lunes, 8 de abril de 2013

Boletín nº 23: ¿Qué vende una entidad financiera?



EL CUENTO DE LA LECHERA

Poco podía imaginarse Esopo, uno de los más conocidos fabulistas de la antigua Grecia, que su obra tendría tantas adaptaciones y enfoques diferentes a lo largo del tiempo. Y eso no tiene por qué ser malo: es síntoma de que sus fábulas pueden adaptarse a la realidad de cada momento. Es diferente de los cuentos de Perrault o de los hermanos Grimm, que aparte del cambio de envoltorio estético o temporal, poco puede cambiarse porque ya llevan la moraleja inducida.

En una muestra más de que, no sólo las parábolas o las metáforas, sino también las normas que inspiran algunas de esas parábolas, son cambiantes, comparemos, os invito a comparar dos “versiones” de un mismo cuento, con conclusiones radicalmente diferentes. Ambas narraciones propuestas se basan en el archiconocido cuento de la lechera; la primera es la que nos ofrece el escritor Víctor González[1] y que dice así:

La lechera iba camino del mercado, con el consabido cántaro de leche en precario equilibrio sobre su cabeza. Este principio es bien conocido.
Mientras caminaba iba soñando y hablando en voz alta, haciendo planes para el futuro:
-Con el dinero de la venta de la leche compraré una segunda vaca, así tendré más leche para vender y ganaré más dinero. De ese modo podré comprar una tercera vaca, y después una cuarta y una quinta... y así sucesivamente hasta hacerme rica. Un día, en lugar de una vaca, me compraré una villa en Niza y me retiraré a descansar y disfrutar de mi dinero.
En principio, nada que objetar. Visto así no parecía un mal plan. Sin embargo, la lechera, abstraída en sus pensamientos, tropezó con un tejón que cruzaba por allí y casi se le cae el cántaro al suelo. Por suerte eso no ocurrió, pero a partir de ese momento dejó de darle a la cabeza y fue mucho más atenta al camino.
Llegados a este punto del cuento conviene señalar que la lechera era una mujer muy fuerte, su vaca era buenísima y el cántaro contenía cien mil litros de leche. Una lechera normal no podría con tanto peso.
En cuanto estuvo instalada en el mercado empezó a vender leche. Aunque no tenía conocimientos de marketing ni sabía nada de fluctuaciones del mercado, oferta, demanda y todo eso, tuvo la rara ocurrencia de ponerle a la leche un precio exageradamente alto: cien euros por litro.
Sus colegas lecheras comentaban:
-Esmeralda está loca. ¿Quién va a pagar esa barbaridad por un litro de leche? Nadie.
Pero ella no hizo caso y se limitó a esperar confiadamente. Cuando la gente llegaba a su puesto y veía el precio de la leche se decía:
-Esta leche tiene que ser extraordinaria. De otro modo no podría valer tanto.
Y todos compraban al menos un cuartillo, aunque solo fuera para probarla.
Se corrió la voz. Algunos millonarios caprichosos le compraron varios cientos de litros y, a media mañana, un afamado fabricante de quesos se llevó toda la que le quedaba.
Esmeralda se puso a hacer cuentas. Había vendido los cien mil litros, a cien euros por litro, total diez millones de euros. No estaba nada mal para una sola mañana.
Con aquel dinero montó una gigantesca instalación agropecuaria de última generación, con ordeñadoras automáticas y todo. Incluso tenía su propio lacteoducto con el que enviaba la leche directamente a los supermercados de todo el mundo.
Al final no se compró la villa de Niza, sino en Saint Tropez que le pareció más chic. Y allí vivió feliz hasta el final de sus días.

La segunda propuesta es una adaptación algo más antigua, del siglo XIII, y se la debemos al Infante Don Juan Manuel, que la incluyó en el “Libro del conde Lucanor” (cuento VII) y dice así:

Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana
Otra vez estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:
- Patronio, un hombre me ha propuesto una cosa y también me ha dicho la forma de conseguirla. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues los beneficios se ligan unos con otros, de tal forma que al final serán muy grandes.
Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde:
- Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.
El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.
- Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas. Luego pensó que, siendo tan rica, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre. Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente   porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, porque puso toda su confianza en fantasías, no pudo hacer nada de lo que esperaba y deseaba tanto. Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.
Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.
Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:

En realidades ciertas os podéis confiar, mas de las fantasías os debéis alejar

Como veis, llama la atención que, con un mismo inicio, el resultado es radicalmente diferente, fundamentado todo en el tener en cuenta o no los cambios en la realidad. Viene esto a cuento observando lo que debería de ser, lo que ha sido y lo que es actualmente la actividad comercial en el ámbito de las entidades financieras, en un momento en el que olvidar los efectos de la continuada crisis (unida a “historias” particulares) se revela suicida para las entidades y demoledor para sus empleados, protagonistas de esa actividad.


