miércoles, 13 de septiembre de 2023

¿Quién se acuerda de Waldo de los Ríos?



En tiempos se
llegó a comparar a Mozart con un mago, ¿Y qué es la música si no magia? Precisamente, la esencia de la sinfonía que hoy traemos al blog no sólo radica en su contenido de grandes ideas, en el sentimiento, o en la perfección de su estructura formal; ni siquiera, en la síntesis de tales aspectos como pudiera parecer. La esencia estriba, como diría Petrarca, en un «non se ché» o, dicho en términos matemáticos, en una suerte de incógnita mágica difícil de despejar en la que el autor contempla su vida, comprendiendo su destino y su final. A pesar de la cantidad de investigaciones y documentación existentes sobre Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sigue siendo, paradójicamente, uno de los genios de la historia de la música que más leyendas suscita y del que poseemos una visión más distorsionada. Si durante años se cultivó la imagen del niño prodigio y superdotado creado por su padre, siempre adolescente y de música optimista, en la actualidad se potencia justo la cara contraria, la del músico, apasionado, arriesgado y libre de ataduras. Las tempranas dotes que el pequeño demostraba hacia la música, alentadas en todo momento por su padre, hicieron posible que iniciara, con apenas cinco años, giras continuadas a través de las principales cortes europeas. Ciudades como Viena, Munich, Frankfurt, París, Londres, Amsterdam, Milán, Roma o Nápoles, cayeron rendidas a los pies del virtuoso clavecinista y joven compositor, prácticamente ofrecido como un producto. Pero Mozart fue pasando de moda y en 1787 comenzó su declive. A pesar de ser nombrado músico de cámara de la corte no logró salir de las penalidades y de las deudas, pero continuó creando sin tregua hasta el mismo momento de su muerte (Don Giovanni, Concierto para clarinete, últimas sinfonías, Così fan tutte, La flauta mágica, Réquiem…). Pero, sin lugar a dudas, las sinfonías mozartianas que más expectación han levantado son las tres últimas, compuestas en un breve espacio de tan sólo dos meses, según reza en el catálogo autógrafo del maestro: la «nº39, en mi bemol mayor» (relacionada con la logia masónica); la «nº40, en sol menor» y la «nº41, en do mayor, «Júpiter»». No existen pruebas de que Mozart las escuchase o las dirigiese en vida, hecho que acrecienta la curiosidad por estas obras y sean elevadas a la categoría de míticas. La extraordinaria Sinfonía Nº 40, bautizada ocasionalmente como “La Grande”, es la más célebre y “una de las más bellas del maestro” como advirtiera el afamado copista musical vienés Johann Traeg ya en 1793. Célebre por su popular primer movimiento, es una de las dos únicas sinfonías escritas en tonalidad menor. Mozart llegó a dominar ya durante su adolescencia la armonía, las formas y la distribución de timbres del Clasicismo; en la juventud encontró su propia personalidad, su rúbrica, el sello artístico que le habría de otorgar un lugar en la historia. Pero es en los cinco últimos años de vida del joven compositor cuando sus obras añaden a la perfección clásica un toque milagroso, una pátina de divinidad en virtud de la cual se abría ante la música una luz hacia el prodigio de esa inmensa terra incógnita que habría de denominarse Romanticismo. En el plano musical, Mozart es mucho más que un compositor clásico. Es un artista universal que consigue embaucarnos no por ser revolucionario o rupturista, sino tal vez por seguir el camino más difícil, el de la modificación de estructuras heredadas a las que insufla su personalidad y capacidad de síntesis asimilando sólo aquello que le interesa. La universalidad de su música viene dada por la multitud de rostros o la pluralidad de estilos que podían coexistir en sus obras, en las que combina con imaginación desbordante las dulces melodías italianas con la forma y el contrapunto germánicos. Einstein habla en este sentido de la «supranacionalidad» del maestro, rasgo que se observa en su inmensa producción (más de seiscientas obras) la cual abarca todos los géneros.


martes, 12 de septiembre de 2023

Música pop de aquí para el mundo.



