domingo, 21 de junio de 2020

Racismo, cine… y Trump.

El 19 de junio se celebra en Estados Unidos el "juneteenth", que conmemora que en esa 
misma fecha, en 1865 (hace ahora 165 años), el general Gordon Granger entró en Galveston 
(Texas), una de las últimas regiones donde todavía se practicaba la esclavitud a pesar de su 
abolición, y anunció el fin de la Guerra Civil y la prohibición de llevar a cabo esta inhumana 
práctica. Un  año más tarde, los negros de Texas empezaron a celebrar ese día bajo el 
nombre de Juneteenth -un juego de palabra con el mes de junio y la pronunciación de 19 
ordinal en inglés- con eventos comunitarios como desfiles, oraciones multitudinarias, lecturas 
y actuaciones musicales siendo ahora festividad oficial en 45 estados. Sin embargo, pese a 
esa situación oficial, la realidad es muy otra y la frecuencia con que se repiten en Estados 
Unidos (pero, no nos engañemos, no sólo allí) los episodios de violencia de las llamadas 
fuerzas del orden con ciudadanos de etnias minoritarias, algunos de ellos con los trágicos 
resultados de los casos últimos, de George Floyd o Rayshard Brooks, nos lleva a la 
conclusión de que estamos ante un problema social estructural que trasciende leyes, normas 
y protocolos. Y si hay algo que, en los Estados Unidos particularmente, de una manera u otra, 
es testigo de la evolución social del país, sus normas y costumbres en tanto que divulgador 
de la “american way of life”, eso es el cine. Pues vayamos al cine.
 
En lo que se refiere al racismo, hubo una frecuente aparición del mismo en los inicios del 
cine de los Estados Unidos, en la primera parte del siglo XX. Un ejemplo característico de 
esto sería la mítica película El nacimiento de una nación1, que ha sido una de las más 
polémicas de la historia del cine debido a que su argumento promueve abiertamente el 
racismo, apoya sin ambages la supremacía de la raza blanca y describe en sus escenas el 
supuesto heroísmo de los miembros del Ku Klux Klan.  

Con el tiempo, como las relaciones interraciales han ido tomando otro cariz, han empezado 
a aparecer en el cine documentales sobre el racismo y películas en las que se le aborda 
desde otro punto de vista. Es lo que pasa, por citar un sólo ejemplo, con Arde Mississippi,  
película de 1988, dirigida por Alan Parker y basada en hechos reales, concretamente en el 
asesinato, por el Ku Klux Klan precisamente, de tres activistas pro derechos civiles, que 
ocurrió en Jessup (Mississippi) en 1964. Mención aparte merece el racismo ante otras etnias, 
como el que recoge la película Conspiración de silencio (1955), en la que un soberbio 
Spencer Tracy acaba descubriendo el racismo de la pequeña comunidad de Black Rock 
contra los japoneses, después del ataque japonés a la base militar estadounidense de Pearl 
Harbour.
Sn ánimos de hacer publicidad, dando protagonismo a la vertiente social del problema, viene 
a cuento citar que la plataforma televisiva Netflix ofreció a sus suscriptores hace unos meses 
la miniserie When they see us (Así nos ven, en la versión en castellano), basada en el 
llamado Caso de la corredora de Central Park, acaecido en New York el 19 de abril de 1989, 
y se centra en las vidas y las familias de los cinco adolescentes, cuatro negros y un hispano, 
sospechosos que fueron falsamente acusados y procesados por el ataque y la violación de 
una mujer blanca, Trisha Meili, de 28 años, que hacía joggin en Central Park. Los cinco 
jóvenes fueron divididos por el fiscal en dos grupos para el juicio. Cada joven fue condenado 
por jurados distintos de varios cargos relacionados con el asalto; cuatro fueron condenados 
por violación. Fueron condenados a penas máximas y encerrados, en principio, en 
correccionales para menores, a excepción de Korey Wise, que tenía 16 años en el momento 
del delito y el sistema legal lo trató como adulto. Había estado recluido en instalaciones para 
adultos y cumplió su condena en prisión para adultos. 

A pesar de la falta de pruebas, Antron McCray (15 años), Kevin Richardson (14), Yusef 
Salaam (15), Raymond Santana (14) y Korey Wise (16) pasaron años en prisión antes de que 
Matías Reyes, un asesino convicto y violador en serie recluido por el asesinato y violación de 
una mujer embarazada, confesó en enero del 2002 ser el verdadero autor de la violación de 
Central Park. Tras la confesión de Reyes, el entonces fiscal de distrito Robert M. Morgenthau 
recomendó que los cinco quedaran libres de todos los cargos. Las condenas y cargos fueron 
anulados el 20 de diciembre de 2002 y en 2003 Richardson, Santana y McCray demandaron 
a la ciudad de Nueva York por condena injusta, llegando a un acuerdo con la administración 
del alcalde demócrata Bill de Blasio, en el 2014, por 41 millones de dólares. Algunos de los 
protagonistas son hoy activistas a favor de la reforma del sistema de justicia y miembros de 
Project Innocence, una organización no gubernamental sin ánimo de lucro que busca liberar 
a las personas injustamente condenadas. 
 
