jueves, 20 de octubre de 2022

Música "oriental".



Por motivos quizá insondables, la llamada “Marcha turca” de Mozart es una de las composiciones más populares de la música clásica. También, es cierto, ha sido la selección más o menos previsible de cientos de concertistas, maestros de música y otros intérpretes, quienes parecería que aprovechan a su favor la fascinación que ejerce la pieza. Dicho con precisión, esta “marcha” se trata del tercer
y último movimiento de la Sonata para piano No. 11, K. 331, el cual Mozart compuso bajo la forma de un allegretto, Rondó alla turca, es decir, al estilo de la que se conocía como música turca de la época, especialmente las marchas de los jenízaros1 que en las últimas décadas del siglo XVIII se escuchaban en las cortes europeas. Este último movimiento es frecuentemente escuchado por separado, y es uno de los más conocidos de todos los trabajos de Mozart y auténtico “caballo de batalla” para los pianistas aficionados, y la vasta coda mayor, aquella en la que se parece ver entrar al Gran Sultán con ruido ensordecedor de tambores, fue añadida por el compositor en el momento de entregar la sonata a la editorial Artaria, en 1784, el mismo año que se hizo masón, por cierto. La mirada hacia el Oriente más cercano, el mundo árabe, ha creado un gran número de imágenes, de estereotipos, de clichés y hasta de prejuicios que han sido muy claramente estudiados y puestos en cuestión en el siglo XX. Esta mirada ha ido variando a lo largo de los siglos; el Romanticismo, por ejemplo, adoptó la literatura de viajes, de crónicas sobre estos países y sus culturas, como un territorio de enorme importancia. Tierra Santa, Turquía y sobre todo Egipto se convirtieron en lugares de primer orden para la fantasía, en símbolos de lo exótico, lo primigenio y mítico que van a influir en numerosos aspectos de la visión europea sobre la arquitectura, la ornamentación, la escritura, la música, la arqueología o el paisaje., el Oriente significó una realidad exótica, un territorio para la aventura, un campo para explorar. La colección de relatos de Las mil y una noches constituyó un monumento literario del mismo nivel que la Biblia, Homero, Plutarco, Shakespeare o Molière.



E
n cuanto a la música, resulta complicado hablar de la música oriental como algo general, ya que, igual que hay religiones y culturas variadas, también hay manifestaciones musicales muy distintas, pese a lo cual se puede hablar de rasgos comunes que la diferencian de la occidental de forma clara. Gran parte de las formas musicales orientales surgen a partir de sus textos sagrados y el sonido alcanza, pues, una cierta dimensión “espiritual”. Además, mientras que en la música occidental encontramos armonía, la oriental sólo tiene melodías. Esto es debido a que hay distancias entre sonidos menores a un semitono, lo que dificulta la formación de acordes. Lo más parecido a la armonía que encontramos es la polifonía y la heterofonía (ejecución simultánea de diferentes versiones de una misma melodía). Podemos ver influencias de lo oriental en occidente, sin ir más lejos, en la música española, principalmente por su relación con al-Ándalus . Un ejemplo de ello es El Albaicín, de la Suite Iberia de Isaac Albéniz. Otro artista es Jordi Savall, un violagambista, director de orquesta y musicólogo español, especializado en música antigua. Fuera de España, uno de los músicos que mejor ha integrado la música de Oriente en sus composiciones es Giacomo Puccini que, en óperas como Madame Butterfly o Turandot los toques orientales están perfectamente integrados en la obra. Podríamos decir que, en general, toda la música europea del siglo XIX (Romanticismo) y principios del XX tiene cierta inlfuencia asiática debido al exotismo que se buscaba en la época. Descatan compositores franceses como Debussy, Messiaen, Roussel o Boulez, ya que fue en Francia donde lo chino y japonés empezó a estar de moda. Otro ejemplo son los Temas Hindúes de Maurice Delage (pupilo de Ravel), que fue influído por sus viajes a Asia, especialmente a la India. Muy nuestro es el “dignificador” de la guitarra clásica Francico Tárrega quien, de vuelta de un viaje a Granada escribió el famosísimo trémolo Recuerdos de la Alhambra, y en Argelia, donde conoció a Camille Saint-Saëns, le llegó la inspiración para componer Danza mora. A su querido amigo y compositor Tomás Bretón le dedicó el hermoso Capricho árabe. La música es sin duda una de las artes más hermosas que nos lleva a conocer el sentir de un pueblo, y en la cultura árabe-islámica constituye junto con la poesía una de las formas de expresión más importantes de su civilización. El artista árabe encontró en la música y la poesía esa evasión que le permitiría plasmar el genio que encerraba en su interior, de ahí que su patrimonio musical sea una de las más bellas huellas que ha ido dejando a través de su andadura histórica como un auténtico museo oral. Dentro de este patrimonio, la música andalusí, dadas sus características, es un hecho cultural imprescindible para el conocimiento de la civilización árabo-islámica en su rama hispano-árabe.