Con solo oir mencionar a Los Bravos nos viene instantáneamente a la cabeza un ritmo obsesivo marcado por el bajo y la batería y al que poco a poco se van sumando el resto de instrumentos hasta que una voz nos dice aquello de “
Black is black / I want my baby back / It’s grey, it’s grey / since she went away, oh, oh.”. Para bien o para mal, Los Bravos siempre serán asociados a una canción, a esta canción; fue el primer grupo nacional que rompía fronteras y conseguía llegar a los puestos más altos en las, hasta esos momentos, impenetrables listas británicas y estadounidenses; para los ingleses Los Bravos no serían más que el típico grupo One Hit Wonder, ya que su fama mundial solo se debe a esta canción. Los Bravos es una de las pocas bandas del pop rock español que triunfaron fuera de nuestras fronteras en los años 60. Su presencia escénica, la excelente voz de su cantante Mike Kennedy y sobre todo su canción «Black is black» influyeron de forma notable. Entre sus otros éxitos cabe destacar ‘I Don’t Care’, ‘Bring a Little Lovin’, ‘Los chicos con las chicas’ y de manera especial ‘La moto’, canción que también tiene su historia rocambolesca detrás. “Black is black” fue número uno en España durante doce semanas, llegó al número dos en las listas inglesas de singles y al número cuatro en la Billboard estadounidense. Pero lo que parecía el despegue de una impresionante carrera musical internacional no fue más que un leve fogonazo ya que, tras varias aventuras, incluso películas, en 1968 empezaría el principio del fin. En marzo de ese mismo año el teclista del grupo, Manolo Fernández, se casa con Lotty Rey y al poco tienen un accidente de tráfico en el que fallece su mujer, lo que hace que entre en una profunda depresión de la que no saldrá ya que poco tiempo después se suicida, y en una España donde la Iglesia Católica mandaba -y mucho- el suicidio era algo innombrable y que se banalizara con ello, como se difundió, peor aún. Para encontrar los orígenes de Los Bravos hay que situarse en un día de 1965 cuando en la discoteca madrileña Jaima se encuentran el grupo madrileño Los Sonor y el mallorquín Mike & The Runaways y el grupo, que en principio se llaman Los nuevos Sonor, nace de la fusión de ambas formaciones. El nombre final es elegido porque Los Bravos sonaba y se escribía de igual modo en diferentes idiomas (algo que se confirma en el documental ‘Black is black’, estrenado en el Festival de Cine Iberoamericano 2011 celebrado en Huelva, que ahonda en la historia. Narra como se decidió contar a la opinión pública la elección del nombre y que, aunque se dijo entonces fue por votación popular, en realidad lo hizo directamente el productor Alain Milhaud, explicando lo que ellos consideran fue… «la primera decisión de marketing a nivel musical en España, ya que se vendió que iba a ser el pueblo español el que iba a elegir el nombre del grupo, y todo era una pantomima que acabó descubriéndose al cabo de los años») y para su presentación oficial se decidió hacer una edición especial de El Gran Musical en el Teatro de la Zarzuela siendo la primera vez que este teatro se abría a un grupo pop. Y para rematarlo la cadena SER retransmitiría en directo el recital. Fue un gran éxito e hizo, por cierto, que la industria musical se diese cuenta del poder de comunicación de los medios radiofónicos. En cuanto a la canción, se cuenta que una de las razones de su triunfo en USA se debió a que hubo bastantes oyentes, sobre todo durante las primeras semanas, que creyeron que el tema estaba interpretado por Gene Pitney, famoso cantante, cuya voz era muy parecida a la de Mike Kennedy, vocalista de la banda. Aunque a lo largo de los años :Los Bravos se reunieron en varias ocasiones para giras y grabaciones, incluso hubo un intento de lanzar la banda con nuevos componentes, ya nunca fue lo mismo. Sin embargo, de lo que no cabe ninguna duda y que quedó para la historia, es que “Black is black” fue el primer gran éxito internacional del pop español.

 

sábado, 9 de septiembre de 2023

“Las cagás de los mamuses”.


Este
año 2023, como el que no quiere la cosa, es el 200 aniversario de que Charles Robert Darwin (1809-1882), naturalista reconocido por la teoría de la evolución por selección natural y uno de los científicos más influyentes de la historia, antes de entrar en la Universidad de Edimburgo, decidiera que no quería ser médico como su padre, por su aversión a la visión de la sangre y porque desde que tenía ocho años ya demostraba su inclinación por la historia natural, aunque, siguiendo los deseos paternos, hizo los dos primeros años de medicina. ¿Qué decir a estas alturas de Darwin, una vida llena de contradicciones? Adolescente borrachín y disoluto, Charles Darwin se “convirtió” paradójicamente a la ciencia cuando estudiaba para ministro de la Iglesia de Inglaterra en un seminario de la Universidad de Cambridge y, por cierto, perdió la fe cuando, años después, vio morir a su hija de tuberculosis. Tras su graduación en Cambridge, se enroló en el barco de reconocimiento HMS Beagle como naturalista sin paga, para emprender una expedición científica alrededor del mundo y allí tuvo la oportunidad de observar variadas formaciones geológicas en distintos continentes e islas además de una amplia variedad de fósiles y organismos vivos. En sus observaciones geológicas, Charles Darwin se mostró muy sorprendido por el efecto de las fuerzas naturales en la configuración de la superficie terrestre; en esta época, la mayoría de los geólogos apoyaban la teoría catastrofista, que defendía que la Tierra era el resultado de una sucesión de creaciones de la vida animal y vegetal, y que cada una de ellas había sido destruida por una catástrofe repentina. Según esta teoría, el diluvio universal, había destruido todas las formas de vida que no habían sido incluidas en el arca de Noé, de forma que las demás tan solo estaban presentes en forma de fósiles. El geólogo Charles Lyell1 cuestionó este punto de vista y sostenía que la superficie terrestre está sometida a un cambio constante como resultado de fuerzas naturales que actúan de modo uniforme durante largos periodos de tiempo; Charles Darwin descubrió que muchas de sus observaciones coincidían con la teoría uniformista de Lyell y cuando continuó su estudio en Inglaterra, llegó a la conclusión de que, cuando los pinzones llegaron al archipiélago desde el continente encontraron gran variedad de alimento, y al no tener competidores y estar aislados geográficamente, sufrieron una rápida adaptación a los distintos ambientes; por lo que aparecieron nuevas especies que descendían todas ellas de un antepasado común.