En su caso, los interrogatorios a los que la policía sometió a los muchachos fueron tramposos 
con el fin de entregar cuanto antes a la opinión pública la cabeza de unos culpables, fueran 
quienes fueran. Se eludió la prueba del ADN, que no coincidió con el de ninguno de ellos, y 
se editaron y manipularon los vídeos de sus declaraciones para construir el relato del crimen. 
El complot policial impulsado por Linda Fairnstein, jefe de la unidad de crímenes sexuales de 
Manhattan, logró tras horas de interrogatorios ilegales y coacciones que los cinco chicos 
acabaran confesando haber participado en un delito cuya existencia incluso desconocían 
antes de entrar en comisaría. Tras un juicio sin más pruebas que esas falsas confesiones, 
fueron hallados culpables. La víctima, que estuvo varios días en coma, borró de su memoria 
la agresión y no pudo reconocer el rostro del violador. Yusef, Raymond, Korey, Antron y 
Kevin fueron condenados por asalto, robo, violación e intento de asesinato. A pesar de que 
se les ofreció algún acuerdo para rebajar sus penas o para que en su momento pudieran 
optar a la condicional, los cinco de Central Park defendieron tozudamente su inocencia, con 
un aplomo asombroso para tan tierna edad. Pasaron la adolescencia y primera juventud en 
la cárcel hasta que, como ya se ha apuntado, en 2002, un recluso, Matías Reyes, confesó 
ser el violador de Central Park. La investigación se revisó, se comprobó la coincidencia del 
ADN con Reyes y los cinco muchachos fueron exonerados de toda culpa. Pero sólo cuando 
Bill de Blasio asumió la alcaldía de Nueva York se compensó a los jóvenes con 41 millones 
de dólares, aunque nadie públicamente admitiera responsabilidad alguna.

Pero más allá de mostrarnos un terrible error judicial propiciado por una, cuando menos 
discutible, actuación policial, When they see us reflexiona sobre sus consecuencias y cómo 
la vida de personas inocentes se puede ir al traste. Estos jóvenes vivieron su paso de la 
infancia a la vida adulta privados de libertad, y su regreso a la vida real no fue fácil. Sufrieron 
el desprecio y el escarnio de parte de sus vecinos y tuvieron problemas para incorporarse al 
mercado laboral tras ser liberados. La miniserie busca remover conciencias, aunque 
lamentablemente no siempre lo consigue. El actual inquilino de la Casa Blanca, Donald J. 
Trump, también aparece en la serie: solo dos semanas después del arresto de los jóvenes y 
sin haberse celebrado los juicios, ya pedía reinstaurar la pena de muerte para acabar con 
sus vidas. Por la forma en la que el actual presidente de Estados Unidos afronta la actual 
crisis generada por la muerte de George Floyd y de Rayshard Brooks, parece que, cuando 
se estrenó la serie, no tuvo ocasión de verla y recordar esos tristes hechos de hace tres 
décadas. 
La miniserie no muestra a ningún actor interpretando al entonces magnate inmobiliario; 
Donald J.Trump sólo aparece en unas imágenes de entonces con su aire de galán hortera, 
célebre por sus discutidas operaciones financieras, símbolo de ese New York de millonarios 
en una ciudad sacudida realmente por la miseria, la droga y el crimen. Declaró en su día en 
varios programas televisivos que ya estaba bien de concederles ventajas a los negros. A 
veces, confesaba con su verbo simplón, desearía ser negro para disfrutar de tantos 
privilegios. Estas declaraciones fueron acompañadas de páginas enteras compradas en los 
principales periódicos de la ciudad exigiendo la pena de muerte y una mayor dureza en el 
trato policial. Hoy en día, se lamentaba entonces aquel Trump juvenil (que ya apuntaba 
“maneras”), las víctimas están desprotegidas y los asesinos campan a sus anchas. Trump 
solo habla en la serie a través de un puñado de grabaciones sacadas de las noticias y de su 
ya icónico anuncio publicado en cuatro periódicos de Nueva York de "Reinstauremos la pena 
de muerte. Reinstauremos a nuestra policía"."El alcalde (Ed) Koch afirma que el odio y 
rencor debería ser eliminado de nuestros corazones. Yo no lo pienso así", escribió Trump, 
quien pagó alrededor de 85 mil dólares por estos anuncios. "Quiero odiar a estos asaltantes 
y asesinos. Debería ser forzados a sufrir. [...]  ¡Debemos decirle a los criminales que sus 
derechos civiles terminan cuando un ataque a nuestro bienestar comienza!",

