sábado, 7 de octubre de 2023

Otro símbolo de Barcelona.


Aquella famosa loseta gris de cemento hidráulico, más conocida como panot
o flor de Barcelona, es parte de la ciudad desde el desarrollo del Eixample, es un pavimento muy barcelonés, incluso ícono de la urbe, todo el mundo lo identifica con Barcelona: la flor con cuatro pétalos ha acontecido todo un símbolo de la ciudad. Hace algunas semanas corrió una noticia: un titular anunciaba, junto a una foto de la icónica baldosa barcelonesa con el diseño de una flor, que «El panot de Barcelona cambia su diseño», sin más. Por una mala comunicación por parte del ayuntamiento de la ciudad, o por una mala redacción, la noticia daba a entender que uno de los símbolos más representativos de Barcelona desaparecía. La noticia causó revuelo y enfado, pero al poco salió el desmentido. No, el aspecto de la baldosa no va cambiar, pero sí el diseño de materiales, que buscará adaptarse a los nuevos usos y al cambio climático. De esta manera, Barcelona mantendrá, en el S. XXI, una imagen que sirve para explicar la historia del S. XX de la ciudad. Si tuviésemos que describir con una sola palabra algunas de las más famosas ciudades del mundo, seguramente las combinaciones quedarían así: París-luces, Buenos Aires-quilombo, Berlín-memoria, Nueva York-películas, Viena-música o Venecia-góndolas. Por su parte, entre los ingredientes que definen a Barcelona se encuentran y convergen algunos tan distintos entre sí como la fiesta, la playa, Gaudí, el arte,… y el suelo. Si algo tiene la capital catalana es que el arte está donde menos te lo esperas, hasta bajo las suelas de tus zapatos (al Mosaico de Joan Miró, de la Rambla, nos remitimos). Pisado por más de 28 millones de visitantes anuales y alrededor de 1,6 millones de ciudadanos locales, el simbólico 'panot' de Barcelona y sus compañeros -las cuatro pastillas, las ondas de la Rambla, el adoquín modernista y la flor de plátano- ya que aunque la flor es el panot más icónico de la ciudad, hay muchas más baldosas en el pavimento catalán. Un ejemplo es el de avenida Diagonal, cuyo suelo lo cubre una baldosa en forma de hoja de plátano, que reproduce la sombra de los árboles plataneros presentes en esta vía, una de las más largas de Barcelona; la baldosa no recibió una acogida tan positiva, pues para muchos resulta incómoda al caminar, han sido testigos de numerosos hechos históricos ocurridos en la ciudad. Ahora, tras haber vivido más de 100 años de acontecimientos, la Flor de Barcelona no solo forma parte de la identidad de la capital catalana, sino que también ha llegado a lugares del mundo nunca imaginados. Transformada en llavero o en posavasos, souvenirs para turistas, camisetas, tatuajes (true story), postales,…los turistas rebuscan en las tiendas de souvenirs una copia del 'panot' para llevar a sus respectivas casas. Y mientras, aunque esta práctica sea cuestionable, se dice que los barceloneses rastrean las zonas de obras en la ciudad para poder hacerse con ejemplares verdaderos.