T
ras su regreso a Inglaterra, se dedicó a reunir sus ideas acerca del cambio de las especies. Encontró la explicación de la evolución de los organismos al leer el libro Ensayo sobre el principio de población del economista británico Thomas Robert Malthus, que explicaba cómo se mantenía el equilibrio en las poblaciones humanas. Malthus sostenía que ningún aumento en la disponibilidad de alimentos básicos para la supervivencia del ser humano podría compensar el ritmo de crecimiento de la población que tan sólo podía verse frenado por limitaciones naturales, como las hambrunas o las enfermedades, o por acciones humanas como la guerra. Aplicó Darwin este razonamiento a los animales y las plantas, y consiguió una orientación de la teoría de la evolución a través de la selección natural. Sus siguientes veinte años los dedicó a esta teoría y a otros proyectos de historia natural. Darwin publicó su teoría, aunque un año después aparecería completa como El origen de las especies por medio de la selección natural, que se agotó el primer día de su publicación por lo que se tuvieron que hacer seis ediciones sucesivas. La obra de referencia del darwinismo que asestó un golpe mortal a la visión antropocentrista del mundo provocó reacciones inmediatas. Algunos biólogos criticaron que Charles Darwin no podía probar su hipótesis. Otros, su concepto de variación, sosteniendo que ni podía explicar el origen de las variaciones ni cómo se transmitían a las sucesivas generaciones, aunque los ataques a las ideas de Darwin que encontraron mayor eco provenían de sus oponentes religiosos; la idea de que los seres vivos habían evolucionado por procesos naturales negaba la creación divina del hombre y parecía colocarlo al mismo nivel que los animales. La jerarquía anglicana lanzó sermones incendiarios contra la selección natural y los caricaturistas de los periódicos victorianos ridiculizaron al científico retratándolo como un mono peludo e iletrado. Transcurrió el resto de su vida ampliando diferentes aspectos de los problemas planteados en El Origen de las especies. Tras ser diagnosticado de angina de pecho, Charles Darwin falleció en su casa, pero se le rindió el honor de ser enterrado en la abadía de Westminster, cerca de Isaac Newton. Sus últimas palabras fueron para su familia diciéndole a su mujer: "No tengo miedo de la muerte. Recuerda qué buena esposa has sido para mí. Diles a mis hijos que recuerden lo buenos que han sido todos conmigo. Casi ha merecido la pena estar enfermo para recibir vuestros cuidados". Darwin murió dejando un legado que ha influido en la ciencia y en la forma en que entendemos el mundo.


Hemos hablado de pasada de la huella que dejó en el estudio de la Naturaleza el bíblico Diluvio Universal y de los fósiles en las observaciones de geología por Darwin. Ello nos lleva a retroceder más de un siglo y recordar al franciscano granadino Fray José Torrubia (1698-1761), misionero, geólogo, paleontólogo, espeleólogo y naturalista, uno de los primeros pensadores religiosos que admiten que los fósiles son restos de animales antiguos2, justificando esta creencia en la Biblia y relacionándola con el Diluvio Universal; hay que señalar que niega que las hachas neolíticas de sílex estén hechas por manos humanas, ya que la idea de habitantes prehistóricos era muy difícil de justificar con los textos bíblicos y, en toda la segunda parte de su monumental Aparato para la Historia Natural Española, de 1754, considerado el primer tratado de paleontología (ciencia que estudia e interpreta los fósiles para conocer el pasado de la vida sobre la tierra), tanto por las descripciones como por las interpretaciones, entonces progresistas, del origen de las petrificaciones, escrito en España, libro muy citado en Europa por los naturalistas, defiende la hipótesis diluviana para explicar el hallazgo de fósiles y se intenta demostrar la falsedad de otras teorías; la idea de que los fósiles marinos se habían depositado en el continente por la acción del Diluvio universal ya había sido defendida antes mientras otros, contemporáneos de Torrubia, defendían la tesis de la oscilación del nivel del mar como causante de la aparición de los fósiles marinos en tierra. Otras hipótesis para explicar la presencia de fósiles de organismos marinos en el interior de los continentes recurrían a la acción de huracanes o a la actividad de peregrinos. Es famosa su controversia con el religioso benedictino y ensayista Benito Jerónimo Feijóo Montenegro, que creía que los continentes estaban unidos al mar mediante galerías subterráneas, y este hecho, unido a «movimientos» de la tierra, podían explicar que en las montañas más altas aparecieran restos de organismos marinos y también apoyaba la idea de que un ascenso brusco de las montañas podía arrastrar a animales marinos que más tarde fosilizarían; según él, los restos fósiles se encuentran en muy buen estado para haber sido transportados a grandes distancias y sometidos a un intenso oleaje por un gran diluvio. Pero Torrubia consideraba que las grandes diferencias morfológicas existentes en los organismos fósiles hallados en el continente y los animales que habitaban los mares cercanos solo se podían explicar si los primeros habían sido transportados desde lugares lejanos; además, estaba convencido de que la distribución geográfica de los mares, continentes, montañas, etc. no había sufrido modificación desde la creación. Torrubia alude en repetidas ocasiones al método científico de observación aunque las conclusiones a las que llega no coincidan con las que actualmente imperan en el mundo científico. De alguna manera, fue el introductor en España del llamado Diluvismo científico que, irónicamente, vuelve a estar de moda entre las sectas fundamentalistas de los Estados Unidos; la creencia de que los avances de las Ciencias no pueden contradecir la lectura al pie de la letra de los pasajes de la Biblia está muy incrustada todavía hoy en la mente de mucha gente. Desde el punto de vista del diálogo entre la Teología y las Ciencias de la Naturaleza, esta obra escrita hace más de 250 años ilumina muchos planteamientos actuales.