Incluso en tiempos recientes cuando los 'Cinco de Central Park' fueron exonerados, el 
mandatario se negó a retractarse y en octubre del 2016, en plena campaña presidencial, 
reafirmó su creencia que los entonces adolescentes eran culpables del crimen. "Admitieron 
que eran culpables. La policía que hizo la investigación inicial dijeron que eran culpables", 
dijo en una entrevista a CNN obviando que una de las razones del fiscal para retirar los 
cargos era, precisamente, la evidencia de coacciones en los interrogatorios. "El hecho de 
que el caso terminó mediante un acuerdo con tanta evidencia en su contra es indignante". 
Por el contrario, para los 'Cinco de Central Park', lo indignante es que Trump no se haya 
retractado de sus palabras.

Cuando Netflix estrenó la mini serie, Trump se hallaba de viaje oficial en Gran Bretaña, y la 
referencia insultante que dedicó al alcalde de Nueva York al decir que Sadiq Khan, el de 
Londres, era tan tonto como De Blasio, pero más bajo, algo tuvo que ver con el cabreo 
provocado por la serie que trata de sacarle los colores. Pero él jamás retrocede. No le 
importa ser racista, abusivo o misógino y exhibirlo. Utiliza el odio contra la corrección política 
para animar a sus votantes a seguir siendo racistas, supremacistas y misóginos. Una 
estrategia estudiada para arrebatar los servicios de salud pública a las mujeres pobres y a 
los niños, la legalidad a los inmigrantes y el trato de igualdad a los negros. Todo responde a 
un plan. Y le votan, pese a que, por ejemplo, en estos tiempos de pandemia que corren, y en 
el país con el mayor número de contagios y muertes por el Covid-19, programa un acto de 
partido masivo en la ciudad de Tulsa, Oklahoma (precisamente un día después del "juneteenth" 
y precisamente en Tulsa, donde hace 99 años se produjo el mayor linchamiento masivo de 
ciudadanos de raza negra de la historia de los Estados Unidos con al menos 300 personas 
asesinadas), en un recinto cerrado, prohibe el uso de mascarillas en él y pide que no se hagan 
más test con el argumento (?)  de que sólo valen para descubrir más casos (auténtico). Y viene 
a Europa, a lo que todavía es Europa, a recoger los frutos del mal que sigue sembrando. 
Y aquí lo saben. 
 
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1El nacimiento de una nación (título original: The Birth of a Nation) es una película muda estadounidense de 1915 dirigida por el prolífico David Wark Griffith, considerado el padre del cine moderno. Es, debido a su técnica, una de las más famosas de la época del cine mudo, con avances técnicos no utilizados hasta esas épocas que tornaron a la película en un notable progreso en cuanto a la aún joven cinematografía. En su estreno la película fue titulada The Clansman, pero el título fue cambiado posteriormente a El nacimiento de una nación para reflejar la creencia de Griffith de que Estados Unidos emergió como nación unificads de la guerra civil. A lo largo de la película los individuos de raza negra son presentados de forma grotesca como ignorantes y lerdos, ansiosos de diversión y de sexo, forzando un marcado contraste con los blancos del Sur.

jueves, 18 de junio de 2020

“Ethnic profiling”.

Cuando, recientemente, se produjo en Minneapolis (Estados Unidos) el caso del asesinato 
por agentes de policía de George Floyd y, seguidamente, el crecimiento de las protestas en 
prácticamente, todo el mundo para poner de relieve los legados de la esclavitud, el 
colonialismo y la violencia blanca contra la comunidad negra y otras minorías, así como la 
brutalidad de la policía, en estas líneas reflexionamos sobre la aporofobia como causa de 
fondo de esos sucesos; lamentablemente, sólo pocos días después, un nuevo caso de 
violencia policial contra un ciudadano afroamericano (o sea, negro) estremece otra vez a 
Estados Unidos y al mundo. Según se ha publicado, un video de seguridad muestra a un 
agente de la policía, blanco, de Atlanta que dispara por la espalda contra un hombre negro 
(Rayshard Brooks, de 27 años, que fue declarado muerto poco después, en lo que las 
autoridades forenses han calificado como "homicidio") al que había despertado unos minutos 
antes porque se encontraba durmiendo en un área de recogida de pedidos de un restaurante 
de comida rápida. La jefa de la policía de Atlanta, Erika Shields, dimitió tras el tiroteo. 
Nada hacía prever el fatal desenlace.
El hecho de que las imágenes del vídeo desmientan la versión primera de la policía sobre el 
luctuoso incidente y que la prensa de Atlanta publique que este es el 48° caso de tiroteo con 
policías implicados que investiga la Oficina de Investigación de Georgia desde comienzos de 
año, indica que la reflexión centrada en la aporofobia queda incompleta si lo que se pretende 
es analizar mínimamente unos hechos y ahora nos centraremos en el racismo estructural.

