miércoles, 12 de febrero de 2014

Corrupción de baja intensidad

Seguimos en esta entrada del blog con las reflexiones sobre la corrupción y es necesario, en ese proceso de análisis del fenómeno, recordar que, en tanto que es algo íntimo y personal (es la persona quien se corrompe, con independencia de que determinadas organizaciones la consientan con normalidad, lo que las convierte también en corruptas sin ambages), no queda limitado al mundo de la política, como podría parecer si uno se limita a abrir la ventana y observar que el mayor hedor que nos llega tiene, efectivamente, tintes políticos.

La corrupción es un grave problema, no sólo por la sensación de impunidad que transfiere con la citada complacencia de algunas organizaciones, no sólo por el volumen del quebranto que (cuando es política) causa en los bolsillos de todos los contribuyentes estafados, sino, sobre todo, porque, con la lenidad en el tratamiento del corrupto, aún cuando se coge con las manos en la masa, se instala la idea de que "quien no se corrompe es porque no tiene la oportunidad" y así se dan por buenas o normales actitudes y comportamientos de todo punto reprobables.

Dos vivencias personales, con vuestro permiso, para ilustrarlo.

Cuando el almanaque daba cuenta de los últimos estertores del pasado siglo, me llamaron de una consultora seria y reputada, con establecimiento en varias ciudades, para colaborar con ellos en su actividad. Las negociaciones se prolongaron durante varias semanas, en las que visité con asiduidad sus oficinas para ir "empapándome" de la forma de abordar y realizar el trabajo, hasta que....
Un día descubrí (y confieso que me negué a admitirlo de entrada) que la actividad real de la consultora era algo diferente de la que constaba en sus escrituras y consistía en "allanar" el camino de la venta de la empresa a la que supone que asesoraban (sin que ella se apercibiera, naturalmente) mediante la aceleración o puesta en marcha de un acusado proceso de deterioro al final del cual, la mejor opción era su venta, casualmente al socio que negociaba con la consultora y se "sacrificaba" para reflotar la empresa, o a alguna compañía, casi siempre de la competencia, que "pasaba por allí" y se enteraba por casualidad. La consultora cobraba después pingües honorarios del comprador que había adquirido a precio de saldo una ganga.
Cuando expuse al Consejero Delegado que yo no entraría en tales manejos, se limitó a decir que a mí "me faltaba mala leche"(sic) para ese trabajo, en el convencimiento de que su operativa cumplía la Ley, tenía todo el respaldo documental necesario, etc. y que mi decisión era poco menos que de tiquismiquis y de ninguna manera relacionada con la ética, la decencia y esas zarandajas.

Por cierto, hace unos meses pasé por el edificio, y por pura curiosidad pregunté al portero del inmueble (el mismo que me saludaba educadamente cuando me veía entrar con asiduidad años antes) por la consultora, y me juró y perjuró que allí nunca había habido una empresa con ese nombre. En fin....


El otro ejemplo pertenece a mi colaboración con otra consultora que creció en poco tiempo y se expandió, todo hay que decirlo, gracias a su excelente labor y magnífico cuadro de profesionales que la formaban. Pues bien, en una de las convenciones anuales, propuse que, ante el crecimiento de la compañía, no estaría de mas editar y hacer cumplir un Código Ético para un trabajo tan sensible como es entrar en "las tripas" de la organización de los clientes. El Director General acogió públicamente alborozado la idea, con el compromiso de que él sería el primer obligado por ese Código.
Lo redacté, hice los correspondientes tests, lo vinculé en cada punto a los Valores publicados para evitar cualquier asomo de discordia y finalmente, lo entregué ceremoniosamente al Comité de Dirección para su evaluación final y divulgación..
Después vino la rutina de quitarle el polvo periódicamente porque, antes de la ética, siempre había otras prioridades. como inversiones, desinversiones, cambios en la relaciones laborales con los profesionales, estudio de cómo pagar menos impuestos, etc.

Evidentemente, nunca se llegó a poner en marcha ese código, y hay que decir que la empresa ya no existe, saqueada con la excusa de la crisis por la misma persona que se comprometió a cumplir el no nato Código Ético.

¿Corrupción? ¿Ética? ¿Saqueo público? ¿Saqueo privado? Todo está ligado entre sí, pero, en definitiva, si los poderes públicos no son los primeros en liderar con determinación y eficacia la lucha contra esta lacra, seguirá instalada cómodamente la idea de que todo vale, y no pasa nada si uno es "creativo" en el procedimiento.

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