Y todo es fruto de la casualidad: en torno a 1750, Torrubia, después de una estancia en Roma, Padua y París, se dirige desde Francia hacia Madrid, hizo un alto en el camino para almorzar cerca de Molina de Aragón (Guadalajara) y mientras comía observó que una niña jugaba con unas piedras de forma extraña, parecidas a conchas y caracoles marinos. Este fue el origen de una investigación sobre el origen de estas piedras, su relación con el Diluvio y sobre su localización en los montes de Castilla, muy lejos del mar Hoy día, eruditos, coleccionistas locales, etc., atesoran todo tipo de fósiles o similares, hallados en plena montaña. Al efecto, no puedo sustraerme a contar una vivencia personal: además de los propios fósiles que guardábamos (de los que me solía aprovisionar -había muchísimos, renovados por los movimientos de tierra de los tractores que labraban el campo- en las cercanías del socavón/manantial de riquísima agua potable El Minao, disimulado tras unas espesas y tupidas zarzas, pero accesible para quien lo conocía, en una ladera de un campo de olivos, y del arroyuelo que allí nacía con esas aguas), la chiquillería, a falta de móviles, joy-sticks, tablets y otras zarandajas modernas, pasábamos el rato, entre otras formas, echando a rodar pendiente abajo unas piedras planas y redondas, “tortas” (quien disponía de un neumático de goma gastado, podía darse con un canto en los dientes), a ver quién llegaba más lejos. A alguien le llamaron la atención esas “piedras” y algunas de ellas se enviaron a analizar a un organismo técnico competente, determinando éste que estábamos jugando con Coprolitos neanderthaliensis (o sea, en fino, heces de animales fosilizadas por desecación o mineralización o, como se nos transmitió a nosotros, con cagás de mamuses). Satisfecha la curiosidad científica, no se le dio más importancia… y se siguió jugando con ellas, pese a que hoy estos fósiles son objeto de atento estudio por la información que encierran acerca de la dieta, el rango de acción, la estacionalidad en el uso de los recursos o, incluso, infecciones parasitarias del organismo que produjo esas heces.

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1Charles Lyell (1797-1875) fue un geólogo británico,​ uno de los fundadores de la geología moderna, uno de los representantes más destacados del uniformismo (también conocido como la doctrina de la Uniformidad, es la suposición de que las mismas leyes y procesos naturales que operan en las observaciones científicas actuales siempre han operado en el universo en el pasado y se aplican en todo el universo) y el gradualismo geológico (en geología es la teoría que, oponiéndose al catastrofismo, sostiene que los cambios profundos son resultado del producto acumulado de procesos lentos pero continuos).

2Debemos, pues, concluir seriamente, que las Conchas, Almejas, Caracoles, Erizos, Estrellas, Cornu Anmonis, Nautiles y todos los demás Testáceos y producciones marinas, que se hallan en nuestros montes con figura de tales, ni son juegos de la naturaleza, ni efectos del acaso, ni naturales producciones de la tierra sin vivientes dentro, como quiso Bonanni, sino real y verdaderamente tales como las que en el distante mar se crían con su misma configuración y habitadores”. (Aparato..., capítulo 24) Esta tesis ya había sido defendida por otros y, de hecho, en la época en la que se publicó el Aparato... las tesis que apoyaban el origen inorgánico de los fósiles no contaban con el crédito de la comunidad científica Hasta el siglo XVIII el término «fósil» designaba a cualquier cuerpo desenterrado, por ejemplo un mineral.​

 

jueves, 7 de septiembre de 2023

Pues no es de Tina, no.



La canción que hoy traemos
al blog es una de tantas de las que la siempre genial y recientemente desaparecida Tina Turner se apropió haciendo que muchos a día de hoy piensen que es suya cuando es de la Creedence Clearwater Revival (en recuerdo de un amigo de John Fogerty llamado Creedence y Clearwater una marca de cerveza; lo completaron con la palabra Revival -renovación, resurgimiento- porque esa era su gran aspiración). Los sureños, como los de Bilbao, nacen donde les da la gana, y si todos estos mocetones de la banda que parecen salidos de uno de esos pueblos de la Luisiana profunda que vemos en la tele, en realidad son oriundos de la liberal y soleada California. Creedence Clearwater Revival se funda en 1967 y fueron unos de los principales impulsores del roots rock que se alejaba de la complejidad del rock progresivo del momento y que abogaba por el rock original con canciones más sencillas con presencia de elementos de la música tradicional americana. Tras volver varios de sus componentes de cumplir el servicio militar, consiguen su primer éxito con una versión psicodélica de Suzi Q (que sería empleada en la banda sonora de la película Apocalipse now) que consigue llegar al Top 20. En 1969 lanzan su segundo LP, Bayou Country, se marchan a Nueva Orleans donde exploran toda la música de Luisiana y componen temas como la presente Proud Mary que llegaría al número 2 de las listas americanas. En su siguiente disco de ese mismo año, Green River, nos encontramos con otro de sus temas más conocidos como Bad Moon Rising. Y la racha de grandes canciones la continúan en ese mágico 1969 con el disco Willy And The Poor Boys con temazos como Down On The Corner o Fortunate Son Hasta ese momento todos habían aceptado que el líder, John Fogerty, era el que tenía el control total de la creación, pero en la grabación de su disco Cosmo’s Factory y la gira posterior el resto de la banda pedirá un poco de cancha, y al negarse este, provocará su salida en 1973 y la decadencia de la banda. La letra de la canción nos habla de las sensaciones que tiene el cantante al bajar desde la ciudad (Nueva York) hacia el sur pasando por Memphis y terminando en la sin par Nueva Orleans. Y es allí donde se encuentra con la esencia sureña reflejada en sus barcos de vapor y en esas gentes generosas; su historia, que en principio puede parecer relacionada con una chica, hace referencia al «Mary Elizabeth», uno de aquellos barcos a vapor (“boat queen”) con grandes ruedas de paletas destinados a navegar desde New Orleans por todo el Mississippi. “Proud Mary” es una canción mezcla de rock, country, blues, e incluso gospel, el estilo característico de Creedence, por lo que la música empieza con esas guitaras al estilo de rock sureño con el bajo poderoso y la batería mandando. El ritmo nos recuerda las paladas de las grandes ruedas de paletas con las que se mueven los barcos de vapor fluviales del Mississippi. De lo que no cabe duda es que “Proud Mary” fue una canción de impacto inmediato y global. Su éxito fue tal que hasta el gran Bob Dylan la consideró la mejor canción del año. Solo en 1969, cuando Creedence Clearwater Revival lanzó el single, se hicieron 35 versiones. Desde entonces hasta hoy superan las 100, siendo quizás la más célebre la interpretada por Ike & Tina Turner en 1971. Cuando se escucha “Proud Mary” o cualquiera de los “clásicos” de Creedence Clearwater Revival enseguida se puede imaginar cruzar EEUU de costa a costa tomando cualquier desviación a la famosa Ruta 66 que discurría desde Chicago (Illinois), a través de Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California, hasta finalizar en Los Ángeles, y confluyen guitarras, el blues, el country, el soul y hasta el folk. Pocos grupos pueden presumir de tener una carrera tan corta, pero al tiempo tan plagada de éxitos. Como decía Bruce Springsteen para la revista Rolling Stone: «A finales de los sesenta y los primeros setenta, The Creedence no era la banda más hippie del mundo… era la mejor». “Proud Mary” siempre será uno de los temas emblemáticos de los 60. Por mucho que pase el tiempo seguirá en lo más alto. Una canción indispensable en cualquier archivo de clásicos.