Nos repetimos que todos somos iguales. Que todos somos seres humanos. Que todos 
tenemos el mismo destino: seis metros bajo tierra. Pero, ¿de verdad nos lo creemos? Esto 
es algo estructural. No es un conflicto político parte del revoltillo coyuntural. El racismo existe, 
y existe en todo el mundo, no sólo en Estados Unidos. Algo tan superficial en el fondo 
(perdón por la contradicción retórica) como el color de la piel nos afecta profundamente. El 
racismo es un problema estructural y particular. En tierras como la del Tío Sam el asunto es, 
además, institucional. No es una polémica de barra pese a que, desde fuera, la mejor y más 
“civilizada” decisión es limitarse a los principios universales como el rechazo a la 
discriminación y a la violencia, tanto de los policías como de los vándalos. George Floyd, 
Rayshard Brooks y tantos otros eran negros, sí, pero sobre todas las cosas eran seres 
humanos, un valor que no conoce de fronteras.

Tampoco son temas ideológicos y no se debe pensar en que, como es la izquierda moderna 
la que toma la bandera de la defensa de las minorías, caer en el simplismo de verlo como 
una partida más entre liberales y conservadores. No. Primero, tengamos en cuenta que, en 
los Estados Unidos donde ocurren estos hechos, la segregación de iure fue abolida tan 
recientemente como en 1965 por un gobierno republicano, mientras las leyes que impedían 
a los negros, entre otras cosas, usar los mismos baños o el mismo transporte que los 
blancos, emanaron de las legislaturas locales controladas por el liberal Partido Demócrata. 
De hecho, quien consiguió, con la espada, derogar el derecho de un ser humano a ser 
dueño de otro fue el presidente Abraham Lincoln, del conservador Partido Republicano. 
 
Ningún problema es realmente nuevo, y parece conveniente recordar las palabras de John 
Donne1, dichas allá por 1624:

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una 
parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera 
un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de 
cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca 
hagas preguntas por quién doblan las campanas: doblan por ti.

Para establecer el marco conceptual, el sociólogo Robert Staples2 enfatiza que el perfil racial 
en los Estados Unidos "no es simplemente una colección de delitos individuales" sino más 
bien, un fenómeno sistémico en toda la sociedad estadounidense, que se remonta a la era 
de la esclavitud y, hasta la década de 1950, fue, en algunos casos, "codificado en derecho". 
La consagración de los ideales de perfil racial en la ley de los Estados Unidos puede 
ejemplificarse en varios períodos importantes en la historia de los Estados Unidos. Haciendo 
un poco de historia, en 1693, los funcionarios de la corte de Filadelfia otorgaron a la policía 
la autoridad legal para detener y detener a cualquier negro (liberado o esclavizado) visto 
deambulando. A partir de mediados del siglo XVIII, las patrullas de policía se utilizaron para 
detener a los esclavos en cualquier lugar con el fin de garantizar que fueran legales. A 
mediados del siglo XIX, los Códigos Negros, un conjunto de estatutos, leyes y normas, se 
promulgaron en el Sur para recuperar el control sobre los esclavos liberados y ex esclavos y 
relegar a los afroamericanos a un estatus social más bajo. 

El concepto de racismo institucional (pues de eso se trata) nace en los años sesenta en 
EEUU en el contexto de la lucha por los derechos de los afroamericanos para hacer alusión 
a aquellos ordenamientos legales y pautas de conducta establecidas con las que las 
personas pertenecientes al grupo dominante oprimen al grupo subordinado, sin que ello 
implique necesariamente una intención o propósito por parte del explotador ya que el énfasis 
está puesto en las consecuencias. Hablando de la dimensión institucional del racismo, hay 
que poner el acento sobre el carácter sistemático, estructural e implícito del mismo y, según 
esta perspectiva es un fenómeno imbricado en el funcionamiento de la sociedad y es, en 
parte, independiente de las intenciones y de la conciencia de algunos actores. En este 
sentido, curiosamente, el racismo es compatible con los discursos antirracistas.
 