¿Qué vende una entidad financiera?

Aún hoy pueden verse empresas de formación que ofrecen en su catálogo de acciones destinadas a empleados de entidades financieras “cursos de técnicas de venta” en cuya oferta suelen incluir un importante número de palabrejas rimbombantes (y vacías) de pretendida pertenencia al máximo nivel del argot profesional bancario; lo relevante, sin embargo, no es que existan esos cursos sino que haya responsables de formación en entidades financieras que los adquieran.
¿Técnicas de venta? Para vender ¿qué? ¿Productos? ¿Servicios? ¿A quién?

Para no equivocarnos, tomemos un ejemplo. Imaginemos que un agente comercial de una empresa de equipamientos del hogar quiere venderme una taza decorada para el café; por supuesto, yo puedo evaluar el color, el tamaño, el peso, el material de que está hecha, su fragilidad, su manejabilidad, y todos cuantos aspectos requiera del producto, de forma que el papel del vendedor, al que se le supone una cortesía y respeto adecuados, naturalmente, no tiene mayor importancia. Igual ocurre con una lavadora, un coche o una casa, pongamos por caso.

Pero, ¿qué pasa si el agente comercial de turno, en este caso representando a una entidad financiera, quiere “colocarme”[2] un plan de pensiones?  No se trata ya de que lo que me ofrece sea una opción de futuro que, a lo largo del tiempo, pueda estar sujeto a variaciones legales, de mercado y otras difícilmente evaluables hoy, sino algo mucho más profundo. Todos los productos y servicios que ofrecen las entidades financieras están supeditados a que la Autoridad de Supervisión (el Banco de España) los autorice y, además, deben ceñirse al marco legal, lo que significa que las ofertas del banco A, necesariamente, se parecen casi como una gota de agua a otra a las del banco B, con excepción de su nombre comercial y el hecho de que estén agrupadas en paquetes que integren determinado producto y determinado servicio. ¿En qué se fundamenta, pues, que yo me decante por A y no por B, siendo en el fondo, como es, el mismo producto intangible el que se pretende “vender”? Se llega a la conclusión de que, en igualdad de condiciones, lo que hace inclinar la balanza a un lado u otro no es el producto sino lo intangible que lo rodea: quién lo ofrece, cómo lo hace y a quién representa.

Llegados a este punto, las preguntas que nos hacíamos unas líneas más arriba obtienen su respuesta irrefutable: una entidad financiera vende, sobre todo, credibilidad y confianza. El mejor producto ofrecido por quien no inspira confianza nunca se adquirirá, y hay que recalcar que ese quien se refiere, tanto a la persona del gestor comercial como la entidad que representa.

El problema (uno de ellos) que ha tenido la banca en los últimos tiempos es que  parece haber olvidado los principios en los que se basa su propio negocio y se ha abocado a una insensata carrera por ganar tamaño de la forma que sea, aún a costa de vulnerar la confianza básica de sus clientes y, sobre todo, de los que aún no lo son. No es retórica: un cliente puede sentirse frustrado de la actuación de SU banco y, por las razones que sean, seguir manteniendo la relación, pero si comenta su frustración en una simple charla de café, es difícil que sus contertulios admitan iniciar relación con la entidad en entredicho. No hay que olvidar que la confianza cuesta ganarla, pero se puede perder en un instante y que muy mal ha hecho la banca en pretender querer imponer el tempus de sus previsiones de crecimiento sin tener en cuenta las necesidades y expectativas de los clientes y del mercado (no clientes) en general.

¿Qué debe exigirse a un gestor comercial de una entidad financiera y qué debería exigirse a la organización que representa?