 

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Plagio... o no.



Muchos grandes compositores, sobre todo en el barroco, han escrito obras partiendo de partituras de otros colegas. Se trata, por supuesto, de piezas muy queridas por ellos, trabajos singulares que esos compositores estudian, revisan, adaptan y a los que dan nueva vida. Johann Sebastian Bach lo hizo un puñado de veces, y algunas de las obras así escritas han alcanzado notable popularidad, como L’estro armónico, de Vivaldi. Una de las más conocidas es este Concierto BWV 974 en Do menor, con acompañamiento de clave (que hoy es piano) que parte del célebre Concierto en re menor para oboe y orquesta de cuerda y bajo contínuo de Alessandro Marcello, una de esas piezas sagradas, perfectas por el equilibrio absoluto que consiguen. Pues bien, Bach lo coge y lo traslada al teclado. Respeta lo escrito por el italiano porque se da cuenta de que es una joya lo que tiene entre manos, pero le da un aire diferente manteniendo la esencia. A la preguntad de qué pieza gusta más, la original o la de Bach, hay división de opiniones: quienes solo conocían la de Marcello y escuchan más tarde la de Bach tienden a inclinarse por la primera mientras quienes conocían sobradamente ambas se dividen más o menos por la mitad (por eso, porque en cuestión de gustos, nada hay escrito, aquí traemos las dos). Bach se acerca a este concierto con un respeto conmovedor: sabe, como con Vivaldi, que está metiendo mano a una joya del barroco veneciano, a una composición perfecta, difícilmente mejorable pero lo que él quiere no es transformarla en algo diferente, imponer su estilo o aprovecharla para experimentar nuevos lenguajes musicales, sino que quiere aprender, quiere analizar los elementos fundamentales de este concierto para interiorizarlos y mejorar como compositor. Contemporáneo de Antonio Vivaldi, el compositor veneciano Alessandro Marcello (1673 - 1747) destacó en vida, más que por su música, por su carrera profesional y actividad social como miembro de la nobleza veneciana. Él y su hermano Benedetto, hijos de un senador, dada su cómoda posición social pudieron entregarse al estudio de las más diversas disciplinas. Terminados sus estudios de leyes, Alessandro incursionó también en la poesía, la filosofía, las matemáticas y la música. Benedetto también era músico y hasta mediados del siglo veinte, gran parte de la obra de ambos era atribuida sólo a él, quizás porque a Alessandro se le ocurrió la mala idea de publicar sus obras con pseudónimo, con el que era conocido en el círculo de arte en que participaba, la célebre Pontificia Accademia degli Arcadi. La obra completa de Alessandro Marcello es reducida, se cuentan poco más de una docena de cantatas, sonatas para violín y conciertos y aunque sus obras se tocan con escasa frecuencia hoy en día, está considerado como un compositor muy competente. De acuerdo con el diccionario Grove Dictionary of Music and Musicians: «Sus conciertos de La cetra son inusuales por sus partes de instrumento de viento solista, junto con un conciso empleo del contrapunto al estilo vivaldiano, elevando su categoría a la más reconocida dentro del concierto clásico veneciano barroco». Su obra más conocida es el Concierto para oboe, cuerdas y bajo continuo que, gracias a la transcripción de JS Bach para teclado, obtuvo una difusión aceptable para la época, si bien generó posteriormente dudas razonables sobre su autoría. Y Bach es Bach: a pesar de todo, no consigue frenar su genialidad y su ímpetu creativo. El resultado de este diálogo entre el joven Bach y Marcello es realmente excepcional por una sola razón: Bach deja su firma, logra expresar todo su talento musical, da voz a su afán por el experimento y la novedad sin alterar en ningún momento el concierto de Marcello; por el contrario, las pequeñas “intervenciones” bachianas – lejos de alterarlo – sobresalen por su belleza y perfección compositiva, llegando incluso a enseñarnos aspectos y momentos que en la forma original para oboe parecen esconderse. Bach no hace nada más. No quiere hacerlo, porque sabe que no es necesario. Las pequeñas intervenciones de Bach son suficientes para dejar su huella inconfundible y, al mismo tiempo, resaltar aún más la belleza original del concierto de Marcello. Son detalles discretos, casi imperceptibles, que nos entregan una faceta nueva y desconocida de Bach: la humilde y discreta de quien deja a un lado su propio ego o sus aspiraciones compositivas para poner al centro la música. La romántica historia de amor que aborda la película de 1970 Anónimo Veneciano, de Enrico Maria Salerno, la acercó finalmente a nuestros días, al incorporar a su banda de sonido el segundo movimiento del concierto, el adagio, asi como esta obra suena también en Elegía, de Isabel Coixet (versión cinematográfica de la novela El animal moribundo, de Philip Roth) en momentos muy relevantes. .