Un caso curioso es el del compositor inglés Albert Ket
èlbey que, sin salir nunca de Inglaterra, escribió un buen número de piezas para piano con el seudónimo de Antón Vodorinski. Con su propio nombre y al menos seis seudónimos, Ketèlbey compuso varios cientos de obras, unas 150 de ellas para la orquesta, pero la música por la que se le recuerda en la actualidad es la serie de piezas orquestales atmosféricas que comenzó con La melodía del fantasma. Siguió con En el jardín de un monasterio, un "intermezzo característico", estableciéndose así un modelo para el resto de obras, representaciones musicales de escenas exóticas, como En un mercado persa2, una "escena intermezzo" (Ketèlbey buscó repetir el exotismo de En un mercado persa en varias piezas posteriores) o En el jardín de un templo chino, una "fantasía oriental". Tal fue la popularidad de Ketèlbey que sus obras se podían escuchar varias veces al día en restaurantes y cines (establecimientos de moda) y las tiendas de té de una conocida marca gastaron una fortuna en los permisos para reproducir su música en sus establecimientos. Incluso en nuestros lares hay que recordar la versión sui generis de Los sonor. Tim Page , el crítico musical de The Washington Post , considera que el trabajo de Ketèlbey expresa un "orientalismo adornado, perfumado y elegante [que] encontró expresión en miniaturas"; agrega que "toda la música de Ketèlbey es bastante extraña, profundamente derivada pero inconfundiblemente personal, ordenada en la forma pero grandiosa en la ejecución, amable y a menudo conmovedora a pesar de su descarada sensibilidad". El exotismo de Ketèlbey había dejado una impresión inamovible de la música oriental en los oídos occidentales, "la música oriental es música de Ketèlbey: los platillos que chocan, las campanillas, los modos menores, el paso picado increíblemente gráfico creado por notas rápidamente reiteradas; los tímidos golpes en el bloque de madera".

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1Los jenízaros era un cuerpo de elite, entre cuyas muchas misiones se destacaba la de ser los encargados de la custodia y salvaguarda del sultán otomano, así como de las dependencias del palacio imperial de Edirne y, más tarde, del nuevo palacio imperial Topkapi de Estambul; eran considerados la guardia personal del sultán. . Maquiavelo los nombra en su libro Il principe y los adula como una excelente guardia con mucho poder, tanto que ni una rebelión de todo el Imperio Otomano los podía detener. No debe olvidarse que, en principio, eran niños de entre 8 y 12 años raptados de sus padres o también “cobrados” por el conocido como el impuesto de sangre.

2Pese a su inmediata aceptación popular, la obra no estuvo exenta de críticas “La intención del compositor es convencer al oyente de que todo está bien en las colonias donde hay mujeres hermosas y exóticas, los frutos maduran juntos, donde mendigos y gobernantes son amigos, donde no hay imperialistas, ni proletarios inquietos

 

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