Curiosamente, ayer como hoy, y como todas las cosas importantes, la baldosa genera mitos. Si corría la fantasía de que la baldosa iba a desaparecer, la historia más habitual para explicar su origen también suele nacer de una leyenda que, ya se sabe, siempre son más atractivas que la realidad. El cuento más contado dice que la baldosa de la flor fue creada, o al menos estuvo inspirada, en un diseño de Josep Puig i Cadafalch, uno de los grandes arquitectos del modernismo catalán. La leyenda explica que el panot barcelonés imita al que cubre el suelo de la entrada de la Casa Amatller, obra cumbre del arquitecto, concretamente en la entrada de la Casa Amatller, en la llamada manzana de la discordia del Passeig de Gràcia, sumum del modernismo en arquitectura, hoy uno de los reclamos turísticos más importantes de Barcelona que para muchos, por triste que parezca, no deja de ser «la que está al lado de la Casa Batlló de Gaudí»: es en el patio de carruajes de esta casa donde en 1900 se probaron las baldosas con este dibujo ideado por el arquitecto Josep Puig i Cadafalch (como el resto del edificio, dicho sea de paso). Y aunque ambas baldosas se parecen, lo cierto es que los diseños no son exactamente iguales (es verdad que frente a esta misma casa elaboró una baldosa con la flor de almendro, en alusión al apellido de la familia, que se parece muchísimo al panot pero ni es exactamente la misma imagen ni está hecha del mismo material). Además, el de la baldosa de la casa modernista, algo anterior en el tiempo, no se fabricó de forma industrial, sino que sus flores fueron grabadas una a una, pues por algo esta era la casa de una de las familias privilegiadas de la ciudad. La historia cierta, algo menos evocadora, nos lleva a mediados del S. XVIII, cuando Barcelona derruía las murallas que enclaustraban su ciudad antigua y se lanzaba a edificar la llanura que hoy es el Eixample. Como es lógico, el Eixample no se edificó de golpe. A lo largo de las décadas, siempre siguiendo las líneas maestras marcadas por el Plan Cerdà, el Eixample creció de forma y a ritmos desiguales. La llanura tardó en pavimentarse completamente, por lo que los nuevos vecinos del Eixample convivieron por muchos años con el barro que se formaba con las lluvias en las calles sin asfaltar, generando uno de los sobrenombres para la ciudad que más éxito ha tenido: Can Fanga. (a principios del siglo XX, varias viñetas en revistas satíricas, como L’Esquella de la Torratxa, se encargaron de expandir la mala fama que tenía la ciudad a causa de las carencias de su urbanismo: las calles no estaban pavimentadas y esto, sumado a la humedad por su cercanía al mar, le otorgó el nombre despectivo de 'can Fanga' -en castellano, 'casa del barro'-, por la cantidad de barro que se acumulaba en las aceras). Para evitar los barrizales, los promotores inmobiliarios y los vecinos empezaron a asfaltar por su cuenta, con baldosas, los tramos viales que el Ayuntamiento no alcanzaba a cubrir. De esta manera, el suelo barcelonés se convirtió en un guirigay de baldosas que la Comisión del Ensanche, encargados de llevar a cabo el plan Cerdà, que se había puesto en marcha en 1860 y consistía en aplicar el plano hipodámico a la ciudad (o trazado en damero, tipo de planeamiento urbanístico que organiza una ciudad mediante el diseño de sus calles en ángulo recto, creando manzanas rectangulares), escucharon las necesidades de la población y decidieron homogeneizar el pavimento de las aceras a partir de un material barato y de producción local: el cemento hidráulico. Por ello, en 1906 el Ayuntamiento lanzó un concurso público para comprar 10.000 metros cuadrados de baldosas de 20x20 realizadas con cemento hidráulico ya que era barato, versátil, se producía en la ciudad y además se podía diseñar sobre él; de hecho, la burguesía llevaba tiempo comercializándolas. que habían de responder a cinco diseños ya preestablecidos, que presumiblemente podían estar usándose ya en la ciudad, aunque no se sabe. Para la fecha Catalunya era una comunidad productora de cemento. En este sentido, los mosaicos elaborados en este material eran bien vistos por los ricos de la ciudad, razón de peso para que el Ayuntamiento realizara el concurso abierto a todo el público, para pavimentar la ciudad1.