 


 



 

lunes, 4 de septiembre de 2023

Nostalgia y melancolía.



Una de las canciones más bellas de la historia es Les feuilles mortes, en la que las hojas muertas del otoño sirven de pretexto para la evocación melancólica de un amor perdido. 'Les feuilles mortes' es una evocación del tiempo perdido a través de la metáfora de las hojas muertas de otoño que el viento se lleva: «En aquella época la vida era bella y el sol quemaba más que hoy». Les Feuilles Mortes es una canción que se escribió como parte de la banda sonora de la película francesa "Les Portes de la Nuit" de 1946 dirigida por Marcel Carné, una trágica historia de amor que transcurre tras la liberación de la ocupación nazi en París. El guión está escrito por el poeta surrealista de ideas libertarias, hoy una gloria nacional de las letras francesas, Jacques Prévert, que a su vez es el autor de la letra de la canción, mientras que la música fue compuesta por Joseph Kosma, un judío húngaro, discípulo de Béla Bartók, al que el poeta protegió en el París ocupado por los nazis. La canción aparecía en Las puertas de la noche, una película del mismo Marcel Carné que no tuvo ningún éxito. Jean Gabin, que ya era una estrella, no quiso ser el protagonista de la nueva y su papel fue para un jovenzuelo y delgaducho guaperas que estaba empezando, que militaba en el Partido Comunista y se ganaba la vida como cantante en la compañía de Édith Piaf, un tal Yves Montand. (Yves Montand inició con esta película una larga carrera como actor que le llevaría a protagonizar títulos míticos como El salario del miedo o El manantial de las colinas e incluso más lejos, a Hollywood. Algunas de sus mejores películas portaban la firma de quien fue ministro de Cultura en un gobierno socialista en España, Jorge Semprún, en tareas de guionista como La guerra ha terminado, de Alain Resnais. Z y La Confesión, otros dos filmes políticos con Montand, fueron dirigidos en Francia por el griego Costa-Gavras. En Las puertas de la noche se mezclan el género negro, la atmósfera surrealista y la imagen de un París recién liberado de los nazis). La película no obtuvo el reconocimiento esperado, no se cuenta entre las grandes obras de su autor y tampoco gozó de demasiado éxito comercial; quizá su mayor valor resida precisamente en que en una de sus escenas suena por primera vez la melodía pegadiza de Les feuilles mortes, que pasó sin pena ni gloria, hasta que en 1949 Johnny Mercer, que ya había trabajado para Bing Crosby o Fred Asraire, se fijó en ella y adaptó la letra al inglés; entre otras de sus aportaciones al tema (aligerándolo, haciéndolo menos descarnado) fue el sustituir el nombre original por el de "Autumn Leaves", es decir, pasó de las hojas muertas a hojas de otoño. Hoy Les feuilles mortes es lo que, en el mundo del espectáculo, se suele llamar un “estándar”, un tema conocido por todos e interpretado por muchos. En Francia la han hecho suya, entre otros, Edith Piaf, Juliette Gréco, Charles Aznavour, Dalida o François Hardy. En el mundo anglosajón, ya decimos que rebautizada como Autumn leaves, Frank Sinatra, Doris Day, Barbra Streisand, Nat “King” Cole, Ute Lemper (magnífica), Chet Baker, Miles Davis (brutal), Iggy Pop o Eric Clapton. Hasta nuestra Sara Montiel se atrevió con ella.... Lo que hace especial a esta canción no es solo la cantidad de versiones que de ella se han realizado sino la importancia que ha alcanzado como icono cultural más allá de sus estrictos valores musicales. En la pantalla, en 1956 Columbia Pictures produjo la película "Autumn Leaves" de Robert Aldrich, que a su vez incluía durante los créditos una versión del mismo tema realizada por Nat “King” Cole, que supuso el espaldarazo definitivo. También aparece en la película "Medianoche en el jardín del bien y del mal" ("Midnight on the garden of good and evil"), de Clint Eastwood y en "Falsas Apariencias" ("The Whole Nine Yards"), de Jonathan Lynn. Personas como Semprún, Montand, Kosma o Prevert pertenecen a aquella generación de soñadores a la que tanto debemos, hombres y mujeres capaces de enternecerse con las notas de una canción o de tomar las armas para enfrentarse a la injusticia si resultaba necesario. Les feuilles mortes no es solo una hermosísima canción, es el símbolo de una época a la que debemos gran parte de lo que ahora nos jugamos. Escucharla hoy debería hacernos reflexionar acerca de lo que somos y lo que queremos ser pero, sobre todo, acerca de lo que estamos dispuestos a arriesgar por ello.



 

viernes, 1 de septiembre de 2023

De lo que avisa el cine.