Dando un salto en el tiempo, a fines de la década de 1990, el perfil racial se politizó cuando 
la policía y otras fuerzas del orden público estadounidenses fueron objeto de escrutinio por 
las paradas desproporcionadas de tráfico de los automovilistas de etnias minoritarias. 
Investigadores de la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en 
inglés) proporcionaron evidencia de un perfil racial generalizado, y un estudio mostró que si 
bien los negros solo representaban el 42 por ciento de la población de conductores  en el 
estado de Nueva Jersey, representaban el 79 por ciento de los automovilistas detenidos en 
ese estado.

El mencionado perfil racial (ethnic profiling, como se le conoce oficialmente) es el sospechar 
o atacar a una persona sobre la base de las características o el comportamiento atribuidos a 
un grupo racial o étnico, en lugar de guiarse por una sospecha individual. Sin embargo, el 
perfil racial no se limita solo a la etnia o raza de un individuo, sino que también puede 
basarse en su religión o en su origen nacional. En los países europeos, como se ha apuntado 
más arriba, el término "perfil étnico" también se usa en lugar de perfil racial. En España, el 
uso del perfil racial por las fuerzas policiales es una práctica común y un estudio realizado 
por la Universidad de Valencia descubrió que las personas de aspecto no blanco tienen 
hasta diez veces más probabilidades de ser detenidas por la policía en la calle. Incluso 
Amnistía Internacional ha acusado a las autoridades españolas de utilizar perfiles raciales y 
étnicos, y a la policía de señalar a las personas que no parecen caucásicas en la calle y en 
los lugares públicos.

Como confirmación de este sensación, coincidiendo casualmente en el tiempo, la máxima 
autoridad de la policía de Catalunya, los Mossos d’Esquadra, Eduard Sallent, en una 
entrevista en el programa "Els matins" de la televisión pública catalana,TV3, ha admitido que 
los Mossos y todas las policías del mundo tienen un hecho común universal, un "sesgo étnico" 
a la hora de hacer su trabajo y, sobre todo, cuando se trata de hacer identificaciones. "Es 
una cuestión que es transversal a todas las policías y que tiene mucho que ver con los 
procesos migratorios y con la construcción de lo que han sido unas sociedades diversas. La 
ley de extranjería, los procesos migratorios y determinadas realidades de exclusión social 
producen en todos los cuerpos policiales, no sólo en los Mossos, un sesgo en las 
identificaciones policiales".
Eduard Sallent durante la entrevista.
A modo de ejemplo, explicó que si "un policía sólo entra en contacto con una comunidad en 
situaciones que tienen que ver con su trabajo", esto puede generar un estereotipo sobre 
aquella comunidad aunque el agente, en general, "no tiene una actitud racista activa. Se 
puede generar un resorte que, cuando ves una determinada persona, te genera una 
determinada alerta. Y que automáticamente lo pares y hagas una identificación, lo que es, 
además, tremendamente injusto, porque se está victimizado una comunidad, aparte de 
resultar tremendamente ineficaz", para lo que cita las conclusiones de un estudio que 
hicieron en 2007 en Girona.

Y eso a pesar de que en 2011, el Comité de las Naciones Unidas para la Eliminación de la 
Discriminación Racial (CERD) instó al gobierno español a tomar "medidas efectivas" para el 
perfil étnico, incluida la modificación de las leyes y reglamentos existentes que permiten su 
práctica, que en 2013, el Relator Especial de la ONU, Mutuma Ruteere, describió la práctica 
de la elaboración de perfiles étnicos por parte de los oficiales de policía españoles como "un 
problema persistente y generalizado" y que en 2014, el gobierno español aprobó una ley que 
prohíbe la discriminación racial por parte de las fuerzas policiales.

Y ¿qué dice Europa? Pues el Consejo de Europa describe el perfil racial o étnico en la 
vigilancia como "el uso por parte de la policía, sin justificación objetiva y razonable, de 
motivos tales como raza, color, idiomas, religión, nacionalidad u origen nacional o étnico en 
actividades de control, vigilancia o investigación" y afirma que se trata de una práctica de uso 
persistente y que, aunque de ninguna manera es nuevo, este fenómeno está muy extendido 
en el área de los países del Consejo de Europa, a pesar de la creciente conciencia de la 
necesidad de enfrentarlo con el apoyo de un cuerpo de jurisprudencia que está en  
permanente evolución.
Las políticas gubernamentales pueden otorgar poderes discrecionales excesivos a las 
autoridades policiales, que luego usan esa discreción para dirigirse a grupos o individuos 
según el color de su piel o el idioma que hablan. Muy a menudo, el perfil étnico es impulsado 
por prejuicios y una de sus formas más frecuentes es el uso de procedimientos de detención 
y búsqueda diferentes con grupos minoritarios y extranjeros. El perfil racial y étnico también 
ocurre en el sistema de justicia penal, con personas que pertenecen a grupos minoritarios 
que a menudo reciben sentencias penales más severas, a veces también debido a un sesgo 
implícito que cada vez se perpetúa más. Según los resultados de una encuesta en toda la 
UE realizada en 2015-2016 a más de 25,000 encuestados con diferentes antecedentes de 
minorías étnicas e inmigrantes, el 14% había sido detenido por la policía en los 12 meses 
anteriores a la encuesta y las estadísticas del Ministerio del Interior británico para 2017-2018 
muestran que, en Inglaterra y Gales, las personas negras eran nueve veces y media más de 
probabilidad de que sean detenidas que las personas blancas. 