El resultado del certamen fueron cinco modelos de losetas que se empezarían a colocar un año después en las calles de la ciudad. Diseños que aún perduran en Barcelona, donde se acumulan hasta 19 tipos distintos de baldosa junto a la estrella indiscutible: la flor del “Panot”
(los otros, sin embargo, también fueron utilizados y a día de hoy pueden verse en varias zonas de la ciudad; de hecho, en la confluencia de las calles Aribau y Diputació pueden encontrarse los cuatro diseños, uno al lado del otro). Entre esos diseños estaba, claro, la flor famosa (es una flor muy sencilla de cuatro pétalos, hecha de cemento, arena y agua; tiene un relieve invertido, que permite que a veces acumule agua, polvo o tierra, está en todos los barrios de Barcelona y si se quiere ver solo hay que mirar hacia abajo), pero también los círculos concéntricos o las cuatro pastillas con cuatro círculos. La Casa Escofet, una de las empresas industriales de la ciudad, responsable del pavimentado de muchas ciudades del mundo, sería la ganadora del concurso, y así, uno de los principales responsables del pavimentado de la ciudad. De hecho, la dirección de su antigua tienda, en la Ronda Sant Pere,8, figura documentada como la primera acera con panots de la ciudad. Más de un siglo después, la flor seguirá siendo (uno de) los símbolos del suelo que pisa Barcelona. El material, no obstante, más poroso, más adecuado a las altas temperaturas que provoca el cambio climático, sí que cambiará, demostrando que en los cambios menos obvios a la vista son a veces los que más hablan de nosotros mismos. El año pasado, el grupo empresarial Cementos Molins adquirió el 76% de las acciones de Escofet 1886. De hecho, en 1891 Escofet publicó el primer catálogo con tres modelos de losetas que a día de hoy siguen en uso y visibles en diferentes puntos de la capital catalana. Además del “Panot” con la flor, la misma compañía diseñó el de paseo de Gràcia y el polémico de la Diagonal, característico por sus hojas de plátano y algo resbaladizo. Ahora, la nueva supermanzana del Eixample tendrá un “Panot” rediseñado: el Ayuntamiento puso en marcha un concurso que se resolvió con tres propuestas con materiales más sostenibles, las que se probarán en el nuevo eje verde que cruzará el centro de la capital catalana. Hablando de baldosas, probablemente, la más conocida y fotografiada de todas las obras no arquitectónicas de Antoni Gaudí es el mosaico hidráulico hexagonal que proyectó en 1904, diseñado inicialmente para pavimentar los suelos de la rehabilitación de la Casa Batlló en el Paseo de Gracia barcelonés, fue finalmente utilizado para pavimentar las habitaciones de servicio de la Casa Milá, emplazada en el mismo paseo y popularmente conocida como «La Pedrera», edificio de viviendas de estructura visionaria que proyectó inmediatamente después; el mosaico diseñado por Gaudí expresa la capacidad de su autor para la innovación, destaca la creación de un sencillo pavimento monocolor con formato único y suaves relieves donde la luz es el actor que lo hace visible. La combinación de esta pieza de pavimento texturado y ondulante nos evoca la sinuosidad del movimiento del mundo marino con referencia a figuras botánicas y de animales en relieve: una estrella de mar, una caracola y un alga. En homenaje al arquitecto, la ciudad de Barcelona pavimentó en 1997 las anchas aceras del Passeig de Gràcia, con una reedición de este mosaico adaptado para el espacio exterior; el nuevo pavimento, llamado Panot Gaudí, reproduce el relieve original en un nuevo formato en bajo relieve cien años después que Escofet fabricara el mosaico hidráulico originalmente concebido para el interior.

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1Según investigaciones actuales, es la revelación de la primera ‘calçada portuguesa’ fuera del país luso, un hallazgo del que ni siquiera en Portugal tenían constancia. El consistorio lisboeta mandó maestros calceteiros a realizar demostraciones de estos mosaicos negros y blancos en ciudades como París, Manaos o Río de Janeiro, pero nunca a España. Sin embargo, un avispado industrial portugués se desplazó a Madrid y patentó la técnica tradicional –que hasta entonces carecía de exclusividad– y le vendió la licencia a un empresario catalán, Joaquin Marimón Carbó, que proponía al Ayuntamiento barcelonés una prueba piloto para demostrar la “solidez, ornato e impermeabilidad” de este pavimento. Para convencer a las autoridades, los primeros 500 metros cuadrados iban a cargo del impulsor y el resto costarían 12,5 pesetas por metro cuadrado –un precio mucho más alto que las losetas, que salían a 4,2 euros/m2–. El arquitecto municipal del momento, Pere Falqués, aceptó la propuesta con picardía y sugirió que la prueba se hiciera en el Saló de Sant Joan, el actual paseo Lluís Companys.

 

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