Hace unas semanas, en la cartelera
teatral de Barcelona, se anunciaba un espectáculo, cuando menos,
curioso, una obra, a modo de entrevista, con el personaje de Buffalo
Bill, que en la vida real no sólo fue un mítico explorador durante
las guerras indias (la colonización de EE.UU.) o un reconocidísimo
cazador de bisontes (buffalo en inglés), sino también el primer
famoso de la historia, con la "brillante" idea de montar un
circo con los supervivientes de la conquista del oeste, con cowboys e
indios. El éxito fue tan alucinante que Buffalo Bill se convirtió
en un icono y al mismo tiempo un mito de la masculinidad hegemónica
que ha perdurado hasta nuestros días a través de los Westerns,
género que él inventó. La entrevistadora en la obra es una
auténtica periodista, no una actriz, que necesita entender a Buffalo
Bill, entender cómo un pastor de vacas (que eso y no otra cosa es el
significado del mítico “cowboy”) arrastró a masas, cómo
triunfó en todo el mundo, cómo la alta sociedad le adoraba y por
qué en Barcelona la reacción no fue la esperada. En una surrealista
entrevista, se desgranan los motivos por los que el ideal de hombre
rudo y viril que encarnaba a Buffalo Bill parece que no entusiasmó a
la Barcelona de la época. Más allá de la obra de teatro, resulta
llamativo que el más de un mes de la troupe actuando en Barcelona no
haya dejado el más mínimo recuerdo en la memoria colectiva.
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William
Frederick Cody, que ese era su nombre completo (1846--1917) fue en
diferentes momentos de su vida trampero, minero, jinete del correo
Pony Express, explorador para el ejército, maestro de carretas,
conductor de diligencias, legislador y soldado de la Union en la
Guerra Civil, una de las figuras más coloridas de lo que se conoce
como el Viejo Oeste estadounidense. Buffalo Bill tuvo mil vidas y no
sólo cruzó las grandes llanuras de Estados Unidos cuando aún eran
territorios prácticamente inexplorados (inexplorados por el hombre
blanco, sí, pero el hogar de otros seres humanos desde hacía
milenios:los nativos americanos). Se ganó su apodo, debido a su
habilidad en el suministro de carne de bisonte para los trabajadores
del ferrocarril Kansas Pacific Railroad; en 12 meses mató a más de
4.000 animales. En 1883, comenzó Buffalo Bill's Wild West Show en
Omaha, Nebraska, utilizando vaqueros y nativos americanos (más
tarde, Cody renunciaría públicamente a algunas de las perjudiciales
representaciones del programa sobre los nativos americanos) para
recrear y retratar escenas de un ficticio Oeste. El espectáculo,
así, recreó rescates audaces, batallas heroicas y danzas de los
nativos americanos, fascinando a las audiencias de todo el mundo; fue
a Europa cuatro años después, siendo la principal contribución
estadounidense a la celebración del Jubileo de Oro de la Reina
Victoria en 1887, y la propia reina asistió a una actuación
privada. Cody, representado en unas 1.700 novelas “baratas” como
un tosco amante de la naturaleza, fue, curiosamente, uno de los
primeros defensores de los derechos de las mujeres (de hecho, una
mujer, Phoebe Anne Oakley Moses, conocida por su trabajo voluntario y
filantrópico, que había donado tiempo y dinero a los enfermos de
tuberculosis, a los huérfanos y a las jóvenes que buscaban una
educación superior, participó como tiradora en el espectáculo,
cosa insólita entonces) y de los nativos americanos. También apoyó
la conservación, hablando en contra de la caza de escondites y
presionando para establecer caza por temporadas. Por otra parte,
participó activamente en los cuerpos concordantes de la masonería,
se convirtió en Caballero Templario,
probablemente con el rito más enigmático de toda la francmasonería,
en 1889 y recibió su grado 32 (máximo posible) en 1894. Recibió un
funeral masónico el 3 de junio de 1917 completo con ocho portadores
del féretro vestidos con sus uniformes de Caballeros Templarios. Hoy
día existe en el estado de Wyoming la ciudad de Cody, llamada así
en su honor. Atrayente y contradictorio el personaje.