La recopilación y publicación de datos estadísticos sobre vigilancia policial, desglosados por 
nacionalidad, idioma, religión y antecedentes étnicos, es un paso esencial para identificar las 
prácticas de elaboración de perfiles y aumentar la transparencia y la responsabilidad de las 
autoridades policiales. Los litigios estratégicos de los abogados, las ONG y las estructuras 
de derechos humanos, cuando corresponda, también contribuirían a una mayor conciencia 
del problema y obligarían a encontrar soluciones apropiadas. Además, la policía debe tener 
cuidado de no difundir y perpetuar los prejuicios al vincular el origen étnico, el origen 
nacional o el estado migratorio con la actividad criminal. Los medios de comunicación, por su 
parte, deben evitar los estereotipos de personas pertenecientes a grupos minoritarios, así 
como a migrantes, refugiados y solicitantes de asilo, ya que esto puede alimentar el racismo 
y el odio y puede contribuir a la "normalización" de las prácticas discriminatorias, incluido el 
perfil étnico. En cambio, debería reflejar correctamente la contribución positiva de los grupos 
minoritarios a las comunidades en las que viven y asociarse con las escuelas, las 
instituciones nacionales de derechos humanos y la sociedad civil para ayudar a construir 
sociedades más inclusivas y tolerantes, incluso a través de programas de educación en 
derechos humanos.

Eso es parte de lo que dice en sus recomendaciones el Consejo de Europa. El papel, que lo 
aguanta todo...


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1John Donne (1572-1631) fue el más importante poeta metafísico inglés de su época.

2Actual profesor de Sociología de la Universidad de California, está considerado una autoridad mundial en el estudio y divulgación de la forma de vida de las familias negras en EEUU.

domingo, 14 de junio de 2020

El teletrabajo y la pandemia

En estos días convulsos y confusos que nos ha tocado vivir debido al azote de la pandemia 
causada por el virus de la familia de los coronavirus conocido como Covid-19, el Gobierno 
decretó en su día, como principal medida para intentar evitar contagios, para todo el país, un 
“estado de alarma” que incluía la recomendación de que todas las empresas en las que sus 
empleados pudieran teletrabajar desde casa (dando por descontado, naturalmente, que 
muchos empleos y/o tareas no son aptos para el teletrabajo) implementaran ese sistema 
para conciliar el obligado confinamiento con el mantenimiento de la actividad laboral en el 
periodo en que estuviera vigente el estado de alarma. La realidad de la recomendación era 
promover el teletrabajo en todo el territorio español para conseguir la flexibilización de 
horarios y suplir las reuniones, que pasaban a ser no presenciales dada la situación sanitaria.  
 
 
Teletrabajo (o trabajo remoto, como se le conocía originalmente). Bonita palabra.¿Novedosa? 
Pues sí y no porque, ya en 1995, financiado por el Ministerio de Economía y Hacienda, un 
equipo multidisciplinar investigó en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) las 
posibilidades del autoempleo y el teletrabajo en España, si bien desde el casi único punto de 
vista del autoempleo y en 2006 el Gobierno español previó su extensión dentro del Plan 
Concilia (plan integral de conciliación de la vida personal y la laboral en la Administración 
General del Estado). Pero ¿qué es en realidad el teletrabajo?