Hace unos días, concretamente en la jornada de reflexión, dominado por la modorra de sobremesa incrementada por un calor bochornoso, con el mando a distancia de la tele inanimado en la mano, haciendo un indolente ejercicio de zapping, me dí de bruces, no recuerdo en qué cadena, con los primeros compases de la película clásica (de 1955) Conspiración de silencio ( Bad Day at Black Rock). Me desperté de golpe, me quedé pegado al sillón con la vista fija en la pantalla y la incipiente siesta se fue a hacer gárgaras. A estas alturas no cabe hablar de spoiler, luego diremos que la sinopsis, según guión de Millard Kaufman, adaptación que Don McGuire hace de una historia de Howard Breslin, nos dice que la tranquilidad en el pequeño pueblo de Black Rock se ve interrumpida por la llegada de un forastero: Macreedy. Nadie sabe qué ha venido a hacer al pueblo, pero pronto sus preguntas ponen nervioso a más de uno, y todos parecen querer que se marche, llegando al uso de amenazas y de la intimidación. Efectivamente, los habitantes de Black Rock, no tienen la conciencia demasiado tranquila, y todo parece indicar que ocultan un terrible secreto. Drama social que critica la xenofobia y el racismo mostrados por el pueblo estadounidense contra sus compatriotas de origen nipón tras el ataque a Pearl Harbor. El filme combina elementos clásicos del wéstern con toques de thriller. Está dirigido por John Sturges, uno de los máximos representantes del cine “de pistoleros” de los años 50 y principios de los 60 del siglo XX. Entre su extensa filmografía, destacan clásicos como Duelo de titanes, El último tren de Gun Hill y Los siete magníficos. Suspense e intriga son los dos ingredientes presentes a lo largo de toda la película que, magistralmente dirigida, el director sabe imprimirle un ritmo inquietante. El papel protagonista corre a cargo de Spencer Tracy, que obtuvo merecidamente su quinta nominación al Oscar, ya que su interpretación de este en principio inofensivo forastero lisiado (tiene inutilizado un brazo) es magnifica. Está acompañado, entre otros, por Robert Ryan, Ernest Borgnine, Walter Brennan y un joven Lee Marvin. Es posible que Conspiración de silencio no sea la mejor película de John Sturges pero hay dos razones que hacen de ésta una obra especialmente estimada entre todas las de su filmografía.


En primer lugar, el atractivo planteamiento de partida: un minúsculo poblado del viejo oeste perdido en medio de la nada, estancado en el pasado, al pie de una línea de ferrocarril por la que circulan trenes (imagen del progreso) que nunca se detienen; y de repente, ante la mirada atónita de sus adormecidos habitantes, un veloz tren que hace parada imprevista en la desvencijada estación y del que desciende un hombre ataviado con traje negro y un solo brazo; un forastero con un propósito tan firme como enigmático, que llega para alterar la aparente tranquilidad de una comunidad que muy pronto comprendemos que vive encerrada en sí misma para proteger un secreto que parece inculpar a todos sus habitantes. La segunda razón está contenida en una breve réplica que escuchamos de uno de los habitantes de Black Rock hacia el final de la historia para “justificar” sus acciones: “Estábamos borrachos. Ebrios de patriotismo”, confiesa el joven Pete Wirth (John Ericson) viéndose acorralado por la actitud inquisitiva del enigmático visitante. A estas alturas de la trama, ya conocemos el motivo de la llegada del forastero a Black Rock y el secreto enterrado en las áridas tierras sobre las que se erige el miserable poblado: John J. Macreedy (Spencer Tracy), un veterano de la Segunda Guerra Mundial, acude a Black Rock para entregar la medalla honorífica que recibió a título póstumo uno de sus hombres, muerto en batalla al salvarle la vida, al padre del mismo, un granjero de origen japonés de nombre Komako. Después de visitar los restos incendiados de su granja, el protagonista descubrirá que Komako fue asesinado por los habitantes del pueblo durante una especie de aquelarre nacionalista liderado por el cacique del pueblo, Reno Smith (Robert Ryan), rechazado en la oficina de reclutamiento del ejército, como absurda venganza por el ataque japonés a Pearl Harbor1. Teniendo en cuenta que la película se estrena en 1955, en plena etapa de la funesta Caza de Brujas del temible Joseph McCarthy, adquiere aquí un nada despreciable valor (aun con el habitual trazo grueso de un director poco dado a los matices) como denuncia del nacionalismo exacerbado capaz de activar el odio de una comunidad contra el diferente (una situación que, lastimosamente, no parece haber prosperado demasiado desde entonces y hasta nuestros días).


Otro de los atractivos de la película es mostrar en un único plano el minúsculo pueblo de Black Rock en medio del vasto desierto en el que se encuentra, reforzando su situación de aislamiento, de lugar ubicado en medio de la nada, o reunir a los principales personajes con los que va a interactuar Macreedy en una imagen que enfatiza el estatismo de sus habitantes. Es igualmente interesante la distribución espacial del pequeño poblado, cruzado por la larguísima via de tren que separa la pequeña cárcel en la que tiene su miserable despacho el sheriff de la localidad, Tim Horn (Dean Jagger), del resto de edificaciones: a un lado de la via, la paupérrima y solitaria imagen de la ley y el orden; al otro, el pequeño reino contrrolado po Reno Smith (Robert Ryan), al que ninguno de sus habitantes, salvo el viejo Doc Velie (Walter Brennan), se atreve a enfrentarse. El “resto de personajes”, aparte de Smith, el viejo Velie y el sheriff Tim, se reduce a un puñado de los habitantes de Black Rock: los dos matones de Smith, Coley Trimble (Ernest Borgnine) y Hector David (Lee Marvin), los hermanos Pete (John Ericson) y Liz Wirth (Anne Francis), y el encargado de telégrafos, Mr. Hastings (Russell Collins). Todos ellos, a la vez cómplices y prisioneros del silencio impuesto por Reno Smith. “No quiero involucrarme”, arguye la joven Liz; “trato de no meterme en lo que no me incumbe”, se defiende Doc Velie ante los intentos de Macreedy por descubrir lo que sucedió con el granjero Komako.


La determinación del recién llegado será crucial para acabar desentrañando la verdad. Una determinación que se puede apreciar en cada uno de sus gestos y movimientos, en su actitud impasible ante las amenazas de los habitantes de Black Rock, en su expeditiva reacción para reducir al matón Coley sirviéndose de su único brazo ante la atónita mirada de sus compinches, si bien antes ya hemos visto a Macreedy reaccionar ágilmente para recoger al vuelo una botella que está a punto de estrellarse en el suelo, lo que da credibilidad a la contundencia con que posteriormente repele el ataque de su adversario), o en la ingeniosa estrategia que utilizará durante su enfrentamiento final con Reno Smith.