Barcelona
fue una de las capitales europeas que visitó William F. Cody. La
portada del diario La Vanguardia del domingo 15 de diciembre de 1889
anunciaba la inminente inauguración del “hipódromo” para el
espectáculo en el solar de la esquina entre las calles Aribau y
Rosselló, hoy una de las zonas más densamente edificadas del barrio
del Eixample de Barcelona. Los curiosos que se acercaron a presenciar
el desembarco de la troupe del vapor Palma en el muelle de San
Beltrán se mantuvieron a considerable distancia pues se había
propalado el rumor de que se soltarían uno o dos bisontes “para
una cacería a lazo por la ciudad”. Desde el primer día el circo
se encontró “con cierta frialdad por parte del público catalán,
a diferencia de lo que le pasó antes en Reino Unido y Francia, o del
apoteósico recibimiento que tuvo después en Italia”. Lo primero
que hicieron los barceloneses fue rebautizar a Buffalo Bill como
Bufa-li l’ull (sóplale en el ojo, en catalán). El
espectáculo constaba de tres partes: presentación de las costumbres
de los habitantes del Oeste, agitación y ejercicios de tiro;
básicamente era una demostración de montura sobre caballo y
representaciones de escenas como el ataque de los indios a un tren de
emigrantes, a una diligencia y la reproducción de la famosa batalla
de Little Big Horn, en la que el teniente coronel Custer se enfrentó
a los indios. Buffalo Bill, claro, adoptaba el rol del militar
estadounidense. Las entradas con asiento valían entre dos y cinco
pesetas, una cantidad respetable para la época (como referencia, el
diario costaba entonces cinco céntimos). La publicidad anunciaba la
presencia de más de 180 “cowboys, fieros indios y forajidos
mexicanos”, además de “200 caballos salvajes y una manada de
peligrosos bisontes” aunque en la realidad el circo trajo un
pequeño rebaño de 20 estos bovinos, prácticamente domesticados; el
único animal que al parecer causó problemas fue un perro que mordió
a un niño en el descampado del “hipódromo”. Los tópicos y la
iconografía de sus números fueron copiados hasta la saciedad por
Hollywood, por lo que Buffalo Bill es el responsable indirecto de
muchos clichés asentados en nuestro imaginario colectivo ya que sus
aventuras, frecuentemente exageradas, ya eran objeto de leyendas y de
novelas cuando el personaje descubrió su faceta de showman, lo que
ocurrió después de que organizara una cacería de bisontes para un
gran príncipe ruso y realizara para él una "demostración"
de la vida en el salvaje Oeste. La revista española Blanco y
Negro lo describió en 1917 de la siguiente manera: "Conocedor
del prestigio que tienen sobre las muchedumbres los ejercicios
físicos, el aparato bélico, los tiros de fusil y los caballos al
galope, decidió un día presentar ante el mundo civilizado su banda
de cowboys. Eran hombres de todas las razas y de todos los colores:
blancos, negros, pieles rojas, chinos, árabes; pero todos ágiles,
fuertes, jinetes incomparables, tiradores estupendos, que arrebataban
a los públicos enlazando potros, galopando a cargas fantásticas y
haciendo con el rifle blancos maravillosos. Y destacándose entre los
más hábiles y dominando a todos aquellos aventureros, el coronel
Buffalo Bill, con su rostro simpático, su figura gallarda y su aire
resuelto de hombre valiente y aguerrido". La leyenda urbana
dice que dos de los indios del espectáculo murieron durante su
estancia en la capital catalana; la creencia popular sostiene incluso
que uno de ellos está enterrado en el cementerio del Poblano. No es
cierto. Quien sí murió fue el presentador del espectáculo, Frank
Richmond, pero su cuerpo fue embalsamado y repatriado. Dos indios
sioux, Charching Crow y Black Hawk, de 19 y 25 años, enfermaron de
viruela y fueron atendidos en la sala de infecciosos del hospital de
la Santa Creu, como quedó registrado en el archivo y aún hoy se
puede consultar. Una historia apócrifa y que ha gozado de un gran
predicamento señalaba que Buffalo Bill acudió a que le sacaran una
muela al hospital de la Santa Creu y que la pieza dental estuvo
muchos años expuesta en una vitrina hasta que un coleccionista la
robó. El circo sí lamentó fallecimientos de indios en otras
ciudades europeas, donde los casos están documentados.

En
Barcelona llovió la mayor parte de las cinco semanas que el salvaje
Oeste estuvo de visita. El hipódromo, una construcción temporal
levantada ex profeso para el espectáculo, no tenía techo y el mal
tiempo contribuyó a que se vendieran menos entradas de las
previstas. Hubo indios que consiguieron unas monedas extra dejándose
fotografiar. Por si la lluvia no fuera suficiente, Barcelona sufrió
esa época una triple epidemia de gripe, cólera y viruela; los más
hipocondríacos dijeron que no había que acercarse mucho al solar de
Aribau con Roselló porque los virus habían venido con los
indios. El mundo al revés: los nativos americanos, que en
América sufrieron más muertes por la viruela y el alcohol que por
las armas, se veían ahora acusados falsamente de propagar
enfermedades en Europa. En definitiva, las explicaciones al relativo
fracaso del espectáculo son,.además de a la crisis sanitaria de
aquellos días y el mal tiempo, a la peculiar idiosincrasia catalana:
“No se aclama aquí, así como así, a cualquier héroe por
mucha propaganda de que venga precedido”.(y si no que se lo
digan, por ejemplo, a Enrico Caruso que, precedido de una se una gran
fama en otros teatros, se presentó a cantar en el Liceu unos años
después del caso que recordamos, con una respuesta tan fría del
público que no volvió nunca más a Barcelona). Pero, para Helen
Cody, la hermana de nuestro personaje, los motivos fueron muy
distintos: “El circo de mi hermano no se parecía en nada a las
corridas de toros y este es el único espectáculo que tiene éxito
en España”.
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