El teletrabajo es una forma flexible de organización del trabajo que consiste en el desempeño 
de la actividad profesional sin la presencia física del trabajador en la empresa. Engloba una 
amplia gama de actividades y puede realizarse a tiempo completo o parcial y hace un tiempo 
era, sencillamente, impensable, toda vez que la realización de la actividad profesional en el 
teletrabajo, implica la utilización de las nuevas tecnologías de la información y la 
comunicación (TICs) como, básicamente, PC, Internet, teléfono móvil y cámara digital, entre 
otras. Dentro de Internet se engloba principalmente la navegación web y el correo electrónico. 
Y, según el caso, blogs, sitios web, software de traducción, mensajería instantánea y telefonía 
IP para el contacto eficaz entre el teletrabajador y la empresa.
La situación de emergencia ha llevado a millones de trabajadores españoles a trasladar sus 
empleos al salón, la mesa de la cocina o el despacho de su casa. Según la Encuesta de 
Población Activa (EPA), de los casi 20 millones de trabajadores que había en España en 2019, 
sólo el 4,5 % trabajaba en remoto de manera habitual y un 8,4 % lo hacía ocasionalmente. 
Ahora, en cambio, teletrabajan casi diez millones de empleados en España. Sin embargo, es 
importante señalar que este confinamiento laboral masivo ha llegado sin regulación 
específica y sin ningún tipo de facilidades para los trabajadores, debido a lo cual, el 
funcionamiento de muchas empresas durante este tiempo ha sido sobre la base de 
improvisación y de mucho esfuerzo por parte de los trabajadores. De hecho, según se ha 
recogido en Forbes y en Bloomberg, los trabajadores que desempeñan sus labores en casa 
han pasado de una dedicación de ocho a diez horas diarias, basándose en la medición del 
tiempo de conexión a las VPN (la red privada virtual que conecta con la empresa). Además, 
se han incrementado las conexiones de madrugada, viéndose picos desde medianoche hasta 
las tres de la madrugada, haciendo que la desconexión y el derecho al descanso se vean 
vulnerados. Aún así, multitud de empresas se plantean prolongar en el tiempo el trabajo 
remoto para garantizar mayor seguridad sanitaria a todos sus empleados como consecuencia 
del Covid-19, algo que pone en evidencia la necesidad urgente de una regulación en materia 
de teletrabajo.

España es uno de los países de la Unión Europea (UE) peor preparado para el teletrabajo1. 
El reciente (octubre de 2019, sólo meses antes del estallido de la pandemia) informe de la 
Organización Internacional del Trabajo (OIT) Trabajar en cualquier momento y en cualquier 
lugar: consecuencias en el ámbito laboral, en cuya introducción se puede leer que Las 
nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) han revolucionado el trabajo y 
la vida cotidiana en el siglo XXI. Permiten a las personas conectarse con amigos y familiares 
–también con compañeros de trabajo y  supervisores–  en  cualquier  momento;  sin 
embargo, también facilitan la intrusión del trabajo remunerado en los espacios y tiempos 
reservados para la vida personal. La separación del trabajo remunerado de los espacios 
tradicionales de oficina ha sido un factor crucial de este desarrollo. El trabajo de oficina 
actual y, en términos más amplios, el trabajo del conocimiento, se fundamenta en Internet y 
se puede llevar a cabo desde prácticamente cualquier lugar y en cualquier  momento.  Esta 
nueva independencia espacial ha transformado el rol de la tecnología en el entorno de 
trabajo, ofreciendo nuevas oportunidades y nuevos desafíos, pone de manifiesto que países 
como Dinamarca, Suecia y Finlandia, seguidos por Holanda, Bélgica y Reino Unido son los 
más adelantados en materia de teletrabajo.
No obstante, la crisis del Covid-19 y las urgencias de la pandemia han propiciado que las 
empresas españolas hayan tenido que adaptarse al teletrabajo en tiempo récord y sin apenas 
tiempo para afrontar la transición. La situación creada, que desde el 14 de marzo mantiene a 
gran parte de la población recluida en sus hogares, ha provocado que, a indicación de la 
empresa, muchos trabajadores hayan tenido que transformar su entorno laboral y la forma de 
relacionarse con sus jefes y compañeros de forma radical aunque ésto haya sido inesperado 
porque, en realidad, nadie estaba preparado y no se pueda considerar en puridad una 
experiencia de teletrabajo óptima ya que mucha gente ni siquiera contaba con el espacio o 
los medios necesarios para llevarlo a cabo y soluciones técnicas para videoconferencia y 
trabajo colaborativo se han convertido de la noche a la mañana en herramientas 
imprescindibles para muchos trabajadores que hasta este momento jamás habían tenido 
que utilizarlas.

La gran incógnita que se presenta ahora, una vez el teletrabajo se ha convertido en una 
realidad para miles de empresas y trabajadores, es hasta cuando durará, sobre la base de 
que la transformación del puesto de trabajo ya era una realidad antes del Covid-19 y éste, lo 
único que ha provocado es que se acelere. Cuando esta pesadilla acabe, probablemente no 
se va a volver a la situación de antes pero, lo que es seguro, es que tampoco se va a seguir 
trabajando 100% online, fundamentalmente por la existencia de dos razones: la falta 
endémica de medios, sobre todo en la empresa pequeña, para realizar el trabajo en entornos 
digitales de forma eficaz y segura, y la cultura organizativa en la que el presencialismo es el 
gran lastre que impide la adopción del teletrabajo en España; aquí existe una desconfianza 
histórica de la empresa hacia el trabajador y se tiende a pensar que si el empresario no está 
presente para vigilar al empleado, éste no va a cumplir con su trabajo.

