covid-19 y el clima, la salud y la economía, todo ello en la lógica de la Agenda 2030 y los 
Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Todo eso está muy bien, pero, ya que surge la relación con el medio ambiente en el diseño 
de un futuro post-pandemia y parafraseando a Einstein, no podemos salir de esta catástrofe 
con la misma lógica que la propició. No olvidemos que somos nosotros con nuestra forma de 
consumir, de producir, de vivir… quienes provocamos que muchos de los eventos naturales 
como, terremotos, inundaciones, olas de calor, etc., se conviertan en catástrofes. Lo peor es 
que ahora somos capaces también de propiciar eventos antes reservados a la naturaleza 
como el cambio climático. ¡Hasta en eso la estamos suplantando!  Tampoco está excluido 
que también hayamos contribuido a que el Covid-19, de origen animal confirmado (bastantes 
de las nuevas infecciones de los últimos cuarenta años tiene este origen según la OMS), 
haya llegado a nosotros debido a las disfunciones que estamos introduciendo en los 
ecosistemas, como el comercio de especies y la agricultura y la ganadería intensivas, entre 
otras. Es evidente que en el caso del Covid-19, nuestra forma de vida, nuestra osadía para 
superar la capacidad de acogida del planeta ha determinado no solo la insostenibilidad de 
nuestro mal llamado desarrollo y peor traído proceso de “globalización”, sino también su 
vulnerabilidad y falta de resiliencia, que queda en evidencia en eventos como esta pandemia.

¿Cuál podría ser la nueva lógica? La de no rendirnos ante la realidad. Debemos imaginar 
ante esta realidad anómala, insostenible, vulnerable e injusta, la nueva normalidad post 
pandemia, una nueva realidad deseable, sostenible… y posible. Es una meta que, 
curiosamente, conocemos, aunque somos incapaces de organizarnos para alcanzarla. La 
salida de esta crisis es, sin duda, la de la sostenibilidad, la resiliencia…, la salida es “verde”, 
con energía y, sobre todo, disruptiva. Si este virus lo vamos a parar juntos también podemos 
organizarnos para reconstruir o construir esta nueva normalidad. Como diría el historiador 
Yuval Noah Harari (“Sapiens. De animales a dioses”) el desafío es establecer las condiciones 
para crear la nueva ficción que subvierta la actual, resultado de sucesivas realidades 
impostadas y surgidas al calor de la economía de mercado y del capitalismo liberal, 
realidades que se han sucedido por la vía de los hechos.
Y también de las predicciones continuistas que nos dan esos falsos agoreros como las 
entidades financieras, en particular el Fondo Monetario Internacional (FMI) (coreado por la 
gran banca cuyos directivos, como los de Lehman Brothers, son los que copan los puestos 
del FMI), que se han apresurado a decirnos lo que vamos a decrecer, endeudarnos, 
“desemplearnos”, “inflacionarnos”… este año y los próximos como resultado de la pandemia 
del Covid-19. Es curioso, nos predicen lo que va a ocurrir sin habernos preguntado siquiera lo 
que vamos a hacer en la post-pandemia. Quizás sea porque asumen que vamos a hacer lo de 
siempre, que es, además, presumiblemente lo que les interesa; están convencidos de que 
vamos a seguir haciendo lo que nos está llevando al cambio climático. Están seguros de que 
vamos a seguir haciendo lo que probablemente está en el origen de la pandemia y lo que, con 
toda seguridad, ha magnificado los impactos del Covid-19 al facilitar su propagación e 
incrementar nuestra vulnerabilidad por nuestra equivocada, insostenible e injusta globalización, 
una globalización que generaliza la vulnerabilidad e incapacidad de respuesta tanto de los 
países en desarrollo, por falta de recursos y sistemas sanitarios, como de los desarrollados, 
por falta, curiosamente, de material sanitario de protección, como las mascarillas, que por 
esta globalización se había externalizado a países de mano de obra barata.

Piensan que vamos a seguir siendo una mal llamada “aldea global” donde la riqueza y la 
pobreza van por barrios y en la que la especialización (para explotar en el Norte, para servir 
en el Sur) ha minimizado la diversidad económica, la multifuncionalidad y la autosuficiencia, 
necesarias para ser más resilientes o menos vulnerables. En definitiva, que han asumido que 
a esta pandemia disruptiva que nos ha dejado desnudos frente al espejo, que nos ha 
obligado a tomar medidas tan rompedoras como el confinamiento, vamos a responder con 
un paquete de medidas urgentes “de recuperación de la normalidad” anterior para seguir con 
nuestras respuestas progresivas y llenas de cautelas con las que estábamos respondiendo, 
a todos los niveles, a desafíos tan acuciantes como el cambio climático.
Al colosal desafío socioeconómico actual, agravado por el evento disruptivo del Covid-19, 
hay que responder con planteamientos, conceptos, políticas y formas de hacer políticas 
también disruptivas, la mayoría de ellos conocidos y hasta ahora atemperados por las 
cautelas imperantes para salvaguardar los intereses existentes que se siguen manteniendo 
incluso ante la urgencia del cambio climático. Parece haber llegado el momento de oír, 
aunque no “de obedecer” ni “de disciplinarse” las predicciones de los agoreros financieros y 
de decidir dónde queremos estar después de esta pandemia, de imaginar el futuro deseable 
como forma de alcanzarlo, de ser capaces de lograr el futuro deseable simplemente 
decidiendo nosotros dónde queremos estar.