Basta volver a revisar los catálogos de empresas de formación citados anteriormente y vigentes aún hoy (algunos de ellos de autores considerados no hace mucho casi como gurús del tema y transformados ahora en comparsas de una realidad cambiante que, no solo no han sabido prever, sino que no entienden y, por consiguiente, les sobrepasa en sus reacciones[3]) para advertir que, en la reciente antigua escuela de formación comercial, se cargaban las tintas para el logro de la eficacia en el perfil del gestor, ponderándose que sus valores estuviera alineados con los de la organización, que acreditara un “talento innato” para la labor comercial (?), que desarrollara una fuerte capacidad de motivación, etc. Prescindiendo, a veces, incluso de que tuviera un conocimiento profundo y exacto del producto que debía ofrecer[4], extremo éste que ha llevado a barbaridades tales como “colocar” (se demuestra lo perverso del vocablo) productos complejos como las hoy famosas participaciones preferentes ignorando el gestor sus características particulares.

En contraposición, y como complemento a esta escuela, coexiste otra que mantiene que, además del perfil de servicio del gestor, de su motivación, de los inexcusables valores éticos y morales, debe acompañarse de conocimiento exacto del producto o servicio que ofrece, en su caso de las características económico/financiero/fiscal/legales, del perfil de cliente al que se dirige (del cual forma parte, no se olvide, sus necesidades), y… de la entidad a la que representa. Ya deben archivarse en el pasado las acciones comerciales en las que (con suerte) se comunicaba al gestor sólo  un argumentarlo comercial para ofrecer el producto de forma masiva, prescindiendo de si el perfil del cliente al que se le ofrecía era el adecuado.

Como se observa, se ha apuntado ya que el gestor debe de acreditar en sus habilidades un conocimiento suficiente de la entidad a la que representa, y eso no ya por la evidencia de que los valores éticos deben estar alineados, sino porque, en esta labor de ganar limpiamente la confianza del cliente, el primer y más importante escalón lo representa el gestor, su profesionalidad y valores, que facilitan la relación; es decir, lo que está en juego es su propia imagen. En ese sentido es directamente inmoral hacer recaer en el gestor el peso de la eficacia de su labor si no tiene el debido respaldo y acompañamiento de su entidad. Debe evaluarse, entonces, además de lo que se exige al gestor, lo que debe exigirse a la entidad a la que representa.

Si se da por bueno que la banca vende credibilidad y confianza (aunque, como es obvio, el resultado final de esa combinación ante el cliente es la firma de un contrato, es decir, la venta de un producto o servicio), no basta con que estos aspectos pueda ofrecerlos el mejor gestor si la entidad a la que representa no los ofrece.

Un ejemplo de estos días. Alguna de las entidades españolas intervenidas por la insolvencia de sus cuentas, inmersas en episodios oscuros de sus gestores actuales o anteriores, atrapadas en la espiral aún irresuelta de reclamaciones fundamentadas de engaño por parte de un número elevado de clientes, … parecen ajenas al devenir de los acontecimientos y siguen presionando a sus empleados (que se juegan su prestigio personal, no lo olvidemos) manteniendo campañas de “colocación” (volvemos al vocablo) sin caer en la cuenta, aparentemente, de que lo que está en entredicho es el nombre de la entidad y que, en tanto no se recupere la confianza y la credibilidad en la entidad, los esfuerzos de los gestores son baldíos. Prescindiendo, incluso, de que las posibles campañas estén o no bien diseñadas, enfocadas y desarrolladas. No está de más traer a colación la opinión de expertos en Management relacional cuando afirman que “las organizaciones que intentan ir de la mano con sus clientes y entender sus preocupaciones… generalmente establecen las relaciones más duraderas a largo plazo y tienen más valorada la reputación[5]”. Habrá que preguntar a la banca, entonces, si busca una relación duradera basada en la confianza mutua o prefiere la venta de un producto de una campaña. Curiosamente la respuesta la da la misma banca: en el terreno resbaladizo y oscuro de la prevención del blanqueo de capitales, cuando argumenta ante el cliente las razones en conseguir la información requerida en cumplimiento de la exigencia debida de conocimiento, el principal motivo expuesto es que la firma de un contrato entre ambas partes, establecido sobre la previsión de una relación duradera, puede obligar a la entidad a contrapartidas derivadas del perfil y la operativa del cliente. Cierto, pero surge, entonces la pregunta: ¿por qué no se aplica también esta norma en la actividad comercial distinguiendo, de entrada qué cliente se busca y, dentro de ellos, a cuál se dirige y a cuál no de terminada campaña?