Para el futuro, las medidas de distanciamiento social (que se mantendrán de una u otra 
formas) requerirán necesariamente para la empresa una ocupación mucho menor de los 
espacios físicos de trabajo y, además, no tendría sentido dar marcha atrás a una manera de 
trabajar que sabemos que puede mejorar significativamente la productividad de los 
empleados, así como ayudar a atraer y vincular a la empresa un talento nuevo cada vez más 
disputado, No se espera que haya una revolución; va a seguir primando el presencialismo. 
De hecho, el propio empleado, que ha tenido que compaginar el trabajo con el cuidado de 
los niños y no lo ha tenido fácil, no lo va a pedir mucho porque no ha tenido una experiencia 
positiva. Sin embargo, según una encuesta del sindicato UGT, 7 de cada 10 encuestados 
cree que al menos tres cuartas partes de su trabajo las puede realizar acogiéndose a esta 
modalidad. No obstante, la gran mayoría (97%) considera que es necesario regular esta 
opción. La conclusión de la encuesta es que "Es obvio que el teletrabajo es una opción que 
ha venido para quedarse, y en la que hay que perfilar el modelo adecuado para que sirva 
tanto a la prestación del servicio como a la salvaguardia de los derechos de sus 
protagonistas". 
Quizá convenga echar una ojeada a qué representa la opción del teletrabajo para la 
çempresa y para el trabajador. Para la empresa, resumiendo a grandes rasgos, es un tema 
de mejora de productividad, rentabilidad y competitividad a través de la racionalización de 
costes2; sólo con estos objetivos puede entenderse que empresas que hace poco tiempo 
estaban radicalmente en contra del trabajo remoto se hayan convertido en fervientes 
defensoras y adalides del mismo.

¿Y para el trabajador? Técnicamente, una reducción de los desplazamientos a y desde el 
lugar de trabajo, lo que supone un ahorro de tiempo y de dinero, y una reducción de fatiga, 
mayor flexibilidad del horario laboral, que le permite (videoconferencias programadas aparte) 
organizar sus horas de trabajo y adaptarlas a sus necesidades personales, una mayor 
autonomía y una mayor libertad en temas personales menores como el vestuario y las 
relaciones con compañeros de trabajo. Entre los inconvenientes, la necesaria inversión en 
equipos (se empieza a debatir seriamente quién ha de asumir estos gastos), soporte técnico 
y formación para conseguir una mayor productividad en el teletrabajo, la sobrecarga de 
trabajo y la extensión de la jornada laboral (dos de los aspectos más criticados por el 68% 
de los encuestados en la encuesta de la UGT citada) y los problemas psicológicos derivados, 
como las sensaciones de aislamiento o el temor a no promocionar.

Como corolario, es poco probable que, más allá de la pandemia, los factores que han 
motivado el real desarrollo del teletrabajo desaparezcan: los problemas de tráfico aumentarán, 
el respeto al medio ambiente constituirá una mayor exigencia, las empresas necesitarán 
incrementar su flexibilidad y competitividad, tendrán que reorganizarse y contratar a personal 
más cualificado, mejorar el servicio al cliente y reducir los costes fijos, con lo que parece 
probable que el teletrabajo siga creciendo en el futuro pero no se va a producir una revolución; 
lo que parece más probable es un cambio paulatino de las formas de organización laboral 
como consecuencia de la revolución informática.
 
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1En España no existe una regulación como tal en materia de teletrabajo, aunque sí se hace referencia al mismo en el artículo 13 del Estatuto de los Trabajadores (ET), si bien en él únicamente se especifica que los trabajadores a distancia tendrán los mismos derechos que los que prestan servicio en el centro de trabajo de la empresa y que el empresario deberá establecer los medios necesarios para asegurar el acceso efectivo de estos trabajadores a la formación profesional para el empleo. El artículo también se detiene en la salud laboral, añadiendo que "los trabajadores tienen derecho a una adecuada protección en materia de seguridad y salud" y que podrán ejercer los derechos de representación colectiva conforme a lo previsto en la ley.

2No eran pocas las veces en que se tomaba un avión para asistir a una reunión - a veces intrascendente – de una duración de una hora escasa, y vuelo de vuelta. Y la empresa conocía esta irracionalidad e incluso la alentaba . Algo parecido pasa hoy ya con las videollamadas, que sustituyen las reuniones - not all calls must be videocalls -, en las que ya hay voces que propugnan que con una simple llamada telefónica, tradicional, sin necesidad de verse las caras, se pueden solventar muchos temas.