martes, 2 de abril de 2013

Una sociedad a dos velocidades

Cuando se habla, dentro de las posibles soluciones al marasmo económico (el financiero, el fiscal, el sociológico, el.... quedan fuera de estas soluciones) que representa en Europa la actual crisis, de la implantación de "dos velocidades" en una futura política de unión monetaria que obligaría a reenfocar la situción financiera diseñada para la Europa de hoy, lo que sí parece tomar cuerpo es que es la sociedad la que da señales de polarización, y eso se percibe en variados síntomas.

- La brecha entre ricos y pobres se acentúa a ojos vista (es aquello de que la crisis no afecta a todos por igual o que hay quienes aún pueden considararla como oportunidad)
- El bienestar se va convirtiendo a pasos agigantados en beneficiencia, con sueldos a la baja, empleo cada vez más precario, ayudas sociales en retroceso, sanidad y educación destinadas sólo a quienes puedan pagarlas, y ello frente a la impúdica asimilación de las figuras del parado pobre y la de gandul (¿a qué si no la desfachatez de los gobiernos de "vender" las ayudas de miseria como instrumentos para activar la búsqueda de empleo, ofreciendo la imagen del desempleado como de quien, sabiendo que está rodeado de ofertas de trabajo, permanece tumbado a la bartola exprimiendo las arcas públicas? ¿no sería conveniente promover políticas encaminadas a que el parado pudiera realmente encontrar un empleo?)
- Las obligaciones fiscales de unos y de otros no son, ni de lejos, las mismas. Mientras el trabajador por cuenta ajena está sometido al cumplimiento  estricto de sus obligaciones fiscales (por supuesto, pero como debería ser para todos los demás segmentos), el propio gobierno reconoce unas importantes bolsas de fraude sin que se vean iniciativas para atajarlas, salvo la subida de impuestos... para quienes ya los pagan.
- Los problemas del sistema que afectan directamente a la ciudadanía (estafas en la comercialización de participaciones preferentes de entidades financieras, desahucios declarados ilegales por el Tribunal de Justicia Europeo, ayudas a la banca con el dinero de todos, ....) no son tratados de igual forma para el perjudicado que para quien es causa del perjuicio.


Y podríamos seguir desgranando síntomas de estas dos velocidades. Sin embargo, hay uno que lo resume todo, y es la diferente velocidad, ahora sí, entre la visión de la realidad desde los políticos (elegidos por el pueblo) y desde el pueblo que los eligió. Basta para ello observar la insensibilidad con que los diputados, en general, asisten al drama de los desahucios, intentando comparar de forma inicua las urgencias de quien se ve despojado de su casa porque, después de engrosar las listas del paro, no puede pagar las amortizaciones del préstamo hipotecario con el que la adquirió, a las del diputado que recibe una Iniciativa Legislativa Popular avalada con casi un millón y medio de firmas y que remite a incluirla dentro de un paquete legislativo a proponer en no sé cuántos meses (y eso cuando, como ha sucedido, no tiene la cachaza de afirmar sin rubor que no se prevé en la presente legislatura) ¿de qué sirve entonces la solicitud formal de revisar una ley, siguiendo los cauces legalmente establecidos?
La democracia no es el sistema mediante el que el ciudadano participa en él emitiendo su voto cada cuatro años, sino el que debe permitir al político elegido ser sensible permanentemente a las cambiantes necesidades de sus electores y actuar en consecuencia, y si eso le obliga a poner de manifiesto las posibles incongruencias del partido que le indica qué botón debe presionar en determinada votación, poder hacerlo en beneficio de la sociedad que lo ha elegido, y que eso no sea noticia.
De otra forma (pero no sólo con eso), parece inevitable que la fractura social siga su tendencia hasta hacer una sociedad no igualitaria sino de velocidad variable.

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