Lo que resulta llamativo es que esta evidencia de la importancia del prestigio y valores de le empresa en sus acciones comerciales, que parece novedosa, ya era motivo de atención años antes de la irrupción de la crisis. En el Foro de Davos de 2004, casi una cuarta parte de los altos directivos presentes consideraron que el principal factor a tener en cuenta al diseñar la estrategia de una empresa es la reputación, junto con la calidad de los productos y servicios, confirmando que la reputación (intangible encarnado por la percepción que se tiene de una organización, tanto interna como externamente) incide directamente en la imagen (formada por lo que se dice y lo que se hace) de marca (representada por sus productos y servicios frente a los de la competencia) de la empresa.

Y aún así, volviendo al principio, hay empresas de formación (?) y gurús de la misma (??) que siguen considerando al cliente como un ente amorfo, sin expectativas, criterio ni necesidades más allá de las financieras que se le suponen o que se le crean (???) para cuya satisfacción le es indiferente que la relación sea con una u otra entidad, que sólo debe clasificarse en función de una supuesta potencialidad de cifras y pretendidos volúmenes de negocio en lugar de identificarlo dentro del camino a recorrer para ganar su confianza. La rentabilidad económica de la relación, si es que se produce la consolidación del largo recorrido del trato, será siempre un añadido y nunca LA prioridad. Así lo han entendido las entidades que no han sucumbido a la fiebre de crecer por crecer y se han mantenido en un escenario de crecimiento con sus clientes, más pausado, pero, sin duda, más seguro y, desde luego, mucho más gratificante.

Conclusiones apresuradas

Es difícil admitir que la actual banca, con una dilatada historia a su espalda, pueda haber olvidado también, como ha pasado con el estudio de los riesgos que asume, unos principios inalterables que rigen las relaciones entre un cliente y SU banco. Queda excluida de esta reflexión la llamada banca de negocios que de banca, como no nos cansaremos de repetir, sólo tiene el nombre. Asimilando la idea de banco a la de intermediario financiero dirigido por personas y enfocado a personas (sí, precisamente como dicen los slogans de multitud de entidades), cuesta creer que desviaran su rumbo hasta llegar a la situación actual. Aún peor: a una situación irreal en el caso de entidades intervenidas, ajenas a la evolución del mercado financiero de las personas y responsable, ocasionalmente, de las consecuencias negativas de la ignorancia de esa evolución.

Es posible que, como en la primera versión del cuento que leíamos al inicio, la lechera se compre el apartamento de Saint Tropez, si se dan la conjunción de exageraciones que propone el autor, pero es mucho más probable que debamos atender a las enseñanzas del conde Lucanor y atendernos a realidades: conocer la esencia de nuestro negocio, interesarnos por las preocupaciones de nuestros clientes, saber hacia dónde y con quién queremos crecer y tener el sentido común y la paciencia suficiente de llevarlo todo a la práctica. Querer imponer el tempus de nuestros deseos, si éstos no coinciden con la realidad, se oponen a los de nuestros clientes o vulneran las normas, puede salir bien una vez, pero al final es preludio de consecuencias nefastas.


[1] Víctor González, “El río que ase secaba los jueves (y otros cuentos imposibles)”. Ed. Anaya.
[2] Nefasto vocablo que debería ser desterrado del argot profesional porque ya denota la poca importancia que se le dan a las necesidades del cliente frente al apremio de cumplir cupos por parte del comercial.
[3] Sin ánimos de hacer publicidad, no está de más recordar obras que llevan a la reflexión sobre este aspecto como “Quién se ha llevado mi queso”, de Johnson Spencer , y otras similares
[4] Hay que admitir, en honor a la verdad, que en la fiebre de continuas campañas comerciales de los más variados segmentos de clientes, productos o servicios, el conocimiento exacto de qué se ofrecía, aunque solo fuera para responder adecuadamente a dudas planteadas por la clientela,  se convertía en tarea harto difícil
[5] Terry Hannington, “Cómo medir y gestionar la reputación de su empresa”, Ed. Deusto

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