Este
año
2023, como el que no quiere la cosa, es el 200 aniversario de que
Charles Robert Darwin (1809-1882),
naturalista reconocido por la
teoría de la evolución por
selección natural y uno
de los científicos más influyentes de la historia, antes de entrar
en la Universidad de Edimburgo, decidiera que no quería ser médico
como su padre, por su aversión a la visión
de la sangre y porque desde que
tenía ocho años ya demostraba su inclinación por la historia
natural, aunque, siguiendo
los deseos paternos, hizo los
dos primeros años de medicina.
¿Qué decir a estas alturas de
Darwin, una vida llena de contradicciones? Adolescente borrachín y
disoluto, Charles Darwin se “convirtió” paradójicamente a la
ciencia cuando estudiaba para ministro
de la Iglesia de Inglaterra en
un seminario de la Universidad
de Cambridge y, por
cierto, perdió la fe cuando,
años después,
vio morir a su hija de tuberculosis. Tras
su graduación en Cambridge, se
enroló en el barco de reconocimiento HMS Beagle como naturalista sin
paga, para emprender una expedición científica alrededor del mundo
y allí
tuvo la oportunidad de observar variadas formaciones geológicas en
distintos continentes e islas además de una amplia variedad de
fósiles y organismos vivos. En sus observaciones geológicas,
Charles Darwin se mostró muy sorprendido por el efecto de las
fuerzas naturales en la configuración de la superficie terrestre; en
esta época, la mayoría de los geólogos apoyaban la teoría
catastrofista, que defendía que la Tierra era el resultado de una
sucesión de creaciones de la vida animal y vegetal, y que cada una
de ellas había sido destruida por una catástrofe repentina. Según
esta teoría, el diluvio universal, había destruido todas las formas
de vida que no habían sido incluidas en el arca de Noé, de
forma que las demás tan solo
estaban presentes en forma de fósiles. El geólogo Charles Lyell
cuestionó este punto de vista y
sostenía que la superficie
terrestre está sometida a un cambio constante como resultado de
fuerzas naturales que actúan de modo uniforme durante largos
periodos de tiempo; Charles Darwin descubrió que muchas de sus
observaciones coincidían con la teoría uniformista de Lyell y
cuando continuó su estudio en
Inglaterra, llegó a la conclusión de que, cuando los pinzones
llegaron al archipiélago desde el continente encontraron gran
variedad de alimento, y al no tener competidores y estar aislados
geográficamente, sufrieron una rápida adaptación a los distintos
ambientes; por lo que aparecieron nuevas especies que descendían
todas ellas de un antepasado común.
Tras
su regreso a Inglaterra, se dedicó a reunir sus ideas acerca del
cambio de las especies. Encontró la explicación de la evolución de
los organismos al leer el libro Ensayo
sobre el principio de población
del economista británico Thomas Robert Malthus, que explicaba cómo
se mantenía el equilibrio en las poblaciones humanas. Malthus
sostenía que ningún aumento en la disponibilidad de alimentos
básicos para la supervivencia del ser humano podría compensar el
ritmo de crecimiento de la población que
tan sólo
podía verse frenado por limitaciones naturales, como las hambrunas o
las enfermedades, o por acciones humanas como la guerra. Aplicó
Darwin
este razonamiento a los animales y las plantas, y consiguió
una orientación de la teoría de la evolución a través de la
selección natural. Sus siguientes veinte años los dedicó a esta
teoría y a otros proyectos de historia natural. Darwin publicó su
teoría, aunque un año después aparecería completa como El
origen de las especies por medio de la selección natural,
que se
agotó el primer día de su publicación por lo que se tuvieron que
hacer seis ediciones sucesivas. La obra de referencia del darwinismo
que asestó un golpe mortal a la visión antropocentrista del mundo
provocó reacciones inmediatas. Algunos biólogos criticaron que
Charles Darwin no podía probar su hipótesis. Otros, su concepto de
variación, sosteniendo que ni podía explicar el origen de las
variaciones ni cómo se transmitían a las sucesivas generaciones,
aunque
los ataques a las ideas de Darwin que encontraron mayor eco provenían
de sus oponentes religiosos; la
idea de que los seres vivos habían evolucionado por procesos
naturales negaba la creación divina del hombre y parecía colocarlo
al mismo nivel que los animales. La jerarquía anglicana lanzó
sermones incendiarios contra la selección natural y los
caricaturistas de los periódicos victorianos ridiculizaron al
científico retratándolo como un mono peludo e iletrado. Transcurrió
el resto de su vida ampliando diferentes aspectos de los problemas
planteados en El Origen de las especies. Tras ser diagnosticado de
angina de pecho, Charles Darwin falleció en su
casa, pero
se le rindió el honor de ser enterrado en la abadía de Westminster,
cerca de Isaac Newton. Sus últimas palabras fueron para su familia
diciéndole a su mujer: "No
tengo miedo de la muerte. Recuerda qué buena esposa has sido para
mí. Diles a mis hijos que recuerden lo buenos que han sido todos
conmigo. Casi ha merecido la pena estar enfermo para recibir vuestros
cuidados". Darwin
murió
dejando un legado que ha influido en la ciencia y en
la forma en que entendemos el
mundo.
:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2Fc85%2Fc47%2Ff8b%2Fc85c47f8b51f09fddea608fd53ed5b5d.jpg)
Hemos
hablado de pasada de la huella que dejó en el estudio de la
Naturaleza el bíblico Diluvio Universal y de los fósiles en las
observaciones de geología por Darwin. Ello nos lleva a retroceder
más de un siglo y recordar al franciscano granadino Fray José
Torrubia (1698-1761), misionero, geólogo, paleontólogo, espeleólogo
y naturalista, uno de los primeros pensadores religiosos que admiten
que los fósiles son restos de animales antiguos,
justificando esta creencia en la Biblia y relacionándola con el
Diluvio Universal; hay que señalar que niega que las hachas
neolíticas de sílex estén hechas por manos humanas, ya que la idea
de habitantes prehistóricos era muy difícil de justificar con los
textos bíblicos y, en toda la segunda parte de su monumental Aparato
para la Historia Natural Española, de 1754, considerado el
primer tratado de paleontología (ciencia que estudia e interpreta
los fósiles para conocer el pasado de la vida sobre la tierra),
tanto por las descripciones como por las interpretaciones, entonces
progresistas, del origen de las petrificaciones, escrito en España,
libro muy citado en Europa por los naturalistas, defiende la
hipótesis diluviana para explicar el hallazgo de fósiles y se
intenta demostrar la falsedad de otras teorías; la idea de que los
fósiles marinos se habían depositado en el continente por la acción
del Diluvio universal ya había sido defendida antes mientras otros,
contemporáneos de Torrubia, defendían la tesis de la oscilación
del nivel del mar como causante de la aparición de los fósiles
marinos en tierra. Otras hipótesis para explicar la presencia de
fósiles de organismos marinos en el interior de los continentes
recurrían a la acción de huracanes o a la actividad de peregrinos.
Es famosa su controversia con el religioso benedictino y ensayista
Benito Jerónimo Feijóo Montenegro, que creía que los continentes
estaban unidos al mar mediante galerías subterráneas, y este hecho,
unido a «movimientos» de la tierra, podían explicar que en las
montañas más altas aparecieran restos de organismos marinos y
también apoyaba la idea de que un ascenso brusco de las montañas
podía arrastrar a animales marinos que más tarde fosilizarían;
según él, los restos fósiles se encuentran en muy buen estado para
haber sido transportados a grandes distancias y sometidos a un
intenso oleaje por un gran diluvio. Pero Torrubia consideraba que las
grandes diferencias morfológicas existentes en los organismos
fósiles hallados en el continente y los animales que habitaban los
mares cercanos solo se podían explicar si los primeros habían sido
transportados desde lugares lejanos; además, estaba convencido de
que la distribución geográfica de los mares, continentes, montañas,
etc. no había sufrido modificación desde la creación. Torrubia
alude en repetidas ocasiones al método científico de observación
aunque las conclusiones a las que llega no coincidan con las que
actualmente imperan en el mundo científico. De alguna manera, fue el
introductor en España del llamado Diluvismo científico que,
irónicamente, vuelve a estar de moda entre las sectas
fundamentalistas de los Estados Unidos; la creencia de que los
avances de las Ciencias no pueden contradecir la lectura al pie de la
letra de los pasajes de la Biblia está muy incrustada todavía hoy
en la mente de mucha gente. Desde el punto de vista del diálogo
entre la Teología y las Ciencias de la Naturaleza, esta obra escrita
hace más de 250 años ilumina muchos planteamientos actuales.

Y
todo es fruto de la casualidad: en torno a 1750, Torrubia, después
de una estancia en Roma, Padua y París, se dirige desde Francia
hacia Madrid, hizo un alto en el camino para almorzar cerca de Molina
de Aragón (Guadalajara) y mientras comía observó que una niña
jugaba con unas piedras de forma extraña, parecidas a conchas y
caracoles marinos. Este fue el origen de una investigación sobre el
origen de estas piedras, su relación con el Diluvio y sobre su
localización en los montes de Castilla, muy lejos del mar Hoy día,
eruditos, coleccionistas locales, etc., atesoran todo tipo de fósiles
o similares, hallados en plena montaña. Al efecto, no puedo
sustraerme a contar una vivencia personal: además de los propios
fósiles que guardábamos (de los que me solía aprovisionar -había
muchísimos, renovados por los movimientos de tierra de los tractores
que labraban el campo- en las cercanías del socavón/manantial de
riquísima agua potable El Minao, disimulado tras unas espesas y
tupidas zarzas, pero accesible para quien lo conocía, en una ladera
de un campo de olivos, y del arroyuelo que allí nacía con esas
aguas), la chiquillería, a falta de móviles, joy-sticks, tablets y
otras zarandajas modernas, pasábamos el rato, entre otras formas,
echando a rodar pendiente abajo unas piedras planas y redondas,
“tortas” (quien disponía de un neumático de goma gastado, podía
darse con un canto en los dientes), a ver quién llegaba más lejos.
A alguien le llamaron la atención esas “piedras” y algunas de
ellas se enviaron a analizar a un organismo técnico competente,
determinando éste que estábamos jugando con Coprolitos
neanderthaliensis (o sea, en fino, heces de animales fosilizadas
por desecación o mineralización o, como se nos transmitió a
nosotros, con cagás de mamuses). Satisfecha la
curiosidad científica, no se le dio más importancia… y se siguió
jugando con ellas, pese a que hoy estos fósiles son objeto de atento
estudio por la información que encierran acerca de la dieta, el
rango de acción, la estacionalidad en el uso de los recursos o,
incluso, infecciones parasitarias del organismo que produjo esas
heces.--------------------------------------------------------------------