En este sentido, el trabajo de Spencer Tracy resulta especialmente relevante (teniendo en cuenta que tuvo que contrarrestar el hecho de que su edad era a todas luces bastante mayor que la del personaje que debía encarnar). Su interpretación, de una sobriedad encomiable, es una de las mayores bazas de la película y le supuso el reconocimiento como mejor actor en el Festival de Cannes de 1955. Un buen ejemplo de la habilidad del director lo encontramos en el enigmático arranque del filme. Un enigma que las nerviosas notas de la música de André Previn que acompañan a los títulos de crédito no hacen más que acrecentar, pudiendo ser escuchadas sobre una serie de planos que muestran cómo un tren atraviesa a toda velocidad un paisaje soleado, desértico y rocoso, hasta que finalmente llega a su destino, el pequeño pueblo de Black Rock en el que, según un lugareño explicará al recién llegado Macreedy, ningún tren había parado en cuatro años. Ya desde ese momento sabemos que algo pasa en el pueblo, aunque aún no sepamos qué. Puede decirse que, ya desde un principio y a través del montaje, el director dota de un carácter urgente a unas imágenes que, en estrecha alianza con la música y el título del filme parecen llevar implícita unas connotaciones un tanto negativas. Sin embargo, llegados a este punto y a pesar de que el papel de Macreedy bien podría ser el de un intruso, el realizador todavía no ha mostrado nada que pueda hacernos pensar que, efectivamente, vamos a ser testigos de un “mal día en Black Rock”.


A partir de la premisa del argumento, se consigue exponer cuáles son los mecanismos del odio racial —ampliándolos de hecho al odio hacia el extraño— para terminar desarrollando una compleja reflexión sobre los prejuicios que generan tanto la ausencia de tolerancia como el miedo a la diferencia, y también sobre la tremenda facilidad con la que los principios de la democracia pueden ser violentados para con ello poner en entredicho el concepto mismo de libertad, pues no tan en el fondo el impune asesinato del japonés ha tenido un inesperado efecto secundario: que los habitantes de Black Rock prefieran mantenerse aislados en un lugar de mala muerte antes que recibir la visita de cualquier desconocido. De ahí que Macreedy, que descubrirá que los lugareños viven coaccionados por un auténtico trío de villanos, intentará convencerles de que un cambio de actitud podría hacerles recuperar aquello que ya han perdido: su sentido de la nobleza (o rectitud moral) y, por tanto, de la justicia. El hálito poético de este filme que en general resulta tan seco y árido como el propio desierto también se manifiesta de otra forma tal vez más deliberada: Macreedy intuye que Kamoko ha sido asesinado cuando, al visitar Adoble Flat, una parcela de terreno que Reno alquiló al japonés, descubre que en un determinado trozo de suelo crecen flores silvestres, un detalle que muy probablemente denota que bajo ellas yace enterrado un cuerpo que nadie se ha molestado en identificar. A diferencia de lo que ocurre con el personaje interpretado por Borgnine, cuya mera presencia ya resulta intimidante, la amenaza del de Marvin, siendo tan persistente como la de su compañero, suele transferirse a sus víctimas de manera velada, casi indirecta. Es por esa razón que, mientras que para enfrentarse a Coley a Macreedy no le queda otra opción que afrontar un cara a cara que terminará resolviéndose a su favor tras haberse visto obligado a hacer una contundente demostración, con su único brazo, de un arte marcial↓, para reducir a Hector, un individuo que entraña un peligro diferente, Velie y Pete, el hermano de Liz, deberán tenderle una emboscada. Todavía más interesante es que los personajes que deciden finalmente aliarse con Macreedy propongan a este valerse de la nocturnidad —lo que aquí equivale a clandestinidad— para huir del pueblo. Esto evidencia de nuevo las diferencias entre los villanos. Sin embargo, los habitantes de Black Rock saben que Reno y Hector esperarán a que las condiciones para atacar sean bien diferentes. ‘Conspiración de silencio’ es, en definitiva, una película que, bajo su apariencia de thriller y western, trata con contundencia y sin piedad temas como la xenofobia o el racismo y el potente mensaje que subyace en ella no ha perdido hoy ni un ápice de fuerza . Apenas realiza concesiones, e incluso en su desenlace invita a la comprensión, a dejar los prejuicios a un lado, con la medalla a un japonés muerto en batalla, hijo del que desapareció en Black Rock, y que simboliza lo que el personaje de Brennan sentencia, un punto de partida, hacia algo necesariamente mejor. Un drama en clave de thriller que permite dar un salto en el tiempo y ver hasta qué punto el odio puede generar conflictos. No encontraréis persecuciones trepidantes ni peleas con grandes coreografías, pero sí tensión y altas dosis de intriga manipuladas con auténtica maestría. ¿Qué más se puede pedir?

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1Tras el ataque a Pearl Harbor de 1941 se despertó entre los norteamericanos un profundo rencor hacia la comunidad japonesa que vivía en suelo estadounidense, un odio que llegó a protagonizar episodios violentos en las zonas rurales más aisladas. Los ciudadanos asiáticos que vivían en Estados Unidos no eran enemigos y algunos de ellos incluso habían luchado al lado de otros norteamericanos. Sin embargo, después de la guerra fueron estigmatizados por gran parte de la sociedad como si fueran traidores. En ocasiones no era racismo sino un mecanismo de escape para liberar la rabia que sentían los estadounidenses al haber perdido a sus seres queridos en la guerra.. ‘Conspiración de silencio’ es una magnífica reflexión acerca del ser humano y las consecuencias que tiene el odio en sus semejantes.